Había cuatro collares en la maraña. No tenía idea de cómo habían terminado en ese estado. Era como si los hubieran enredado a propósito para ver qué tan grande era el desastre que se podía hacer. Los collares habían estado así durante aproximadamente un año.

Tres de ellos eran bisutería. Pero en medio de esas cadenas baratas estaba una de mis prendas favoritas: un collar que me regaló mi padre hacía muchas Navidades. Eso sí era valioso.

Mis padres, que eran espléndidos con sus presentes, me llevaron a una joyería fina para elegir este. De inmediato me sentí atraída por una cruz sencilla pero con un diseño hermoso. El cable de plata esterlina con sus piedras de rubí en las cuatro puntas de la cruz me recordaba la sangre que Jesús derramó por mí.

Los adornos dorados que resaltaban a esas gemas me recordaban mi condición de realeza como hija del Rey. Cada vez que llevo la cruz y siento los contornos del metal, pienso en la bondad de mis padres terrenales y celestiales.

Muchas veces había intentado liberar mi collar. Incluso había reclutado la ayuda de mi hijo menor, pero él tampoco había tenido éxito. Cuanto más tirábamos y tratábamos de separar las prendas, más enredadas se ponían. Nos dimos por vencidos.

Un domingo, mientras me preparaba para ir a la iglesia, volví a ver los collares. De repente, un intenso anhelo res­paldado por la determinación se elevó en mi espíritu, y pensé: ¡Voy a llevar esa cruz esta mañana!

Miré el reloj, 30 minutos antes de tener que irme. Que empiece el juego.

Con unas pinzas y un imperdible, empujé y tiré de las cadenas estrechamente entrelazadas. Se formaban pequeños espacios entre el metal y creí que estaba avanzando. En cambio, me encontré en una situación peor que la anterior.

“Señor”, oré, “por favor, ayúdame a deshacer este desastre”.

Díganme loca por orar por unas prendas enredadas, pero Dios dice que podemos pedirle ayuda y sabiduría en cualquier momento (Hebreos 4:16; Santiago 1:5). Él se interesa en todos los aspectos de nuestras vidas y nos concede los deseos de nuestro corazón cuando confiamos en Él (Salmo 37:4–5).

Segundos después de orar, tuve este pensamiento: Corta uno de los collares del grupo.

Ese pensamiento no me entusiasmó mucho, pero busqué unas tijeras y separé cuidadosamente los extremos de las cadenas para identificar cuál sacrificar. Conteniendo la respiración, corté un pequeño trozo de lo que esperaba fuera una cadena de oro falsa.

La maraña se aflojó bastante y pude sacar partes de la cadena. Separé las prendas con mis herramientas pequeñas, y después de un par de cortes rápidos más, mi collar de cruz se liberó de su esclavitud.

“Gracias, Señor”, susurré mientras colocaba el precioso regalo en mi cuello.

Justo a tiempo, también, porque mi esposo me llamó: “Kristi, es hora de irnos a la iglesia”.

No podía esperar para mostrarle mi éxito y compartir lo que había aprendido en el tedioso proceso. Es una broma común en nuestra familia que cada una de mis experiencias se convierte en una lección práctica, pero no puedo evitarlo. Es la forma en que el Señor me habla. Y ahora me gustaría compartir esa lección con usted.

Quizás, como mi enredo de collares, usted siente que su vida es un desastre inútil. Durante años, ha tratado de ser libre. Incluso ha recurrido a la ayuda de otros en vano. Ahora se ha rendido y otros también se han dado por vencidos con usted, con la conclusión de que nunca podrá liberarse ni ser útil. Ruego para que una nueva determinación surja en usted y que diga: “¡Voy a ser libre!”.

Su vida no tiene por qué terminar en esclavitud. ¡No se ha acabado! Dios no ha tirado la toalla con usted, sin importar cuál sea su condición actual. Así que usted tampoco se rinda. No es un caso sin esperanzas, recursos o reparación. Con Dios, puede vencer lo que sea (Filipenses 4:13).

Amigo, inténtelo de nuevo, pero esta vez, hágalo con ayuda de Dios. Si pone su enredada vida en las hábiles manos del Maestro y busca Su rostro y Su voluntad para su vida, Él lo liberará. “Pues el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. (2 Corintios 3:17 NTV).

Comience con esta sencilla oración: “Señor, entra en mi vida y desenrédame”.

A lo largo de los Salmos, vemos al rey David, el siervo elegido de Dios, clamando la ayuda del Señor. También lo vemos pidiéndole que examine su vida y le revele cualquier cosa que obstaculice su libertad (Salmo 139:23–24).

A menudo digo esa oración. Al hacerlo, Dios amablemente me señala patrones de pensamiento, compromisos, relaciones, hábitos y otras cosas que me impiden experimentar Sus buenos planes (Jeremías 29:11). También me da la sabiduría para seguir adelante y la fuerza para hacer lo que me pide.

Con frecuencia me pide eliminar cosas de mi vida. La Biblia nos enseña la importancia de liberarnos, despojarnos y desechar cualquier cosa (o persona) que obstaculice nuestro andar con Dios, especialmente el pecado, que continuamente nos hace tropezar (Hebreos 12:1).

La Biblia también nos enseña a establecer límites para mantener nuestra libertad. A veces tenemos que tomar decisiones extremas para protegerla y preservarla. Mire lo que Jesús indicó a Sus seguidores para protegerse del pecado del adulterio:

Por lo tanto, si tu ojo—incluso tu ojo bueno—te hace caer en pasiones sexuales, sácatelo y tíralo. Es preferible que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano—incluso tu mano más fuerte—te hace pecar, córtala y tírala. Es preferible que pierdas una parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. (Mateo 5:29–30 NTV)

Ahora, Jesús no está planteando que mutilemos nuestros cuerpos. Nos enseña a protegernos de las trampas del pecado estableciendo límites saludables y piadosos con respecto a la dirección que tomamos, en qué fijamos nuestros ojos y con quién nos hacemos compañía. Este mundo está lleno de “bisutería” barata, que espera enredarnos. Pero podemos evitar esas trampas si vivimos una vida disciplinada, santa y sabia.

A veces Dios le pide que elimine cosas buenas y esas son las más difíciles de soltar. Pero recuerde, sin importar lo que Dios le pida cortar o dejar ir es por su bien. La obediencia lo preparará para recibir algo aún mejor (Mateo 19:29).

El proceso de desenredarse lleva tiempo. Calma, Dios está metido en el lío con usted. Si está dispuesto a permitir que Él obre en su vida, el Señor la restaurará a Su intención original, lo que lo convertirá en un ornamento de Su gracia ante un mundo que observa.

 

Kristi Overton Johnson motiva a las personas y les da herramientas para que logren la victoria mediante sus historias, conferencias y ministerio carcelario. Para más información, visite kojministries.org.