¿Cómo se pasa de llevar una insignia y proteger a los demás a usar un mono naranja y vivir tras las rejas?
Me hacía esa pregunta acostado en mi litera.
“¡Medicamentos!” La enfermera gritó a las 5:00 a.m. “Smith, ¿quieres tus medicamentos de desintoxicación?”.
Débil por no comer y apenas con vida, tomé fuerzas, me arreglé la ropa y me acerqué a la mesa.
“Muchacho, tienes un aspecto lamentable. La última vez dijiste que no ibas a volver”, comentó mientras examinaba mis signos vitales.
Ese día yo era un muerto andante, físicamente, espiritualmente y emocionalmente. Pero ahora, gracias al poder salvador y sanador de Jesucristo, soy un hombre nuevo, lleno de vida.
Mi infancia fue dura. Mi madre hizo todo lo posible por protegerme de mi padre abusivo y alcohólico, pero era imposible escapar del caos. También se esforzaba por proteger la integridad de nuestra familia dentro de la comunidad ya que mis padres servían en fuerzas del orden.
Sin embargo, a causa de su condición, yo sentía que no tenía donde pedir ayuda. ¿Quién me creería si contaba lo que sucedía en nuestra casa? También tenía miedo de lo que papá me haría si hablaba. Yo ya era el blanco de sus arranques de borrachera. Le ocultaba el maltrato a mamá, pues me aterrorizaba que nuestra familia se separara.
La vida escolar no era mejor. Era un marginado social sin habilidades atléticas. Al no sentirme deseado en casa ni en la escuela, me volví introvertido. El único lugar donde estaba a salvo era con mis abuelos.
Al terminar la secundaria, me fui de casa, conseguí un empleo y me inscribí en un colegio comunitario. Allí encontré aceptación en las fiestas. Las drogas y el alcohol, justo lo que despreciaba, se convirtieron en la cura para todas mis ansiedades sociales.
Estar bajo los efectos del alcohol me daba una falsa sensación de seguridad, pero en realidad despertaba el monstruo de la adicción que a la larga me aplastaría.
Sabiendo que necesitaba enderezarme, me alejé del ambiente universitario y solicité un puesto como agente de detenciones. Me sentía orgulloso y aceptado, sirviendo en las fuerzas del orden como mis padres.
En mi segundo año, me aceptaron en el programa Capacitación Básica de Aplicación de la Ley y me gradué como el mejor de mi clase. A los 25 años, presté juramento como alguacil adjunto. Me encantó la estructura de la institución y luchar por los demás. Siempre me habían menospreciado.
Un par de años después, me nombraron sargento y entré en investigaciones. Seguía saliendo de fiesta con otros oficiales en mis días libres, pero no como antes.
En 2014, me lesioné la espalda en el trabajo y me sometí a cirugía sin éxito. Mi médico me recetó grandes cantidades de opiáceos para el dolor. Cuando esas drogas entraron en mi organismo, todo cambió. ¡Me sentía eufórico! Sorprendentemente, al doctor no le molestaba recetarme 360 pastillas al mes, más de las que toma la mayoría de los pacientes con enfermedades terminales.
Cuando cambié de neurocirujano, todo eso se detuvo. El nuevo médico me retiró los opiáceos y me dio otros métodos para combatir el dolor hasta que pude volver a trabajar. Pero para entonces, me había cansado de la aplicación de la ley, sobre todo de las constantes disputas entre el personal, los turnos nocturnos y la política. Por no hablar de los traumas que conlleva el oficio.
Había estado en tiroteos y sido testigo de apuñalamientos, abuso infantil, suicidios, violaciones y personas carbonizadas. Los rostros de esas víctimas estaban grabados en mi mente, y ya no aguantaba.
En 2019, renuncié a mi puesto de teniente tras 14 años como agente de la ley y saqué una licencia para conducir camiones. También me comprometí y tuve un hijo.
Me emocionaba formar una familia, pero antes del nacimiento de nuestro hijo, comencé a beber después del trabajo y a probar drogas. Luego tuve otra cirugía de espalda, y en cuanto el primer analgésico pasó por mis labios, estuve perdido.
Cuando el médico me los quitó, me busqué otro proveedor. Me sentí afortunado cuando mi vendedor de cocaína me regaló diez bolsitas de opiáceos. No me di cuenta de que era fentanilo, pero supe que, fuera lo que fuera, ¡funcionaba! Mi dolor de espalda desapareció rápidamente y decidí dejar de consumir.
A esa idea le siguieron síndromes de abstinencia que me provocaban morirme.
Confundido, llamé al vendedor y le pregunté qué me había dado. “Bienvenido a la fiesta”, dijo. “¿Dónde nos vemos?”. Esta vez las drogas no eran gratis. Estaba en problemas.
Desde entonces, la adicción dominó mi vida. Me arrebató todo: mi casa, mi prometida, mi hijo y mi reputación. Y después empecé a usar agujas, algo que la mayoría de los adictos dicen que nunca harían.
El dinero se me acabó pronto, así que vendía pertenencias para obtener más. Eso incluía cosas que no eran mías. Cuando ya no quedó nada, vendí y distribuí fentanilo para pagar mi vicio.
Sufrí tres sobredosis. La primera vez, volví en mí con un equipo médico y las autoridades paradas frente a mí en la entrada de la casa de mi madre. Me enfureció que mamá pidiera ayuda.
En cuanto pude pararme, corrí a mi auto y me fui furioso. Hubo una breve persecución antes de que chocara con unos botes de basura y que me detuvieran. Desperté vestido de naranja, acusado del delito de eludir el arresto y posesión de heroína.
Los medios de comunicación del estado se dieron banquete. Los titulares decían: “Exteniente de policía arrestado”. Me avergonzaba y entristecía que mis acciones afectaran a mi familia y las instituciones en las que había trabajado.
El fiscal de distrito ofreció un acuerdo de admisión de culpabilidad por libertad condicional por ser mi primera falta, pero pronto irrespeté las condiciones y regresé al tribunal. Quería esconderme debajo del banco cuando el joven que estaba a mi lado me reconoció.
“Sargento Smith, ¿es usted?”, preguntó, sorprendido. “Todos en casa vieron la noticia, hermano. ¡Hiciste de todo! Fue como un episodio de Cops”. Agregó luego: “Mantén la cabeza en alto, viejo. Sigue siendo un buen hombre”. No me sentía para nada así.
El juez me dio otra oportunidad, pero me advirtió que, si me volvía a ver, iría a prisión. Me fui derrotado y enojado conmigo mismo, el mundo y Dios.
Poco después, salí bajo la lluvia, levanté las manos y grité al cielo: “Ámame, ódiame, mátame. No me importa. ¡Solo hazme saber que estás ahí arriba!”. No estaba preparado para la respuesta de Dios.
Al día siguiente, mi oficial de libertad condicional se presentó en mi casa para hacer una revisión. Estando allí, me reveló que la policía había iniciado una investigación en mi contra. Tenía ocho delitos graves pendientes.
Dos días después, mientras iba en auto con mi madre, vi un par de patrullas. Sabía que me esperaban. Luego otro vehículo se nos acercó por detrás y nos detuvo. Le dije a mamá que lo lamentaba y que me iba por un tiempo.
Me esposaron y llevaron a la cárcel. El juez fijó una fianza astronómica y pasé por otra terrible desintoxicación. Después me pusieron con los encarcelados comunes y pronto me visitó un capellán.
Me dijo que si construía mi vida sobre cualquier cosa que no fuera Jesucristo, no se sostendría (Mateo 7:24–27). Al principio me pareció fuera de lugar, pero esa noche reflexioné sobre sus palabras y oré: “Dios, ¿me ayudarías a poner esa base de la que habló el capellán?”
Recibí Su respuesta unos días más tarde, cuando un oficial me habló del programa S.H.A.R.P. (Programa de Recuperación de la Adicción a la Heroína del Sheriff, en español) en el Centro de Detención del condado de Pitt. Tres días después, me trasladaron al programa.
Varias personas vinieron a nuestro pabellón para brindarnos asesoramiento y guía para superar la adicción, entre ellas ministros como el pastor Mike Dixon, el capellán David Linton y la editora de Victorious Living, Kristi Overton Johnson.
El enfoque de recuperación basado en la fe que presentaron me intrigó, al igual que la esperanza de Cristo en sus vidas. Me convencí de mi pecado y tomé una Biblia de la estantería. Le confesé a Dios que había hecho un desastre con mi existencia y le prometí que, si me salvaba, lo adoraría para siempre.
Empecé la Biblia por Génesis y me la leí toda. Mi fe se fortalecía día a día, así como crecía mi paz. Pronto el tormento de mi encarcelamiento se transformó en bendición. Me sentí vivo y libre.
Cinco meses después, me retiraron la fianza y recibí una libertad previa al juicio con monitoreo electrónico. Tenía miedo de irme cuando el oficial me dijo que empacara. El momento de la verdad había llegado y no estaba seguro de lograrlo.
La primera persona a la que llamé al llegar a casa fue el pastor Mike. Ofrecía un programa de recuperación de adicciones llamado L.I.F.E. Sabía que, si quería mantenerme desintoxicado y seguir creciendo en mi fe, tenía que mantener el contacto con el programa y quienes me habían ayudado.
El pastor Mike me visitó y hablamos sobre mis próximos pasos. Me advirtió que el viaje no sería fácil, pero prometió que, mediante la fe en Jesús, me sería provisto todo lo necesario. Nos arrodillamos en la sala de mi madre y oramos, y en los meses que siguieron, vi a Dios hacer milagros.
Cuando salí de la cárcel, no tenía nada más que la ropa que llevaba puesta y esos ocho cargos pendientes por delitos graves. No tenía licencia de conducir ni trabajo ni teléfono. El programa de reinserción local me ayudó dándome ropa y asesoramiento, pero dados mis cargos pendientes, sus intentos de encontrarme empleo fracasaron. “Vuelva cuando solucione sus problemas legales”, decían todos.
Me las arreglé para obtener trabajo en McDonalds. Voltear hamburguesas no era exactamente lo que quería, pero estaba agradecido y decidido a trabajar para la gloria de Dios (Colosenses 3:17). Me recordaba a diario que debía ser leal y amable, y trabajar con integridad. La Biblia prometía que Dios vería mis esfuerzos y me recompensaría en su momento (Lucas 16:10).
Mucha gente me preguntaba por mi monitor de pierna. Eso me permitía compartir mi testimonio y mis lecciones de vida. Me alegré mucho cuando, como resultado de mis palabras, uno de mis compañeros de trabajo se alistó en la Marina y otro volvió a estudiar para completar la secundaria.
Dios pronto me dio más oportunidades de servirle a Él y los demás cuando el pastor Dixon me pidió que enseñara en sus reuniones de recuperación de L.I.F.E. Me sorprendió que el Señor y el pastor confiaran en mí para ayudar a otros a encontrar la libertad. Aún tenía un juicio pendiente.
Días antes de mi audiencia en la corte, mi abogado me informó que el estado había desestimado los ocho cargos. Se me salieron las lágrimas mientras alababa a Dios por actuar en mi favor. Ahora podía ingresar al colegio comunitario local.
Siguieron las bendiciones cuando recuperé mi licencia de conducir y me aprobaron una ayuda financiera. Hoy soy un estudiante de tiempo completo con un promedio de 3.5, que se prepara para ingresar a la escuela de enfermería. ¡A Dios sea la gloria!
Dios tiene una gran habilidad para restaurar a las personas quebrantadas y resucitar lo que estaba muerto. Aplastó mis adicciones, me curó de la depresión, restauró lo que había perdido y me dio más de lo que hubiera imaginado. Él también puede hacer todo eso por usted. No importa lo que pase en su vida, siempre hay esperanza en Jesucristo.
Clint Smith ayuda a otros a vivir libres de la adicción en su posición como líder de recuperación en L.I.F.E. Ministries. El programa L.I.F.E. está disponible para los encarcelados en las plataformas digitales de VL en EDOVO y PANDO.