“Dios, la estoy pasando mal”. Las palabras se me salieron en un momento de silencio, crudas y sin filtros. No era una oración pulida, solo admitía con franqueza mi situación. Acababa de perder a mi mejor amiga y el corazón se me estaba rompiendo.
El dolor fue una tormenta que remodeló el paisaje de mis emociones. Perder a Misty me hundió en una oscuridad llena de preguntas, emociones impredecibles y una pérdida profunda. Había días en los que creía que no me sobrepondría.
Pero mientras miraba hacia el Señor, surgió un destello de luz. No era de sanación inmediata ni respuestas ni una solución fácil a mi pesar. Más bien era la luz lenta y constante de la paz y la presencia de Dios que caminaba a mi lado (Filipenses 4:6–7). Fue un coraje y una resiliencia recién descubiertos que asumían las dificultades y pérdidas, no como algo de lo que escapar, sino como algo que aceptar.
Con frecuencia el duelo se siente como un enemigo a vencer. Luchamos contra él, y evitamos, huimos o nos hacemos insensibles a su impacto. Pero el duelo no es algo que haya que conquistar. Es un maestro que, cuando lo enfrentamos con valentía y honestidad, puede llevarnos a nuevas profundidades de intimidad con Dios, uno mismo y los demás. A través de él, podemos descubrir una resiliencia y fuerza que ignorábamos tener.
Estoy aprendiendo a no negar lo que es doloroso, sino a aceptarlo como parte de mi historia. Una vida transformada no trata de eliminar todos los pensamientos, sentimientos y situaciones negativas; eso es imposible. Una vida transformada entiende que cambiamos nuestra respuesta a esas cosas. Pensamos en ellas desde la perspectiva de Dios, confiando en Su presencia y planificación para los desafíos de la existencia. Como nos recuerda Isaías 42:3: “No aplastará a la caña más débil, ni apagará una vela que titila.” (NVI).
La victoria en la oscuridad del duelo no proviene de evitar el dolor, sino de atravesarlo con intención y fe activa. Mis viejas estrategias para manejar situaciones difíciles ya no me sirven. Solía aislarme, compadecerme de mí misma, aturdirme y escapar de la realidad, o huir de cualquier desafío.
La victoria en la sombra del duelo no significa que el dolor haya desaparecido ni que nunca volveré a sentirlo. La victoria es una elección. Llega cuando decido no esconderme, sino ser vulnerable. Se trata de ser franca conmigo misma y los demás sobre mis pensamientos y sentimientos. Es elegir lamentarme y entregar mi dolor a Dios en vez de acumularlo o esconderme de él.
La victoria también proviene de cuidarme a mí misma. He aprendido a mantener mi cuerpo comiendo bien y haciendo ejercicio. Doy prioridad al descanso y creo espacio para la recuperación y la sanación. Recurrir a mi comunidad para obtener apoyo y oración también ha sido vital.
La victoria es participar en la vida, incluso cuando parece devastada. Eso significa que puedo ser vulnerable y sincera con Dios, y admitir que paso por un mal momento. Puedo acercarme a Él incluso cuando me permito sentir todas las emociones: tristeza, ira, confusión.
La vida conlleva dificultades y sufrimiento. Una vida transformada no niega esta realidad; la reconoce y asume. Ve cada prueba como una oportunidad para una intimidad más profunda con el Padre (Salmo 34:18), cada pérdida como una oportunidad para recibir Su fuerza (1 Corintios 10:13), y cada tristeza como un lugar donde Su Espíritu da fruto maduro (Santiago 1:2–4).
Dios no nos ha dejado sin ayuda ni esperanza. Jesús prometió en Juan 16:33 que podemos tener fe en la adversidad porque Él ha vencido todas las dificultades que enfrentaremos.
Mientras navego por las olas del dolor, me aferro a este convencimiento: la oscuridad no es el final de la historia. Cristo ha vencido las tinieblas. En Él, incluso el sufrimiento más profundo puede convertirse en una puerta a la victoria, y un camino hacia una vida más plena y radiante.
SHERIDAN CORREA es consejera bíblica especializada en atención integral basada en el trauma así como directora del programa de bienestar de Victorious Living. Esposa y madre de dos adolescentes, ha visto su vida transformada de modo radical por Jesús.