La obediencia nunca se da de forma natural. Solo hay que mirar a un niño de dos años. No necesita que le enseñen a desafiar. Es un instinto. Y durante la mayor parte de mi existencia, yo seguí ese impulso.

Debí pasar por ocho ingresos a la cárcel y una vida de sufrimiento para finalmente arrodillarme y entregar mi vida a Dios. En ese momento, dejé de tomar las decisiones y pedí a Dios que fuera mi Comandante y Rey. Pero obedecerle requería un grado de confianza que yo no alcanzaba con facilidad.

Llevaba aproximadamente dos años en mi proceso de fe cuando me gradué de Phoenix Rescue Mission y volví a la sociedad. Fue cuando escuché al Espíritu Santo decir: “Sheridan, eres una mujer responsable e íntegra. Es hora de pagar la pensión alimenticia que debes”.

Se me encogió el estómago. Apenas podía cubrir mis gastos, pese a tener dos empleos. Dependía de Medicaid, me abastecía en bancos de alimentos y estaba pagando las cuotas de libertad condicional. No me sobraba ni una moneda y mucho menos tenía para pagar 500 dólares al mes.

Pero a Dios no le importaban mis circunstancias. Le interesaba más desarrollar mi carácter para que otros pudieran confiar en mí.

Siete años antes, cuando me divorcié, el tribunal le había dado la custodia de mis hijos a su padre y me había ordenado pagar pensión alimenticia completa. Mi exesposo me había dicho que no esperaba que yo pagara, así que no lo hice. Sinceramente, yo, en mi resentimiento, no tenía la intención de darle ni un centavo.

Pero a Dios no le importaba que mi exmarido me hubiera dejado libre de la obligación. El Señor quería obediencia y yo sabía que esa era mi única posibilidad si quería todo lo que Él me tenía preparado. Así que, con mucho temor, dije: “Sí, señor”, e inicié el proceso legal.

Me dieron la opción de renunciar a mis derechos parentales y olvidarme de la deuda. Nadie creía que pudiera devolver lo que debía. De hecho, estaban seguros de que acabaría en la cárcel por falta de pago.

Según las matemáticas, quienes dudaban tenían razón. Me llevaría tres décadas cumplir los términos del acuerdo y eso si reunía el dinero. Pero Dios seguía instándome a confiar en Él.

En el tribunal, el juez me dijo que madurara y buscara un “empleo de verdad”. Sabía que trabajaba en un ministerio que pagaba poco.

Respondí con lo único que podía decir: “Dios me llamó al ministerio y seré hallada fiel”. No podía abandonar el programa en el que el Señor me había ordenado servir para hacer lo que ahora me pedía. No me había liberado de eso, así que mantuve mi posición y firmé.

Cuando llegué al auto, tuve una crisis enorme. “¡Señor, esto duele!”, grité sintiéndome muy humillada. “No sé cómo vas a proveer, pero confío en Ti”.

No perdió tiempo en demostrar Su fidelidad. Dos días después, el ministerio para el que trabajaba me ofreció un puesto a tiempo completo, con salario fijo, con suficiente dinero para pagar todas mis facturas, cubrir las cuotas de libertad condicional, comprar comida, ahorrar y empezar a pagar cada céntimo de lo que debía. ¿Acaso Dios no iba a hacerlo? ¡Por supuesto que sí! ¡Nuestro Señor puede hacerlo todo!

¿Dios le está pidiendo a usted hacer algo imposible? Sé que la obediencia es difícil. Las instrucciones del Señor rara vez vienen acompañadas de un mapa o una explicación de cómo va a funcionar todo, pero no importa. Dé ese salto de fe de todos modos. Mientras confíe en el corazón de Aquel que le llama y va con Él, será testigo de Su fidelidad. La provisión de Dios vendrá luego de que lo obedezca.

Han pasado seis años desde que firmé ese acuerdo y estoy bastante adelantada en mi pago de ese enorme saldo. Dios ha proveído para cubrir mis necesidades mediante mi trabajo, mi esposo e incluso a través de los otros padres.

Hoy veo cómo hacer lo difícil y correcto me abrió las puertas a la restauración de mis relaciones y la recuperación de mi maternidad. Y eso valió cada sacrificio.

Confíe y haga lo que Dios le pida, aunque desafíe la lógica (Proverbios 3:5–6). Algo maravilloso lo espera al otro lado de la obediencia.

 

SHERIDAN CORREA es consejera bíblica especializada en atención integral basada en el trauma así como directora del programa de bienestar de Victorious Living. Esposa y madre de dos adolescentes, ha visto su vida transformada de modo radical por Jesús.