Eres estúpida. Eres tonta. Nunca lograrás nada. Esas palabras me han atormentado durante décadas.
Escucharlas ya era bastante humillante, pero la persona que me acosaba iba más allá. Abusaba de mí y me aterrorizaba para que guardara silencio, amenazándome con matar a todos en casa si lo contaba.
Por fin encontré el valor para decírselo a mi madre, pero su reacción no fue la que esperaba. Mi padrastro ya no abusaba tanto de mí, pero ahora ella me rechazaba de un modo callado y destructivo.
A menudo yo me preguntaba si estaba enfadada conmigo por lo que había hecho su marido. ¿Pensaba que era culpa mía? Nunca me echó la culpa, pero su fría indiferencia me generaba una gran sensación de rechazo.
Sin apoyo emocional, tuve que lidiar con los daños sola. Abusaban de mí en casa y me acosaban en la escuela, y como resultado, crecí sintiendo que no estaba a salvo en ningún lugar seguro.
Satanás se propuso robar, matar y destruir mi destino desde el inicio de mi vida (Juan 10:10). A través de personas, circunstancias y abusos, ese engañador me llenó el corazón y la mente de mentiras dichas y sobre entendidas. Como todo niño inocente, yo creía y tomaba en serio lo que me decían las personas que amaba y en las que confiaba.
El peso de esas heridas invisibles se quedó, moldeó en silencio la forma en que me veía a mí misma y afectó el modo en que me relacionaba con el mundo que me rodeaba. Deprimida y presa de pensamientos destructivos, sobreviví a mi adolescencia y llegué cojeando a la adultez, llevando conmigo todas mis heridas sin sanar y traumas no resueltos.
Necesitaba con desesperación que alguien me quisiera. Conocí a un joven y me enamoré profundamente de él. No pasó mucho tiempo antes de enterarme de que estaba embarazada.
Un médico me sugirió abortar porque estaba soltera, pero no fui capaz de hacerlo. No conocía al Señor en ese momento, pero de alguna manera tenía la profunda convicción de que la vida que llevaba dentro de mí era un regalo. Me convertí en madre soltera a los 21.
Al final la relación con el padre de mi hija terminó, lo que profundizó la sensación de rechazo y abandono con la que ya luchaba.
Cuando mi hija aún era muy pequeña, asistí a un servicio de avivamiento en el que entregué mi corazón al Señor, y fue entonces cuando comenzó mi camino espiritual.
Con el tiempo, conocí a Jim, que amaba al Señor y con quien me casé en 1990. Debería haber sido el comienzo de una vida prometedora, pero enseguida tuve periodos de depresión. Incluso en nuestra luna de miel, tuve un colapso emocional que nos desconcertó tanto a Jim como a mí.
A pesar del reto de mi inestable salud mental, Dios nos bendijo con la alegría de una familia. En nuestros primeros cinco años de matrimonio, recibimos dos hermosas hijas más. Nuestras tres hijas fueron dones del Señor que les dieron luz incluso a mis épocas más oscuras.
Jim era un padre maravilloso que lideraba bien a nuestra familia. Juntos, construimos una sólida base cristiana en nuestro hogar. Todas nuestras hijas entregaron sus vidas al Señor y comenzaron su camino con Él en su juventud.
Éramos una familia con raíces en la fe y el servicio ministerial, pero no todo iba bien.
La depresión a menudo me hacía alejarme de quienes amaba. Hacía todo lo posible por vivir según la Palabra de Dios durante esos periodos de desánimo, pero mis hijas no sabían qué me pasaba y pensaban que estaba enfadada con ellas.
Sin darme cuenta, les causé las mismas heridas generacionales para las que tanto anhelaba recibir sanación.
Intentaba desesperadamente ocultar mi dolor perfeccionando el arte de fingir que todo estaba bien. Pero detrás de cada logro y cada sonrisa había una niña temblorosa, que ansiaba aliviarse de la desesperanza que se había grabado en cada rincón de su ser.
Deseaba con angustia liberarme del dolor y la confusión. Era una mujer rota que necesitaba sanación, y el único lugar donde iba a encontrarla era al pie de la cruz. Seguí clamando en silencio al Señor sin pedir ayuda a quienes me rodeaban.
Estaba tan cansada de sentirme atrapada en mis emociones. Era prisionera de mi propia mente. Constantemente luchaba contra pensamientos de fracaso y duda. Esas ideas destructivas atacaban mi mente y le daban una fortaleza al demonio dentro de mí. Vivía en una guerra mental constante. “Señor”, clamaba, “¿qué rayos me pasa?”.
Lo único que me daba alivio era leer y escuchar la Palabra de Dios. Al sumergirme en Ella a diario, una verdad silenciosa empezó a emerger de las páginas: no estaba sola en mi lucha. Dios estaba conmigo y había sido así desde el principio.
Las raíces del rechazo, los pensamientos tóxicos y la depresión crónica que habían aprisionado mi alma tenían que quedar al descubierto. Me frenaban, me impedían encaminarme en los propósitos que Cristo me había dado a costa de Su vida. Y el Señor me lo hizo saber sin rodeos.
Estaba rezando en un retiro con unos amigos en 2018 cuando escuché a Dios hablarme de verdad. “Es hora de levantarse”, dijo. Rápidamente compartí lo que había oído, esperando animar a los demás a hacerlo, pero en el fondo sabía que el Señor me hablaba a mí directamente.
Mi encuentro fue muy parecido al del hombre junto al estanque de Betesda en Juan 5:6–9. Allí estaba yo hundida, en un pozo de vergüenza, depresión y autocompasión. El Señor me mostró mis opciones con amor, pero con firmeza: podía quedarme y sentirme aplastada o levantarme y caminar en libertad. No podía hacer ambas cosas.
Me puse de pie y emprendí un viaje de sanación con Él, que sigo haciendo hoy.
Una mañana, mientras lloraba, el Espíritu del Señor me dijo: “Esto no es más que tristeza de corazón”. ¿Dónde había oído eso antes? Busqué en las escrituras y llegué a Nehemías 2:2. Como Nehemías, recé al Dios del cielo y le pedí que me mostrara qué hacer.
Él respondió revelando la herida de alma que yo llevaba, resultado del trauma infantil que había sufrido. Esas cicatrices emocionales habían dominado mis pensamientos, comportamientos y relaciones toda mi vida. Así como una lesión física habría necesitado atención, la de mi alma también. De lo contrario, iba a seguir causando daño. Ese día, el Señor comenzó a mostrarme la raíz de mi dolor mientras prometía vendar esas heridas y sanarme (Salmo 147:3).
Un día, mientras estaba sentada en la iglesia, tuve este pensamiento: “¿Y si el Señor ya me liberó y he estado creyendo una mentira?”.
¡Tenía mucho sentido! El enemigo me había mentido cuando era niña, convenciéndome de que era tonta y estúpida, y que nunca valdría nada. Yo había dado por ciertas esas falsedades y dejado que gobernaran mi vida. Hay poder en la aceptación, incluso en la de la mentira.
A medida que iba meditando sobre la verdad de la Palabra de Dios, específicamente sobre lo que dice de mí, las cosas empezaron a cambiar. En lugar de intentar cambiar mis comportamientos, permití que el Señor renovara mi mente. La sanación de mi herida del alma había empezado.
Pero la sanación no ocurre en un solo momento. Es un viaje continuo. En cuanto pensaba que la mía estaba completa, Dios ponía Su dedo sobre otra capa de heridas enterradas que con desespero necesitaban Su toque.
Mi proceso me llevó a confesar: “Sí, abusaron de mí. Sufrí traumas y rechazo. Pero no volveré a existir en derrota y dolor. Fui víctima, pero ya no voy a vivir con mentalidad de víctima. ¡Eso no soy yo!”.
Lo hermoso de mi proceso de sanación es que es generacional. Cada paso que doy hacia la plenitud no solo me restaura a mí, sino que también acorta la distancia que mi depresión y emociones poco saludables crearon entre mis hijas y yo.
Las heridas que no se curan ni transforman pueden transmitirse a nuestros hijos. Tienen un impacto generacional. Mis padres me hicieron daño con su herida. Yo hice lo mismo con mis hijas. En la actualidad oro para que la obra sanadora que Dios hace en mí se convierta en un legado de esperanza que les revele la gracia del Señor a mis hijas y sus hijos.
Encontrar el perdón para mi agresor, mi madre y para mí fue un elemento fundamental de mi recuperación. Por más que deseaba la gracia y misericordia de Dios y los demás, tuve que aprender a brindar esas mismas cosas a quienes me habían hecho daño.
La transformación no es fácil. Cada día tengo que tomar el mando de mi vida mental. Tengo que recordarme lo que dice la Palabra en lugar de escuchar las mentiras que el diablo aún susurra. Tengo que cuidar mi vida y mi lengua, rompiendo todos los acuerdos que una vez hice con la mentira (Proverbios 18:21).
¿Que si a veces se pone difícil? ¡Por supuesto! Pero he aprendido a apoyarme en Él para tener fuerza y resistir. Agradezco profundamente que Dios me haya amado lo suficiente como para no dejarme rota y herida.
Sigo siendo un trabajo en progreso. A veces continúo aislándome. Ser transparente duele, pero cuando lo logro, me recuerdo a mí misma que Dios mantiene su compromiso de completar la obra que empezó en mí, y confío en que Él aún esté escribiendo mi historia (Filipenses 1:6).
Dios también quiere terminar la obra que empezó en usted. Sigue escribiendo su historia. ¡No ha soltado el lápiz! Lo que usted piensa que es el fin de su relato en realidad es solo el comienzo de un nuevo capítulo. Manténgase caminando con Él. Elija ponerse de pie a diario, levántese de su dolor y confíe en Aquel que nos creó.
Usted nunca está solo en este camino: el amor de Dios irá detrás de usted sin descanso para sacarlo de la oscuridad (Colosenses 1:13–14). Tome Su mano y, con Su ayuda, levántese y entre en la luz de Su Hijo. Allí encontrará sanación y restauración.
Dios puede hacer nuevas todas las cosas (2 Corintios 5:17), incluyéndolo a usted. La luz del Señor brillará a través de sus lugares antes quebrados e iluminará el camino de otra persona hacia la sanación (2 Corintios 4:7–8). Ese proceso continuará durante generaciones.
Ministra ordenada, Renee’ Cairns trata con jóvenes que han sufrido traumas similares al suyo. Ella y su marido Jim fundaron Broken Chains, Transformed Lives, un ministerio que ayuda a personas heridas a encontrar la libertad en Cristo. Ha viajado desde Carolina del Norte a Trinidad y luego a Tanzania para llevar la Palabra y ver vidas transformadas por el poder de la sangre de Jesucristo.