El amor puede dejar cicatrices. Aprendí esta dura lección en la disfuncionalidad de mi hogar de la infancia.

Vi cómo mis padres, perdidos en su propio dolor, se destrozaban mutuamente y destruían nuestro hogar. El alcohol, la traición y la depresión se infiltraron en nuestra vida diaria, y convirtieron lo que debería haber sido un lugar de amor y seguridad en un campo de batalla.

El estallido de las discusiones a menudo iba seguido de violencia, lo que hacía que los niños buscáramos refugio en el sótano. Como la segunda de cuatro hijos, me sentía responsable de proteger a mis hermanos pequeños durante esas peleas nocturnas. No podía explicarles lo que estaba pasando cuando yo misma no lo entendía. El miedo y la incertidumbre ahogaban mi corazón mientras intentaba consolarlos.

Pronto aprendí a ocultar lo que sentía, a quedarme callada y a fingir que todo estaba bien. Pero cuando tenía 11 años, empecé a preguntarme si la vida merecía la pena. La desesperanza y la desesperación eran tan grandes que empecé a creer que el mundo podía ser mejor sin mí.

Era un pensamiento aterrador para una niña, pero pensaba que era la única forma de escapar del dolor que no sabía nombrar. Sin embargo, seguí adelante, llevando el peso de esa oscuridad en silencio.

Esa carga se hizo más pesada el día que mi padre hizo las maletas y abandonó a nuestra familia. No hubo despedidas ni explicaciones ni respuestas a mi llanto, solo el sonido de la puerta al cerrarse tras él mientras mi corazón se rompía en mil pedazos.

Su ausencia proyectó una nueva sombra sobre nuestro hogar. Mi madre cayó en una profunda depresión. Asumí la responsabilidad de cuidar de mis hermanos pequeños en un intento por ser la presencia protectora que yo anhelaba.

Me sentía tan sola en mi lucha por entender mi propia tristeza y sensación de rechazo. ¿Qué había hecho yo para que mi padre se fuera? Esos pensamientos inquietantes se transformaron en ira y mi dolor, en rebeldía.

El vacío que había en mi interior creció al entrar en la adolescencia. Desesperada por lograr una conexión en un mundo donde yo era invisible, sentí la necesidad de pasar tiempo en Pilsen, un barrio del suroeste bajo de Chicago. La familiaridad que hallaba en sus calles me daba una sensación de consuelo.

Me juntaba con una pandilla, lo que me daba un sentido de pertenencia y llenaba mi vacío interior. En ese mundo la lealtad significaba algo. Esas personas no me abandonarían como lo hizo mi padre. Me protegerían a toda costa.

Pero no consideré el alto precio que conllevan esas amistades.

A los 17 años, inicié una relación tóxica con alguien mayor que yo. Me hacía sentir querida y deseada, y yo imaginaba que me cuidaría para siempre. Pero esa ilusión se desmoronó rápido a medida que el deseo de controlar, manipular y abusar se apoderaba de él.

Sus palabras y acciones me dejaban heridas, no solo en el cuerpo, sino en mi ya frágil autoestima. Él me pegaba, y luego se disculpaba y me decía cuánto me quería, así que yo me quedaba. Poco después esperaba un hijo suyo.

Convertirme en madre junto a alguien que me hería tan profundamente era a la vez devastador y transformador. Cada vez que miraba a mi pequeño, una voz dentro de mí susurraba: “Libérate de ese hombre”.

El día en que vi en los ojos de mi hijo el mismo miedo que yo había sentido de niña fue cuando decidí irme. No tenía un plan, pero tenía motivos suficientes. Estaba determinada a darle a mi precioso bebé una vida sin violencia.

Mi ex no se tomó bien la ruptura. Amenazó con llevarse a mi hijo y me acosó sin parar hasta el punto de que temí por mi vida. No sabía mucho sobre Dios, pero, desesperada, clamé a Él (Salmo 18:6) para rogarle que nos protegiera a mi hijo y a mí. El Señor no solo respondió a mi oración y nos mantuvo a salvo, sino que también empezó a reescribir mi historia.

Todo comenzó una noche con un encuentro inesperado con un rostro desconocido pero amistoso. Un hombre apareció en el auto de un amigo y empezó a coquetear conmigo por la ventanilla del copiloto. Era bastante guapo y divertido. Se bajó de un salto, se presentó y me preguntó si quería salir con él.

Omar Calvillo pertenecía a una banda rival a la de mi ex. Sabía que si me veían hablando con él, sería peligroso. El comportamiento de mi anterior pareja era cada vez más inestable. Pero no pude resistirme.

Al principio éramos cautelosos en nuestra relación. Ambos teníamos muchas cicatrices de traiciones y traumas pasados, así que protegíamos mucho nuestros corazones.

Pero pronto, cautiva del encanto magnético de Omar y su alma rota, me enamoré. No pasó mucho tiempo antes de que quedara embarazada de él.

Quería reconstruir una vida con Omar, pero había un problema: su lealtad a la banda era su máxima prioridad, no yo. Mi cabeza me decía que no volviera a tomar ese camino, pero mi corazón no escuchaba. Entré de lleno en su mundo e hice mías sus batallas.

Había tiroteos entre autos, policías y mucho consumo de alcohol y drogas. Todos los días me preocupaba que una pandilla rival lo matara o que acabara de nuevo en prisión.

El estrés me dificultaba respirar y empecé a caer en el viejo pozo de la depresión. Los pensamientos de acabar con mi vida volvieron junto con la sensación de culpa. ¿Cómo podía sentirme tan mal cuando tenía un hijo tan hermoso y otro en camino?

Una tarde, una amiga me invitó a la iglesia. Agotada, asustada y muy embarazada, fui. No sabía en qué me estaba metiendo, pero ansiaba tener paz. La había deseado toda mi vida.

Mientras sonaba música de adoración y el pastor empezaba a hablar, el corazón se me deshacía. Habló de un Salvador que murió por mí, no porque fuera perfecta, sino porque me amaba. Dijo que Jesús veía mi pecado y aun así me elegía.

Por primera vez, me sentí tomada en cuenta, no por un hombre ni por las calles, sino por Dios. Al darme cuenta de que no tenía que cargar sola con el peso del pasado, el presente o el futuro, corrí al altar para aceptar a Jesús como mi Señor y Salvador.

Las lágrimas corrían por mi rostro mientras volvía a casa esa noche. No podía esperar para contárselo a Omar y que él también pudiera encontrarse con Jesús y hallar la calma. Pero no le interesaba.

Yo esperaba que mi transformación lo motivara, pero solo se adentró más en la oscuridad, y su rebeldía y enojo crecían cada vez más. La tensión entre nosotros aumentaba a medida que las calles y Satanás afianzaban su control sobre él. Lo atormentaban y yo podía ver la batalla por su alma.

Efesios 6:12 me dijo que la guerra que Omar vivía no era contra enemigos de carne y hueso, sino contra seres espirituales. Así que luché esa guerra con un arma espiritual: la oración. Mi amor por Omar y nuestra familia me mantenía de rodillas, aunque era una batalla solitaria.

Al aferrarme a Jesús y mantener la mirada en Él, recibía paz. Y esa bendición Suya me mantuvo firme (Isaías 26:3) mientras protegía mi corazón y mi mente (Filipenses 4:7). Hebreos 4:16 me instruyó a acercarme con toda confianza al trono de la gracia de Dios. Así que le pedí con valentía que me revelara si Omar era el hombre que había elegido para mi vida. Si no era así, le pedí que lo quitara de mi camino para poder seguir adelante.

Me aferré a la promesa de que Dios estaba obrando en mi vida (Romanos 8:28) y seguí orando, aunque mi situación parecía desesperada. Esas fervientes plegarias me condujeron a la victoria (Santiago 5:16).

La historia de redención de Omar es una de mis favoritas. (Se puede leer en la página 26.) Estoy agradecida por la oportunidad que he tenido de presenciar cómo la gracia de Dios transformó a este hombre antes endurecido en una poderosa persona de fe. Su testimonio es prueba, al igual que el mío, de que nada es imposible para Dios (Mateo 19:26).

Me alegro mucho de que el Señor lo eligiera como mi esposo. Ha guiado fielmente el camino de nuestra familia con Cristo durante las últimas dos décadas. Hoy vivimos no como víctimas de nuestro pasado, sino como prueba viviente del poder redentor de Dios. Nadie está fuera del alcance del amor del Señor.

Como se lo hemos permitido, Dios ha usado nuestras cicatrices para llevar sanación a otros. Tengo el honor de brindar ministerio a mujeres que, como yo, tienen heridas tan visibles como invisibles. Ellas provienen de situaciones similares y están marcadas por el rechazo y la vergüenza.

Les hablo de la verdad de que son tomadas en cuenta, amadas y elegidas, y de que Jesús intervendrá en su caos y las ayudará. Sus cicatrices no son signos de debilidad, sino evidencia de supervivencia. Cada una cuenta una historia de dolor soportado, fuerza encontrada y gracia recibida.

Es un privilegio sagrado caminar junto a los demás y presenciar cómo se despliega la belleza de la redención. Y es un honor hablarle de esa esperanza a usted.

Si carga dolor, cicatrices o heridas que parecen demasiado profundas para sanar, quiero que sepa que Jesús lo ve. No lo ha olvidado (Génesis 16:13). El mismo Dios que rescató a Omar y a mí de la desesperación, sanó nuestros corazones rotos y redimió nuestras historias está buscándolo a usted ahora mismo.

No se preocupe: Dios será amable con su dolor. El amor del Señor es poderoso y sanará todas sus heridas, incluso aquellas que ha intentado ocultar. Jesucristo empezará a reescribir su historia en el momento en que le permita entrar.

No tiene que quedarse atrapado en un intento por sobrevivir. Como hijo amado de Dios, fue hecho para la victoria (1 Corintios 15:57; 1 Juan 5:4). ¡Vaya por ella!

Deje que Jesús lo cure, lo restaure y lo guíe hacia la plenitud de la vida que Él le brindó con su muerte (Romanos 5:8; 1 Corintios 15:3–4). Dios dará aliento a las cosas que usted creía muertas (Salmo 147:3; Ezequiel 37:2–6).

El Redentor está listo para transformar sus cicatrices en una hermosa historia.

 

Ann Calvillo es la presentadora de Her Scars Tell a Story, un pódcast que da voz a mujeres que han encontrado sanación en Cristo. También presta servicio en el albergue Pacific Garden Mission de Chicago, donde ayuda a los perdidos y heridos a encontrar el camino hacia el Salvador que restauró su propia alma.