¿Conoce a Jesús como su Señor y Salvador personal?

Esta pregunta suele provocar miradas extrañas y respuestas poco amables. Pero eso nunca me ha impedido hacerla. Quiero que la gente de todo el mundo conozca la grandeza del amor de Dios y cómo Él me salvó a mí, un hombre perdido y quebrantado.

Su amor me liberó de la prisión de miedo y resentimiento que yo mismo me impuse, y rescató mi vida del abismo. Pero no todo el mundo desea escuchar esta buena noticia. Durante mucho tiempo, yo tampoco.

Tuve que pasar por un infierno en la tierra antes de darme cuenta de que necesitaba un Salvador. Antes de eso, no estaba convencido de la existencia de Dios ni me importaba. Mi única preocupación era vivir mi sueño de ser patrullero en Wyoming. Me uní al cuerpo en 1979, justo después de cumplir 23 años y pasé a ser el agente más joven del estado.

Mi familia no entendía mi decisión, pues éramos ganaderos, no policías. Pero desde que tenía siete años y vi a un agente estatal uniformado junto a su auto con una en un costado, supe que eso era lo que quería ser.

Al terminar la academia, solicité que me destacaran en Rock Springs, Wyoming, una ciudad en pleno auge conocida por su violencia y corrupción. Yo era un vaquero rudo en busca de aventuras. Era la combinación perfecta.

Sin embargo, mi emocionante experiencia terminó tres años después, el 18 de marzo de 1982, cuando, sin saberlo, paré a un ladrón de bancos que huía de la escena de su crimen. Antes incluso de detener mi auto, en pánico, el hombre se bajó de un salto y se me vino encima. Pateé la puerta de mi patrulla para salir y él abrió fuego.

Su primera bala atravesó mi parabrisas y me alcanzó en el ojo izquierdo. Estuvo a la distancia de solo el grosor de una hoja de papel de mi cerebro. La segunda bala rebotó en el parabrisas. Me agaché para estar fuera de la línea de fuego, alcancé la radio y grité en el micrófono: “¡Me dispararon!”.

Para entonces el hombre ya estaba apoyado en mi auto y me disparaba a quemarropa en la parte baja izquierda de la espalda. Una bala me alcanzó el hígado, pero milagrosamente no me tocó un vaso sanguíneo principal por un cuarto de pulgada. Otra me dio en la columna, donde se detuvo a fracciones de pulgada de mi médula espinal. Los dos últimos proyectiles rebotaron en mi interior, donde me atravesaron los intestinos y vísceras para terminar en mi cadera. Los cinco disparos pudieron ser fatales.

El agresor se retiró y, de alguna manera, logré salir del auto y sacar mi pistola. Pero luego recordé que solo podía disparar en defensa propia o a un delincuente en huida. Este hombre me daba la espalda y ya no intentaba hacerme daño. No podía argumentar que lo había herido para protegerme. Esperé hasta que su vehículo empezó a moverse para abrir fuego.

Mi primera bala rebotó en su reposacabezas. Lo alcanzó en el hombro izquierdo y lo empujó hacia adelante, a la derecha, y fuera de la trayectoria de las siguientes cinco balas, que seguramente lo habrían alcanzado en el pecho.

En cuanto pudo, el hombre se fue disparado. Volví a tomar la radio y a pedir ayuda a gritos. Oí al operador pedir una ambulancia, pero creía que no sobreviviría.

Intenté sacar mi botiquín de primeros auxilios del maletero para detener mi hemorragia. Sin embargo, a los pocos pasos, me desplomé. Aterricé junto al tubo de escape de mi vehículo que seguía en marcha. No tenía fuerzas para alejarme de los gases calientes y tóxicos, lo que me pareció una ironía: no me iban a matar todas esas balas, pero sí moriría de envenenamiento.

En ese momento no creía en Dios, pero oré de todos modos. “Señor, no sé si voy a morir. Si lo hago, cuida de mi esposa. Por favor, ayúdame”. Una situación de vida o muerte hace que la mayoría de los ateos oren.

Poco después, llegó un camionero, apagó mi auto y me salvo de los gases. Luego apareció un patrullero, que sabía de primeros auxilios. La ambulancia llegó después. Cuando oí a los técnicos de emergencias gritar mis signos vitales, supe que estaba en problemas. Me llevaron de urgencia al hospital, donde un equipo médico atendió mis heridas más graves.

Casi salí disparado de la camilla cuando un médico me rompió la nariz con el puño y me metió a la fuerza un gran tubo por el conducto nasal. Otro hurgaba en mi cuenca ocular vacía. Alguien más me clavó una aguja grande en el abdomen para evacuar la sangre acumulada, que salió disparada hasta el techo.

El dolor era tan intenso que amenacé con darle una paliza a la siguiente persona que me tocara. Ante ese comentario, alguien dijo que debía tener daño cerebral. Escuché que pidieron un momento para administrarme anestesia, a lo que el médico respondió: “¡No hay tiempo!”, y procedió a abrirme.

Les aseguro que lo que pasó en ese lugar fue más traumático que el tiroteo. Ese día me operaron durante diez horas. Los médicos me extirparon el ojo izquierdo y un tercio del hígado, y me repararon los intestinos y vísceras. Dejaron las balas. Seis meses después, el médico volvió a abrirme para extraer las dos balas que tenía en la cadera. La de mi columna sigue allí ya que el riesgo de que quede paralítico si me la sacan es demasiado grande.

Sin embargo, durante mi recuperación, no era el dolor físico ni el trauma por los hechos recientes lo que me abrumaba. Era mi resentimiento hacia Mark Corbett, el hombre que me había disparado.

Mi odio se intensificaba cada vez que me miraba al espejo. A diario el enorme hueco donde antes estaba mi ojo y el resto de las cicatrices que llevaba me gritaban todo lo que Mark me había robado. También lo hacían los sueños aterradores, el miedo, la ansiedad, los dolores de cabeza insoportables y otros males físicos. Mi vida era una pesadilla viviente.

Estaba decidido a volver al trabajo. De ninguna manera Mark iba a quitarme también mi profesión. Pero me dominaba tanto el miedo a que me dispararan que no podía cumplir mis funciones. Imaginaba que me iba a hacer daño cada persona que encontraba, hombres, mujeres y niños por igual. A menudo me reportaba enfermo, y recurría al alcohol y los calmantes para sobrevivir.

Un día en el centro de detención, vi a Mark. Por un breve momento, realmente consideré matarlo. Intenté sacar mi arma de servicio, pero recuperé la cordura antes de cometer alguna tontería. Poco después, pensé en suicidarme, pero no pude. Ya había hecho pasar a mi esposa por demasiadas cosas.

Mis empleadores fueron todo lo pacientes que pudieron, pero al final me dieron un ultimátum: si no me sobreponía, o me despedían o renunciaba. Me fui después de casi dispararle a un hombre desarmado.

Durante el año siguiente, mi esposa, también policía y atea convencida, empezó a hacerse preguntas sobre Dios. No podía negar el milagro de que yo estuviera vivo. Tras hablar con un capellán, aceptó a Jesús como su Señor y Salvador, y la bautizaron. Al ver su nueva alegría y paz, empecé a hacerme mis propias preguntas. Necesitaba lo que ella tenía.

Fui a ver a su amigo capellán. Él me explicó con paciencia cómo Dios me amaba tanto que había entregado a Su Hijo, Jesús, para que muriera por mí, para que mis pecados fueran perdonados (Juan 3:16). Lo único que podía salvarme, decía, era la fe en Jesús. Nada de lo que yo hiciera resultaría (Romanos 6:23; Gálatas 5:6; Efesios 2:8–9). El evangelio cobró vida para mí. Y justo allí, en la mesa de comedor del capellán, puse mi fe en Jesús para la salvación.

No hubo fuegos artificiales celestiales ni sentí gozo de inmediato. Con el tiempo llamé al capellán y le dije que aún me sentía muerto por dentro. Quiso saber si había perdonado a Mark. Le aseguré que sí, pero no se dejó engañar y me confrontó. Le colgué.

Como el sufrimiento no desaparecía, me humillé y volví a pedir ayuda. El capellán sugirió que le escribiera a Mark. Desesperado, acepté. También le envié copias de artículos que se habían publicado recientemente sobre nuestro tiroteo y mi fe.

En mi carta dije: “Mark, no te deseo pesar al enviarte estos textos. Solo quiero compartir mi fe contigo. Si no lo has hecho ya, ¿te unirías a mí en el amor de Cristo y en la familia cristiana?”. Dios levantó las tinieblas de mi interior en el momento en que firmé la carta y recibí Su regalo de alegría (Gálatas 5:22).

Sin embargo, unos meses después, el Espíritu Santo empezó a animarme a escribirle de nuevo a Mark para darle mi perdón. Me negué, y toda la alegría que había encontrado desapareció.

Me parecía que perdonarlo le restaba gravedad a lo que me había hecho. Su decisión me había quitado todo. Lo que no entendía era que mi amargura y odio me hacían más daño que sus balas. Esas emociones me estaban consumiendo por dentro y abrían una puerta para que Satanás destruyera mi vida. (Vea Génesis 4:2–7; Efesios 4:25–27; Hebreos 12:15).

Luché con la instrucción de Dios hasta que, finalmente, obedecí. Incluso escribí: “Mark, te quiero”. Fueron las palabras que más difíciles se me han hecho en mi vida.

Quizá usted se pregunte cómo podía yo amar a un hombre que me había hecho tanto daño. Sin ayuda, no podía. Pero cuando pensé en el amor incondicional de Dios hacia mí, un pecador, no tuve opción.

¿Cómo podía retener lo que Dios me había dado a mí? ¿Y por qué iba a querer hacerlo? La Biblia está llena de advertencias sobre el precio del perdón. (Vea Mateo 6:15, 18:35; Marcos 11:25; y Efesios 4:31–32).

Cuando perdoné a Mark por primera vez, supuse que le había hecho un gran regalo. Pero hoy entiendo que el perdón es un regalo que Dios me ha dado a mí.

El misionero chino Hermano Yun, en su libro “El hombre celestial”, describe el perdón como un regalo que Dios nos ha dado, que nos permite sobrevivir en un mundo malvado donde la gente hiere, traiciona y hace cosas terribles contra nosotros. Vivir en un fluir de perdón, dice, es lo que hace posible nuestra libertad.

Es cierto. Al elegir perdonar a Mark, me liberé de una prisión que yo mismo me impuse. No solo eso, sino que también recibí el presente inesperado de su amistad.

Mark y yo intercambiamos cartas durante diez meses antes de que fuera a verlo en persona. Eso ocurrió durante un avivamiento liderado por la iglesia de la prisión donde residía él. Al principio yo no quería ir, pero sabía que no debía desobedecer la guía del Espíritu Santo.

Antes de encontrarnos, pasé toda la noche en una habitación de motel, orando. “Dios, sin importar lo que yo haga o diga cuando vea a ese hombre por primera vez, que venga de Ti”. No confiaba en mí mismo.

A la mañana siguiente, cuando Mark me tendió la mano para estrechar la mía, no la tomé. En cambio, lo envolví con mis brazos y lo apreté con fuerza. ¡Es imposible que ese abrazo fuera de mi parte! Pero mientras sostenía a Mark, me llegó un pensamiento oscuro: Podrías matar a este hombre ahora mismo con tus propias manos.

“¡No!”, me dije rápidamente. “¡Ese ya no soy yo!”. Entendí que era una trampa de Satanás, que buscaba destruir mi vida. Pero cuando yo me resistí, huyó (Santiago 4:7). Dios siempre nos da una salida (1 Corintios 10:13).

Mark y yo conversamos todo el día. Le hablé del evangelio y le pregunté si quería aceptar a Cristo. Pero eso no ocurrió. Me respondió que respetaba demasiado a mis valores y a mí como para fingir aceptar algo en lo que él no creía.

Durante los siguientes 22 años, le escribí y visité a Mark, y siempre le daba la oportunidad de recibir el regalo de la salvación de Jesús. Me negué a rendirme con él con la seguridad de que todas esas semillas de fe que sembraba en su vida algún día darían fruto (Gálatas 6:9). Y así fue, pero no hasta que Mark tocó fondo y finalmente puso su vida en manos de Dios. (Puede leer su historia en la página 14).

Asistí a su primera audiencia de libertad condicional para apoyarlo. Sorprendí a todos cuando la junta evaluadora me preguntó si tenía algo que decir y respondí con esta pregunta: “¿Conocen a Jesús como su Señor y Salvador personal?”. Ellos y Mark me miraron como si estuviera loco.

Asistí a muchas otras audiencias en los años siguientes, pero nunca hablé en favor de Mark hasta que el Señor me desafió con esta pregunta: “Steve, ¿es Mark tu amigo?”. “Por supuesto”, respondí. Y el Señor me llamó igual que aquel capellán hace años. “Bueno, si Mark es tu amigo, ¿por qué no hablas por él como Mi Hijo habló por ti?”.

Me quedé sin palabras.

Jesús, mi defensor, intercede continuamente por mí. (Vea Romanos 8:27, Hebreos 7:25 y 1 Juan 2:1). Incluso sacrificó Su vida por mí pese a que era Su enemigo (Romanos 8:5–10).

Desde entonces, defendí a Mark y animé a otros a hacer lo mismo. Finalmente, en febrero de 2023, salió libre. Nuestra amistad se ha mantenido fuerte a lo largo de los años. Nos visitamos siempre que podemos y compartimos nuestra historia con todos los que quieren escucharla.

Han pasado 44 años desde aquel día que nos cambió la vida. Sigo soportando un dolor físico tremendo, cirugías constantes por las heridas y una lucha permanente contra el trastorno de estrés postraumático, que me costó mi primer matrimonio.

Aun así, alabo a Dios y digo, sin dudar, que recibir un disparo fue lo mejor que me ha pasado. Me llevó a Cristo y me enseñó a amar a los demás como Dios desea, lo que me hizo un mejor hombre y me condujo a apoyarme profundamente en el Señor.

Sin embargo, debo admitir que anhelo el día en que Dios me lleve a mi hogar celestial. Esta vida no es fácil. Pero hasta que lo haga, sigo hablándoles a los demás de Su gran amor y la seguridad de que Él proveerá para nuestro camino. Es lo que el Señor nos ordena a todos (Marcos 16:15).

En 2013, Dios me dio el regalo de mi hermosa esposa, Joyce. Esta increíble mujer asumió mi dolor de modo voluntario y ahora me ayuda a transitar caminos a menudo difíciles. También me dio la bendición de Sam, un perro de asistencia con entrenamiento de alto nivel. Sam me ha salvado la vida en muchas ocasiones y me abre puertas para contar a otros mi historia con el Señor. Comparto porque me importan los demás.

Antes de mi incidente, ninguno de los cristianos que conocía me había hablado de Jesús. Si hubiera muerto en ese tiroteo, habría ido al infierno.

Me asombra cómo creyentes que se supone iluminan el mundo dejan a personas como yo en la oscuridad. O están demasiado ocupados o los asusta compartir sus pensamientos. ¿Pero acaso no es el rechazo un pequeño precio a pagar por el alma de otra persona?

Así que permítame preguntarle algo a usted. ¿Conoce a Jesús como su Señor y Salvador personal? Por favor, no espere a tocar fondo (como Mark y yo) para darse cuenta de que lo necesita. Acepte a Jesús por fe ahora y evite el dolor que inevitablemente causa llegar al extremo.

Después de eso, profundice su relación con Dios estudiando las escrituras, orando, compartiendo con otros creyentes, y asistiendo a una iglesia que crea en la Biblia, ame a Cristo y sirva a la gente. ¡Y no olvide decir a los demás lo bueno que es Él!

Una última cosa, si ha aceptado a Jesús como su Señor y Salvador, pero aún no tiene alegría y paz, permítame preguntarle esto: ¿ha perdonado a quienes le han hecho daño? Sé que es difícil, y Dios también lo sabe. Sacrificó a Su Hijo para darle el perdón a usted (Juan 3:16).

Recibir ese regalo Suyo y extenderlo a los demás es la clave para abrir su prisión de sufrimiento y mantenerse libre.

 

Steve Watt reside en Colorado con su esposa Joyce y su perro de asistencia Sam. Vive para contarle a los demás sobre Jesús.

PULLOUTS:

pág. 20: Lo que no entendía era que mi amargura y odio me hacían más daño que sus balas. Esas emociones me estaban consumiendo por dentro y abrían una puerta para que Satanás destruyera mi vida.

pág. 21: Cuando perdoné a Mark por primera vez, supuse que le había hecho un gran regalo. Pero hoy entiendo que el perdón es un regalo que Dios me ha dado a mí.