Durante los primeros 13 años de mi vida, Pilsen, Illinois fue el sitio donde me sentía feliz. Los que no eran de allí lo consideraban uno de los barrios más duros de Chicago, pero yo lo consideraba mi hogar. Las calles eran mi patio de juegos, y el aroma de la comida mexicana casera llenaba el aire.

Era el segundo de tres hermanos. Vivíamos en la primera planta de una casa de tres niveles con nuestros padres. Unos familiares ocupaban los pisos de arriba y abajo. Aunque nuestro hogar no era perfecto, estaba lleno de amor, y yo me sentía a salvo gracias a mi padre, primos y tíos. Su presencia nos protegía de los peligros de un barrio plagado de pandillas.

Mi padre trabajaba sin descanso, combinando su trabajo a tiempo completo con reparaciones de autos de vecinos por la noche. Nos enseñó el valor del esfuerzo. Pero bajo la superficie de nuestra familia unida, había grietas: presión económica, padres jóvenes que luchaban por llegar a fin de mes y fiestas frecuentes en las que el alcohol fluía libremente.

Siempre había algo que celebrar, pero una vez que empezaban a beber, inevitablemente se producían peleas. Luego de esas fiestas viví muchos viajes aterradores con mi padre borracho al volante. Y ya en casa, comenzaban las peleas.

En nuestro mundo, regalar una cerveza a un niño no solo era aceptable, sino que se celebraba como un rito de iniciación. Beberme la primera me pareció genial. Tomaba con los adultos en las reuniones y poco después empecé a consumir drogas.

Admiraba a los miembros de las pandillas locales. Me vestía como ellos e imitaba cada uno de sus gestos. Pero mi primo Gil, que era mi héroe, se aseguraba de que no quedara atrapado en la vida de pandillero. Conocía de primera mano el precio que conllevaban esas relaciones, así que me impidió unirme a una.

Cada vez que intentaba andar cerca de él, Gil me echaba. Estaba decidido a mantenerme en el lado correcto de una línea invisible que me separaba de su mundo.

Todo cambió la noche en que la policía mató a Gil. La noticia destrozó toda ilusión de seguridad en mi mundo feliz.

Las risas y unión que disfrutaba mi familia desaparecieron cuando el dolor y la confusión nos invadió a todos. La inocencia de mi infancia murió con mi primo, y la reemplazaron la ira, la rebeldía y el resentimiento hacia la autoridad, especialmente hacia la policía.

Nada se interponía entre nosotros los chicos y la vida de pandillas cuando Gil falleció. Mi hermano pequeño fue el primero en unirse a una. Éramos unidos, casi como gemelos, así que lo seguí. Luego se incorporaron nuestros primos y amigos. El asunto se volvió algo familiar, alimentado por el sufrimiento, el odio y la rabia. Me entregué a la violencia, el crimen y el consumo intensivo de drogas, todo de lo que Gil había intentado protegerme. Las calles se convirtieron en una vía de escape para mi pesar y a la vez lo nutrían. Estaba atrapado en un círculo de destrucción.

No era grande ni intimidante como mis amigos. Era un niño delgado, lleno de resentimiento y con algo que demostrar. Así que tomé un arma y empecé a actuar sin medir las consecuencias. Nuestra pandilla les encargaba a jóvenes como yo la seguridad del barrio, un papel que me enorgullecía. Estaba listo para proteger a mis amigos y a mi familia.

Mi madre me advirtió que no anduviera en la calle. Mi padre tenía su propia forma de tratar conmigo. Pero ni los sermones ni el cinturón debilitaron el control que la calle tenía sobre mí.

Mi hermano pequeño y yo terminamos metiéndonos en problemas con la ley. Era menor de edad y lo internaron en un centro de detención juvenil. A mí me dieron siete años de prisión, y aunque solo pagué la mitad, me parecieron cadena perpetua.

Al reflexionar, entiendo que Dios tenía Su mano sobre mí, incluso en las situaciones más oscuras. Sin importar en qué centro de detención acabara, siempre hallaba un rostro conocido de mi barrio. No tenía que ganarme el respeto como muchos. Esa protección no era suerte, sino gracia, incluso cuando no me percataba.

Pero cuando terminé en aislamiento, de golpe me encontré en una celda solo con mis pensamientos. Esa nueva realidad me ayudó a comprender lo rota que estaba mi vida.

Hasta entonces, me había endurecido porque en prisión no se puede ser débil. Pero mi fortaleza se desmoronó con el paso de las semanas en aislamiento total. Sin mis mecanismos habituales de encarar las cosas, llegué a un punto de quiebre. Empecé a escribir poemas y oraciones para expresar y afrontar mis emociones.

Tenía la intención de llevar una vida mejor cuando salí de prisión al año siguiente. En menos de un mes, tenía un empleo que pagaba nueve dólares la hora. Empecé a trabajar un miércoles, emocionado por mi nueva oportunidad. Pero llegó la noche del viernes y volví a sentir la atracción del barrio.

Estaba en libertad condicional y sabía que los problemas podrían llevarme de nuevo a la cárcel, pero igual bebí. Como siempre, el alcohol causó peleas. Mi hermano empezó a discutir con alguien y yo intervine para ayudarlo. Qué error.

Le lanzaron un vaso al hombre con quien peleábamos, y justo cuando iba a golpearlo, el vaso me dio en la mano. Lo intenté de nuevo, y otro vaso se estrelló en mi misma mano. Después requirió 40 puntos y estaba destrozada. Ese día yo estaba demasiado borracho como para sentir algo.

La lesión necesitó cirugía y después caí en una profunda depresión. ¿Cómo pude ser tan estúpido? Pasé semanas con la mano enyesada y un destornillador guardado en el bolsillo. Deliberadamente me puse en peligro, deseando en secreto que alguien me librara de mi sufrimiento.

Respiraba, pero obviamente no estaba vivo. Al vagar por la vida sin metas ni propósito, pronto volví a caer en los viejos hábitos que había prometido dejar. Pero Dios envió a alguien para ayudarme. Un día estaba con unos amigos bebiendo una cerveza cuando vi a una chica preciosa.

Esperando impresionarla, salté al asiento del copiloto de la camioneta de pandillero de mi primo, y nos acercamos a ella. “Oye, ¿podemos hablar?”. Me bajé y empecé a conversar con ella. Se llamaba Ann.

“Tengo tres dólares”, bromeé. “¿Qué quieres hacer?”. Comenzamos a salir esa noche. Era muy dulce y fácil de tratar. Al principio, no nos lo tomamos en serio. Ann tenía un hijo de una relación anterior y ninguno de los dos quería algo formal.

Empezamos a tener problemas cuando me negué a dejar a mis amigos o mi pandilla. Ni siquiera el que quedara embarazada de nuestro primer hijo me motivó a cambiar.

Mi estilo de vida exponía a Ann, su hijo y nuestro pequeño por nacer a un gran peligro. Una noche, un amigo recibió un disparo frente a la casa de Ann. Eso la traumatizó. Ahora me arrepiento de lo duro que fui, y el riesgo en el que la puse a ella y nuestra familia.

Después de que casi nos alcanzaran balas perdidas cuando en dos ocasiones nos dispararon desde otros autos, finalmente nos mudamos. Pero aun así descuidaba mis responsabilidades y a menudo dejaba a Ann sola para andar con mi pandilla.

Mi consumo de alcohol y mi imprudencia la hicieron sufrir hasta que, por fin, agotada por la preocupación y el desorden, fue con una amiga a una iglesia. Necesitaba con desesperación un alivio del caos que le causaban mis elecciones.

Esa visita marcó un punto decisivo para ella. Volvió a casa con una emoción a la que yo no correspondí. “¡Omar, esta noche acepté a Jesús!”, dijo.

Lo único que pude decir fue: “Me alegro por ti”. No quería saber nada de lo que había descubierto.

A medida que la fe de Ann se profundizaba, Satanás inició una batalla espiritual por mi alma. Mi consumo de alcohol aumentó y la depresión me oprimía. Por la noche, me atormentaban pesadillas angustiantes. Mientras yo llevaba esa guerra por dentro, Ann y sus amigos luchaban por mí en oración.

Finalmente, las plegarias y la insistencia de Ann dieron sus frutos y acepté acompañarla a la iglesia. Anhelaba la paz que ella experimentaba. Sabía que yo era un desastre.

Al entrar por la puerta, un hombre me dio la bienvenida y se acercó para abrazarme. Me quedé paralizado. No hacemos eso en mi lugar de origen. Los hombres de mi familia solo se daban la mano.

Pero mientras el pastor compartía el evangelio (con un mensaje de perdón, gracia y un nuevo comienzo mediante Jesús) sus palabras atravesaron la dureza de mi corazón. Me abrumaron emociones desconocidas.

El pastor me invitó a aceptar a Cristo, y yo di un paso al frente. Luego me guió en una oración en la que confesé mis pecados y reconocí mi necesidad de un Salvador (Joel 2:32, Juan 3:16, Romanos 10:13). Cuando puso su mano en mi cabeza, una sensación cálida llenó mi cuerpo. No estaba seguro de lo que estaba pasando ya que no sabía nada de la Biblia ni del Espíritu Santo. Pero lo recibí con gusto; quería una nueva vida.

Después del servicio, una pareja me dio una Biblia, y rezó con Ann y conmigo. Al salir de la iglesia, me di cuenta de que algo había cambiado dentro de mí. Aún no lo entendía, pero sabía que me había encontrado con algo auténtico. Ya no era el mismo.

Empecé a leer la Biblia. Al principio no sabía por dónde, pero Ann y nuestra familia de la iglesia me guiaron. Aprendí sobre Jesús: Su amor, Su sacrificio y Su poder para redimir vidas rotas como la mía.

La Palabra de Dios se convirtió en mi salvavidas. Hablaba del dolor que llevaba, la rabia que había ocultado y la esclavitud de la que pensé que nunca escaparía. Versículos como 2 Corintios 5:17 (“Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!”, NVI) me dieron la esperanza de que realmente podía cambiar.

La transformación sí ocurrió, poco a poco. Dejé de beber y drogarme. Y luego me alejé de la vida de pandillero y asumí la responsabilidad de mi familia y nuestro futuro.

El Espíritu Santo me animó a proponerle matrimonio a la hermosa mujer que había orado por mi salvación. Alabado sea Dios, Ann dijo que sí. Desde entonces, nuestra unión de 21 años ha sido bendecida porque hemos mantenido a Cristo como base. Hemos criado a nuestros hijos para que amen a Jesús y hemos ayudado a otros a conocerle a través de nuestro ministerio.

Dios no solo limpió mi conducta, sino que sanó mi corazón. Sustituyó mi rabia por paz, mi culpa por gracia y mi desesperanza por un propósito.

Hoy soy esposo, padre de tres increíbles jóvenes adultos que siguen a Cristo e hijo de Dios. Su gracia me transformó (Efesios 2:8) y rompió las cadenas que una vez sometieron mi alma (Juan 8:32, 36; Romanos 6:22).

Mi testimonio es prueba de que Dios puede liberar a cualquiera. Entréguele usted su vida y permita que lo saque de las tinieblas donde reina la desesperanza. (Vea Isaías 9:2; 2 Corintios 4:6; y 1 Pedro 2:9). A usted lo hicieron para más.

 

Omar Calvillo es el presentador de From Wrong to Strong, un pódcast dedicado a difundir testimonios de cómo se pasa de la vida de pandillas a la gracia. Antiguo miembro de banda convertido en defensor de la fe, Omar es un estímulo para el cambio, ofrece esperanza a quienes se sienten perdidos y demuestra que la redención es posible. Para tener más información, visite https://www.fromwrongtostrong.org.