Era 1982. Yo acababa de salir del ejército, tenía 24 años y estaba en la universidad. Tenía toda la vida por delante, pero no me dejaban verla todas las deudas que había acumulado por mi adicción a la cocaína.
Me ahogaban las preocupaciones. Sentía como si alguien me hubiera encadenado a una bola de hierro de 200 libras y me hubiera lanzado a un mar de ansiedad.
Encontrar un trabajo bien remunerado era un reto. El país estaba en una profunda recesión en 1982. Así que cuando supe de buenos empleos en los campos petroleros de Wyoming, aproveché la oportunidad de inmediato.
Pensé que dejaría la universidad por unos años, trabajaría muchas horas en las plataformas, pagaría mis deudas, dejaría mi adicción a la cocaína y volvería para retomar mis estudios siendo un hombre nuevo. Incluso planeé ir a pescar y hacer senderismo en las montañas de Wyoming mientras estuviera allí.
Mis aspiraciones no se hicieron realidad como había imaginado.
No me había dado cuenta de que trabajar en una plataforma petrolera era estar en una máquina de cuatro pisos de altura. Un perro ciego de una sola pata tiene más habilidad para la mecánica que yo. Nunca había ni siquiera cambiado una bujía de auto.
Debió de ser un espectáculo verme ir a la entrevista con traje y corbata. Los otros hombres con pantalones de trabajo grasientos y mamelucos gastados seguramente sabían que yo estaba fuera de lugar. El petrolero que me contrató debía tener un gran sentido del humor o necesitaba la ayuda con desesperación.
En seis semanas, el campo petrolero y yo nos dijimos adiós. No sé quién estaba más contento yo o la cuadrilla que cargaba conmigo. Me quedé en Wyoming y trabajé de camarero en Jackson Hole durante los próximos ocho meses. Intenté iniciar dos negocios para aliviar mi creciente deuda, pero solo la empeoraron y me hundieron aun más en la desesperación.
Mis valores fundamentales agravaron mi crisis. Creía que todos debemos resolver nuestros problemas por nuestra cuenta y pagarles a los acreedores, sin importar el coste. Aunque esos principios suenan honorables, me impedían conectarme con personas cuyos consejos y ayuda necesitaba.
Desesperado, decidí robar un banco. No me importaba el resultado. Si tenía éxito, podría pagar mis deudas y la vida mejoraría. Si no lo hacía (si me mataban o me metían en prisión) al menos la responsabilidad de mis compromisos ya no estaría sobre mis hombros.
Así de distorsionada se había vuelto mi mente. Ni por un segundo pensé que un inocente pudiera resultar perjudicado. Lo único que me interesaba era pagar mis cuentas y superar mi estrés. Me quedaban solo dos dólares.
Elegí un banco en Craig, Colorado, con la esperanza de no me reconocieran. Era una sucursal de centro comercial con una caja fuerte de pared no mucho más grande que un microondas.
Entré en ese banco el 18 de marzo de 1982, mostré mi arma y le dije al cajero que abriera la caja fuerte. Cuando dijo que no sabía la combinación, ni siquiera discutí; estaba demasiado asustado. En cambio, le pedí que me diera el efectivo de los cajones de los cajeros. Una vez que tuve el dinero en mano, hui hacia mi auto. Y con esa fatídica decisión, este hijo de policía se convirtió en delincuente luego de haber sido estudiante universitario y policía militar.
Cuando salía de la población en mi auto, oí en la radio la noticia del atraco al banco. Mi pánico inicial se disipó cuando el locutor describió el vehículo de huida era un deportivo rojo. Eso ni siquiera se parecía a mi Dodge Colt marrón claro. Estaba eufórico. Pero pronto aprendería la verdad de Gálatas 6:7 (NTV): “No se dejen engañar: nadie puede burlarse de la justicia de Dios”.
El Señor estaba por ponerle freno a mi orgullo.
Ese día había un auto deportivo rojo en la autopista. Un guardabosques de Colorado lo vio y reportó el número de matrícula al departamento de policía de Craig. La revisión reveló que estaba vinculado a otro delito y la autoridad concluyó que el conductor debía ser el ladrón. Como la frontera estatal estaba cerca, contactaron a la Patrulla de Carreteras de Wyoming para que ayudara a interceptar el vehículo.
Fue entonces cuando Steve Watt, agente de Wyoming, intervino en la historia. Aunque no estaba de servicio ese día, respondió a la llamada. Llevaba millas conduciendo y buscando el auto rojo sin éxito. Cuando se encontró conmigo en mi compacto marrón, me detuvo con la intención de preguntarme si había visto el deportivo.
Entré en pánico. Frené de golpe y casi hice que se estrellara contra la parte trasera de mi Dodge. Luego, vencido por el miedo, salté a la vía y adopté la postura de disparo que había aprendido en la Policía Militar. Le disparé dos balas a la cabeza. La primera atravesó el parabrisas de Steve y lo alcanzó en el ojo izquierdo.
Steve buscó refugio bajo el salpicadero y fuera de mi línea de fuego. Me acerqué a su auto y le disparé cuatro veces más en el abdomen. Cada bala penetraba su cuerpo y lo hería gravemente, pero no me importaba. Lo di por muerto y corrí de vuelta a mi auto.
Eliminarlo fue la única solución que hallé para lo que parecía una situación desesperada. No vi a un hombre, un hijo, un hermano ni un marido; solo veía algo que se interponía en mi camino.
Increíblemente, Steve encontró la fuerza para enfrentarme. En cuanto puse el auto en marcha, atravesó de un tiro mi ventana trasera. Su primer disparo impactó en mi reposacabezas y se desvió hacia abajo para luego darme en el hombro y empujarme hacia adelante, fuera de la trayectoria de los siguientes cinco disparos. En cuanto pude recuperar mi control, pisé el acelerador.
Recorrí aproximadamente una milla antes de encontrarme con vehículos de la policía. Uno pasó volando a mi lado para ir a ayudar a Steve; el otro me esperaba en un puesto de control. Cuando lo vi, detuve el auto, tomé la bolsa de dinero y corrí por la pradera.
Cinco agentes me persiguieron a pie y dispararon más de 20 balas a menos de 50 yardas de distancia mientras corrían. Milagrosamente, todos esos proyectiles fallaron salvo uno de perdigón 00. Me dio en el hombro justo donde Steve me había disparado.
De alguna manera, me encontré en un barranco poco profundo. Miré a los oficiales que se acercaban y sabía que eran más que yo. Me quedaban dos balas. Obviamente, no podía salvarme de esa situación disparando, así que me rendí.
El primer agente que llegó hasta mí era el mejor amigo de Steve, el agente Tracy. Comprensiblemente furioso, sacó su pistola y se preparó para rematarme. Intervino otro funcionario. Lo intentó de nuevo dentro del auto, pero de nuevo un agente lo detuvo.
Me llevaron al hospital y me pusieron en la misma habitación que Steve, donde solo una delgada sábana nos separaba. Podía oír todo el revuelo de los médicos que corrían a su alrededor para salvarle la vida.
Agente tras agente me miró asqueado. Nunca me había sentido peor. Entonces llegó la esposa de Steve, otra agente. Entró en la habitación, pero, en vez de ir a ver a su marido, se dirigió hacia mí. Empezó a sacar su arma de servicio, pero un policía intervino una vez más. La mano del Señor estuvo llena de misericordia sobre mí ese día, así como estuvo sobre Steve.
Yo requería menos cuidados, y el médico pudo extraer con facilidad la bala y el perdigón alojados en mi hombro. En cambio, Steve estaba en estado crítico. Hasta la fecha su tratamiento no ha terminado.
Pasé los siguientes cuatro meses en la cárcel contemplando mi futuro sombrío. Luego escuché que en Wyoming los condenados a cadena perpetua cumplían en promedio solo nueve años y nueve meses. Decidí pedir esa pena en vez de arriesgarme a lo que el juez pudiera dictar.
Mi abogado me aconsejó con énfasis que no lo hiciera, pero no le hice caso. En consecuencia, debí pagar 40 años y 11 meses. Resulta que el juez iba a sentenciarme a 20 años, de los cuales probablemente habría cumplido 14.
Desde fuera, pareciera que yo mismo me arruiné las cosas. Pero el Señor sabía que necesitaba esos 26 años extra para entregarle mi vida y desarrollar un corazón de siervo. Era un pequeño precio a pagar para alcanzar la eternidad y descubrir mi propósito.
Mientras cumplía mi condena en prisión, Steve entró en su propia cárcel: la del odio. Como se ve en su historia en la página 18, la amargura casi lo destruyó hasta que entregó su ira a Dios y me perdonó.
Yo había cumplido cuatro años de pena cuando Steve se puso en contacto conmigo por primera vez mediante una carta que me informaba su decisión de seguir a Cristo. La recibí con gusto y la respondí con 18 páginas mías.
En diciembre de 1986, tras nueve meses escribiéndonos, Steve vino a verme a la prisión durante un servicio de avivamiento. Todas las miradas estaban puestas en nosotros cuando entró en la sala; todos conocían nuestra historia. Cuando Steve se acercó a mí, extendí la mano. En vez de estrecharla, me rodeó con los brazos y dijo: “¡Me alegro mucho de no haberte matado ese día!”. Ya no me veía como un monstruo, sino como a un hombre que había cometido un error horrible.
Desde ese día, Steve se convirtió en una parte fundamental de mi vida. Me escribía a menudo, atendía mis llamadas e incluso traía a su familia a visitarme. ¿Se lo imaginan?
Me dijo que me perdonaba y me hablaba constantemente de su fe, instándome a buscar una relación con Dios. No era el único. Muchos internos compartían el evangelio conmigo, al igual que mi abuela. Pero yo siempre rechazaba su invitación con educación. Para mí, Jesús era un cuento de hadas.
Me llevó 22 años de prisión abandonar mi orgullo y autosuficiencia, y aceptar el regalo divino del perdón y la salvación. Mientras tanto, Steve y otros seguían dándome su amor e incluso luchando por mi liberación.
Steve asistió a 16 audiencias ante la junta de libertad condicional para hablar por mí, se reunió con tres gobernadores en funciones y concedió entrevistas a los medios. Quería contar cómo perdonarme lo había liberado para que otros también pudieran encontrar la libertad.
Alcaides, senadores y otras personas de influencia política significativa también lucharon por mi liberación (incluso el agente Tracy). Pero no importaba quién hablara por mí ni mi buena conducta o mis logros en prisión, tres gobernadores de Wyoming consecutivos se negaron a soltarme.
Tras las 17 audiencias con respuesta negativa que tuve entre 1987 y 2004, perdí toda esperanza. Mi liberación debería haber estado asegurada. Había sido un encarcelado ejemplar. Fui el primero en Wyoming en obtener un título universitario de cuatro años, e incluso había creado una empresa privada en la prisión que empleaba a 100 privados de libertad. Pero nada de eso contaba. No había nada que pudiera hacer para salir de esa situación.
Como pueden imaginar, me enojaba cada vez más. Un día, cuando un abusador intentó propasarse con mi compañero de celda, perdí el control. Mi enfrentamiento con él me valió una visita a la unidad de aislamiento.
La gente suele decir que buscó a Dios cuando tocó fondo. Así me ocurrió a mí. En esa helada celda de aislamiento, vestido solo con una camiseta muy delgada y pantalones cortos, llegué al límite de mi orgullo. Me arrodillé y le pedí a Jesús que entrara en mi vida. Justo ahí, en ese frío y duro lugar, dieron fruto todas las semillas que sembraron en mi corazón una cantidad de amorosas personas. Las lágrimas corrían por mi rostro mientras un espíritu de calma me invadía.
Pronto, un agente me trajo una manta. Al día siguiente, me dieron una Biblia, algo que no era normal en ese bloque. El Señor me mostró que me acompañaba desde el principio.
Pero convertirme en creyente no me dio de inmediato un boleto de salida de la prisión. ¡En lo absoluto! Pagué otros 19 años después de entregarme a Cristo. Pero estaba bien; necesitaba ese tiempo para profundizar mi relación con el Señor. Si me hubiera ido antes, mi personalidad impulsiva, orgullosa y dominante, habría tomado el control de mi existencia y dejado abandonados a Dios y a quienes Él quería que sirviera.
No, la fe no me facilitó la vida, pero sí la mejoró. La confianza en el Señor reemplazó mi frustración e ira con paz y satisfacción.
Sinceramente aceptaba la voluntad de Dios, ya fuera que me dejara en prisión o me liberara. Sabía que Él estaba conmigo y que me ayudaría a afrontar lo que viniera. Ese era el secreto para vivir en la cárcel sin perder la esperanza. El apóstol Pablo había descubierto lo mismo. Dijo: “He aprendido el secreto de vivir en cualquier situación… Pues todo lo puedo hacer por medio de Cristo, quien me da las fuerzas” (Filipenses 4:12–13 NTV).
Pablo soportó que lo robaran, encarcelaran, golpearan, apedrearan. También aguantó naufragar y quedar a la deriva en el mar con hambre, sed, frío y mucho más porque Cristo le dio la fuerza para resistir. (Vea 2 Corintios 11:23–28.) No solo sobrevivió, sino que también vivió una vida significativa cumpliendo los deseos del Señor.
En Miqueas 6:8 (NTV), Dios nos dijo lo que quiere de nosotros: “hacer lo correcto, amar la misericordia y caminar humildemente” con Él. Tener integridad, ser misericordioso con los demás (como Dios y Steve fueron conmigo) y andar sin arrogancia con Dios siempre trae bendiciones.
En febrero de 2023, salí por las puertas de la prisión tras pagar una condena de más de cuatro décadas. Desde entonces, Dios me ha dado todo lo que he necesitado: comida, ropa, distintos suministros, incluso un vehículo.
Una noche, poco después de mi liberación, me sorprendí frente a un Walmart sosteniendo una bolsa de dos libras de uvas y mirando el hermoso cielo estrellado. Cómodo en mi cálido abrigo, comiendo todas las uvas que podía, me pregunté: “¿Puede haber algo mejor?”.
Eso fue hace tres años, y cada día doy gracias a Dios por mi vida y Su fidelidad.
Si usted está en un momento de espera, no se rinda. No está solo.
El Dios que sostuvo a los israelitas durante casi 40 años en el desierto es el mismo que me sostuvo a mí durante más de 40 años en el desierto de la prisión. Él también lo sostendrá a usted.
Mientras espera llegar a su “tierra prometida”, elija llevar una vida productiva. Niéguese a hundirse en la ira, la frustración y la desesperanza. Saque el máximo rendimiento a su tiempo (Jeremías 29:4–7). Aproveche los programas. Ayude a los demás. Empiece a planificar ya lo que sueña para el futuro. Durante años antes de salir de prisión, me preparé para desempeñar mi función en Compassion Wyoming, una organización sin fines de lucro que fundé en 2024 para abogar por una estrategia de salida para los encarcelados reformados con sentencias largas de Wyoming.
Dios asegura saber los planes que tiene para usted (Jeremías 29:11). Confíe en Su plan y en Su sentido de la oportunidad mientras vive en Su fuerza. En Él, puede superar todo (Romanos 8:37) y prosperar mientras espera.
Mark Corbett reside en Wyoming desde su salida de prisión en 2023. Es fundador y director ejecutivo de Compassion Wyoming. Más información en Compassionwyoming.org.