Todo empezó con un fregadero lleno de platos de restos resecos y terminó en una crisis emocional.
Mi dulce marido David se quedó atónito mientras yo (con la espuma volando, la voz alzada con sarcasmo y la cordura escapándoseme) me iba dando cuenta de que esto no era por los platos. Era una advertencia. Estaba a una cacerola del colapso. Entre el trabajo, el ministerio y la vida, me estaba desmoronando, y rápido.
Una amiga preocupada me hizo ver la realidad: “Christina, tienes muchas cosas encima. ¿Cuándo descansas?”. Me planteó que quizá estaba sufriendo desgaste crónico, no del tipo que se arregla con un baño de burbujas y una vela aromática, sino del que hace tener ganas de romper el teléfono y escapar a una isla llena de chocolate y sin Wifi.
Incluso las situaciones simples me generaban reacciones extremas y las más complejas me parecían imposibles. No era solo cansancio, estaba exhausta.
No ocurrió de forma drástica. Fue sutil, como una pequeña fuga de aire en una rueda. Yo seguía yendo al trabajo, sonriendo, diciendo que sí. Pero por dentro, ya andaba en la reserva y no sabía cómo detenerme. Sentía que decir un no era un fracaso. Descansar me parecía debilidad.
Creía que admitir que tenía un agotamiento crónico era decepcionar a todos, incluyendo a Dios. ¿Cómo había llegado a ese punto?
Mis días estaban llenos de cosas buenas: familia, trabajo y ministerio. No huía de Dios; lo estaba sirviendo. Pero mi amiga tenía razón. Era hora de hacerme preguntas importantes: ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué lo hago? ¿Para quién lo hago?
Cuando admití el desgaste, recurrí a las escrituras, no por mi gran espiritualidad, sino por desesperación. Allí, en las páginas que había leído antes, encontré un nuevo consuelo. Versículos como “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso” (Mateo 11:28 NVI) no solo hablaban de mi agotamiento, sino que me daban permiso para dejar de esforzarme tanto y simplemente quedarme quieta (Salmo 46:10).
Jesús no quería que trabajara con más empeño. Me estaba invitando a dejar todo, desde el ministerio hasta los platos sucios. Tenía que abandonarlo todo y dejar que Él me ayudara. A Dios no le decepcionaba mi cansancio; me estaba invitando a la restauración. Isaías 40:29–31 me recordó que la fortaleza no viene de esforzarse más, sino de tener esperanza en el Señor. No necesitaba ganarme el descanso. Necesitaba recibirlo.
Las Escrituras desentrañaron con suavidad la mentira de que el reposo equivale a debilidad. Incluso Jesús se retiró a lugares tranquilos y durmió durante las tormentas (Marcos 6:31–32, Marcos 4:36–41). Si el Salvador del mundo hacía tiempo para descansar, ¿no deberíamos hacerlo también nosotros?
El agotamiento crónico no es fracaso; es una señal para regresar a la fuente del verdadero descanso.
Si usted está estallando por cosas pequeñas, se siente emocionalmente agotado o su salud decae, quizá sea momento de preguntarse: ¿Sufro desgaste crónico? Deténgase y evalúe, no con culpa, sino con gracia (2 Corintios 12:9). La Palabra de Dios ofrece consuelo, renovación y una invitación a reposar, reconectarse y ser restaurado por Aquel que nunca le pide dar saltos para recibir Su amor.
Si está leyendo esto en una celda de prisión, esta invitación a descansar también es para usted. El alma se agota en el confinamiento, lo sé. El peso de la culpa, la vergüenza, el remordimiento y el dolor sin resolver, así como las consecuencias de las malas decisiones también pueden provocar agotamiento. Pero los muros que lo rodean no limitan la promesa de reposar en Jesús. Ese descanso está disponible para todo corazón que se vuelva hacia Él.
Entonces, ¿cómo puede reconocer el desgaste crónico antes de que lo destruya? Empiece por revisarse con regularidad antes de entrar en modo crisis. Busque patrones de irritabilidad, fatiga o respuestas emocionales desproporcionadas. Rechace todo lo que le quite la paz. Permítase un tiempo de tranquilidad con el Señor y lleve un diario de oración (Salmo 62:1–2). Hallará más sugerencias en la página 32.
Como la gracia, el descanso no se gana: es un regalo de un Dios que nos ama profundamente. Deje de andar en la reserva y reciba reposo y renovación hoy mismo.
Christina Kimbrel desarrolla contenidos para las muchas plataformas de VL. Tras pasar por la cárcel, ahora lleva esperanza a quienes están cautivos de sus circunstancias presentes y pasadas compartiendo el mensaje de sanación que encontró en Jesús.