La primera emoción que recuerdo es el dolor frío y profundo de sentirme excluida. No estaba así porque no me hubieran elegido en la clase de gimnasia ni porque hubiera tenido un mal día. Era por saber que era una niña no deseada, tanto que mi madre había intentado abortarme varias veces.
Pero incluso antes de conocer esa horrible verdad, me sentía fuera de lugar.
Ahora que reflexiono, puedo entender la desesperación de mi madre. Mi padre ya tenía otra pareja cuando mamá se enteró de que estaba embarazada de mí. Tener un cuarto hijo solo añadiría sufrimiento a su ya difícil vida, así que recurrió al aborto para resolver el problema.
Obviamente, sobreviví a sus intentos. Pero el que me haya criado una mujer que en lo emocional no podía vincularse conmigo me creó un doloroso vacío donde debería haber seguridad.
Mi madre me llamó Solé, un diminutivo de Soledad. Mi nombre era un recordatorio constante, un susurro de lo que yo, y quizás ella, experimentábamos a diario.
Un padrastro abusivo entró en mi vida cuando era una pequeña. Durante años, ese hombre controlador intentó dominarme convenciendo a todos de que yo tenía algo malo. Cada vez que me mostraba emotiva o creativa como cualquier niño, me destrozaba etiquetándome de loca.
Vivía con una dosis constante de abuso y rechazo, y me convencí de que mi existencia no tenía valor. Me sentía muerta por dentro. Lo único que me venía a la mente era que si los más cercanos a mí no me querían, ¿por qué debía yo interesarme en mí misma?
Esa sensación de estar muerta por dentro no era solo un estado de ánimo; era un peso enorme que llevaba a diario. Y no era solo tristeza. Era un aturdimiento profundo que me hizo intentar suicidarme más de una vez. Estaba desesperada por acabar con mi sufrimiento interior y el tormento de los gritos de mi madre por la violencia que había en nuestro hogar. Escuchaba su voz repetirse en mi cabeza.
El deseo de terminar con mi vida solo empeoró en mi adolescencia. Traté de matarme de nuevo. Cuando fallé, lo aguanté adormeciendo el dolor con drogas y alcohol. Abandoné la secundaria a los 16 años.
Andaba sin esperanzas, totalmente convencida de que la vida no tenía sentido. En mi mente el futuro no existía.
Me esforzaba por destruirme en un intento inconsciente de terminar lo que mi madre no había podido hacer años atrás. Me perdí en el caos, segura de que ningún amor verdadero (el que realmente sana)me encontraría jamás. Pero me equivocaba.
Los momentos que cambian la vida por lo general no vienen acompañados de grandes luces resplandecientes o grandes anuncios, sino de simples actos de valentía y bondad por parte de quienes se entregan al impulso del Espíritu Santo. Para mí, ese momento llegó a través de un desconocido un día que nunca olvidaré.
Estaba trabajando como anfitriona cuando un cliente pidió un café para llevar y luego me dijo que Jesús me amaba. No le presté atención. No quería oír hablar de Él.
Pero Dios usó la voz de ese hombre para romper la oscuridad que amenazaba con destruirme. Más tarde esa noche, esas palabras sencillas pero penetrantes, “Jesús te ama”, despertaron mi alma.
¿Jesús me ama?
Qué mensaje de pura e incondicional gracia me había dado un hombre que no vio a una desertora de la secundaria, una consumidora de drogas ni una vida rota. En cambio, vio un alma que necesitaba un Salvador.
Pero ¿podía Jesús amarme en mi suciedad?
Sí, podía. De hecho, ya lo había demostrado muchos años antes en una cruz (vea Juan 3:16–21 y Romanos 5:8–10).
Esa noche, acepté el amor de Jesús y, por primera vez, experimenté algo real, poderoso y sincero. Fue como si Él me llamara a salir de una tumba fría y oscura, tal como hizo con Lázaro (Juan 11:43).
¡Solé, ven!
Respondí a su llamado, y la noche de aquel viernes, en mi dormitorio, caí de rodillas en arrepentimiento y entregué cada pedazo roto de mi vida a Jesús.
Encontré el amor que había buscado toda la vida, un amor que me deseaba y aceptaba, y quería sanar mis heridas más profundas. Y pensar que Dios no quería nada de mí a cambio, solo que lo amara.
A medida que crecía en mi fe y conocimiento del Señor, fui aprendiendo a amarlo y confiar en Él (Mateo 22:37–38, Hebreos 11:6).
Cuando acepté la gracia y misericordia de Jesucristo, me dieron lo que la Biblia llama un nuevo nacimiento (vea Juan 3:3; 2 Corintios 5:17; 1 Pedro 1:3–5, 23). Ahora podía vivir con esperanza.
Empecé a leer la Biblia para descubrir los planes de Dios para mí. Me habló mediante Su Palabra de maneras poderosas. Cuando me encontré con el Salmo 27:10, fue como si el Señor me hablara directamente: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá” (NVI).
A través de este versículo, Dios reconoció el dolor que sentí por no haber sido deseada. Validó lo que había vivido, y me dio la certeza de que era aceptada y bienvenida. Su promesa dio sanación a mi corazón roto.
La aceptación de Dios cambió la forma en que me veía a mí misma. Mi identidad ya no sebasaba en el rechazo de mis padres terrenales, sino en la aceptación de mi Padre celestial. De repente, mi vida, que consideraba un error, cambió de sentido.
Pero aunque experimenté ese nuevo nacimiento cuando puse mi fe en Jesús para la salvación, aún tenía heridas que necesitaban sanar. La sanación y transformación del alma de una persona(su mente, voluntad y emociones) no es un acontecimiento puntual. Es un proceso lento y a menudo doloroso que algunos no están dispuestos a iniciar.
Muchos oran por la salvación, pero se niegan a permitir que el Espíritu Santo tenga acceso a sus heridas para que Su sanación se produzca. Como resultado, se quedan atrapados en su sufrimiento, pensando igual que siempre, haciendo las mismas cosas de siempre.
Pero el amor misericordioso de Dios viene acompañado de una responsabilidad personal de dedicarse al trabajo cotidiano para crecer espiritualmente, para que podamos ser transformados a Su imagen.
Mi dolor y dificultades de la infancia no desaparecieron de la noche a la mañana. La verdad es que problemas así rara vez lo hacen. Pero llevo años en este camino de sanación y cambio con el Espíritu Santo, y sé que Él me da libertad cada día.
Tuve que elegir llenar mi vida con lo bueno de Dios: leer mi Biblia, escribir en mi diario, orar y estar en una comunidad que impulsara mi crecimiento espiritual. Tuve que dedicarme al esfuerzode la terapia para aprender a soltar mis patrones de pensamiento negativo y reemplazarlos por la forma de pensar de Dios (Romanos 12:2; 2 Corintios 10:5).
Al hacer estas cosas, el amor de Dios empezó a reemplazar la vergüenza y la idea de no valer nada que me habían llenado durante tanto tiempo. Ese amor llevó luz y vida a lugares antes oscuros y muertos, llenó el vacío de mi corazón y silenció el tormento de la voz de quien había abusado de mí.
Me llevó décadas perdonar a mi padrastro. Aprender el verdadero significado de esa acción ayudó.
El perdón no era mantener una relación con mi padrastro ni justificar su comportamiento. No era olvidar la ofensa, lo cual parecía una tarea imposible. Lo que sí significaba era que debía dejar a mi padrastro en manos de mi Padre celestial.
No fue fácil, pero el perdón llegó cuando, con la ayuda del Espíritu Santo, entendí que yo también era una pecadora (Romanos 3:23), y que la Biblia asociaba el perdón que me daba Dios con el perdón que yo daba a los demás (Mateo 6:14–16). No quería que no perdonar a mi ofensor fuera un obstáculo entre Dios y yo (Salmo 66:18; Marcos 11:25–26).
Así que elegí perdonar a mi padrastro. Hacerlo era una lucha diaria entre querer justicia y entregarlo a las manos de Dios (Filipenses 2:13), pero valió la pena.
Eso me llevó a la libertad.
Hoy, el dolor de mis comienzos (las cosas que me dijeron y me hicieron, e incluso las cosas que he hecho yo) ya no definen quién soy. Las cadenas de la falta de perdón ya no me atan. Soy libre y solo me define lo que mi Padre celestial dice de mí: soy amada, victoriosa, perdonada y redimida. Estas verdades han dado a mi vida un nuevo propósito eterno.
Gracias a Jesús, ahora puedo ver que mi pasado no fue solo una serie de experiencias dolorosas, sino una preparación para el futuro. Cada cicatriz, cada error, cada momento de sentirme no deseada sirve ahora como hilo para conectarme con otros que sufren en un silencio que grita.
El propósito de mi vida es compartir esta luz que ahora vive en mí, decirle a la próxima persona que se sienta ignorada y perdida que la única voz que importa ya la ha reclamado. Quizá sea usted. Si es así, necesito que sepa esto: Jesús lo ama.
Si sufre con la devastadora sensación de no encajar o con el pensamiento de que su vida es un error que debería terminarse, por favor, sepa que si Jesús pudo encontrarme en mi oscuridad y llamarme a salir de la cueva de la adicción, la vergüenza y la desesperación, Él puede encontrarlo a usted donde se encuentre.
Sus circunstancias (lo que le han hecho o dicho, o lo que usted haya hecho) no lo definen. Solo Dios nos define, y lo recibirá plenamente a usted ahora mismo, tal y como es. Él le dará una nueva vida, un nuevo nacimiento. Usted puede nacer de nuevo.
Lo único que debe hacer es arrepentirse, pedirle perdón a Dios y comprometerse a tomar una nueva dirección con Él. Dios le perdonará cualquier cosa, solo pídalo (1 Juan 1:9). Ya no viva sin esperanza (Efesios 2:12–13).
En manos de Dios, su vida puede cambiar de significado, sanar y transformarse. Así que vuelvahacia Él. Dele cada pedazo roto. Él restaurará su vida. Dele cada vacío, Él lo llenará. Créale. Acéptelo hoy y reciba su nueva vida.
Pregúntese esto: ¿Ha creído usted la mentira de que fue no deseado, olvidado o un error? ¿Qué puso esa idea en usted? ¿De verdad cree que Jesús lo ama, no a una versión futura de usted, sino tal como es ahora?
SOLÉ WRIGHT es una escritora y coach de vida que guía a mujeres para que superen desafíos personales. Solé comprende el impacto del trauma no resuelto en el crecimiento personal y espiritual. Su enfoque con respecto a la salud y el bienestar consiste en cuidar a la persona en su totalidad: cuerpo, mente y alma.