“¿Quién rayos es?”. Con violencia tocaron a nuestra puerta aquella cálida noche de verano de 1999.
Si hubiera sabido que había detectives al otro lado, me habría tomado un momento más para abrazar a mi esposa antes de abrir.
En el fondo, siempre supe que vendrían. Si tan solo hubiera preparado a Sarah para el sufrimiento, la confusión y las consecuencias que mis decisiones estaban a punto de desatar en su vida.
Todavía teníamos muy poco tiempo de casados, apenas llevábamos tres años y medio construyendo nuestro sueño americano. En apariencia, teníamos todo bajo control. Contábamos con excelentes empleos, un futuro brillante y una comunidad de iglesia que nos apoyaba. Además, esperábamos formar una familia pronto.
Pero nuestras vidas se apoyaban sobre una frágil base, pues yo tenía un oscuro secreto. Y cuando golpearon a la puerta ese día, quedó al descubierto.
El área de ingresos de la cárcel era fría y oscura. Me sentí vacío, como si estuviera fuera de mi cuerpo viendo una película de terror cuando los agentes me tomaban la foto de identificación y las huellas dactilares, solo que yo era la estrella y no tenía forma de cambiar de canal. Estaba seguro de que había perdido todo (mi esposa, mi vida y cualquier esperanza de futuro) por lo que había hecho.
Siempre había cumplido con todo lo que debe hacer un cristiano. Creía que había entregado mi vida a Jesús a los siete años, pero ahora me doy cuenta de que nunca entendí lo que eso significaba. Pensaba que solo tenía que ir a la iglesia y decir oraciones.
Con la fría y dura realidad frente a mí, me di cuenta de que necesitaba algo más que una rutina: necesitaba a Jesús. Estaba perdiéndolo todo en ese momento y no podía hacer nada en absoluto para ayudar a mi esposa o a mí mismo. Aparte de Dios y Su intervención, nada me daba esperanzas.
Pensé en Sarah y en todo lo que le debía estar pasando. Había traicionado su confianza de la peor manera al fallarle como marido. El peso de mis fracasos me aplastaba.
Apenas salí del área de ingresos de la cárcel, clamé a Dios: “Señor, tienes mi atención. Si de ahora en adelante estamos solos Tú y yo por el resto de mi vida, ¡me entrego a Ti!”.
No tenía nada que ofrecer a cambio ni podía prometer comportarme mejor. Lo único que podía ofrecer eran los trozos de mi vida y un doloroso grito de arrepentimiento y entrega. (Vea el Salmo 51).
Pasé esa primera noche en la cárcel del condado preguntándome si Dios siquiera sabía dónde estaba yo y, con menos seguridad, si había escuchado mi oración o si le importaba ayudarme a superar el horrible desastre que había causado. Pero en Su misericordia, el Señor respondió a mi llamado con rapidez y de una manera que nunca esperé.
A la mañana siguiente, me sorprendió saber que tenía visita. Mi corazón latía con fuerza mientras el guardia me guiaba por el pasillo; sentía que sonaba con más fuerza que el eco de las llaves en las paredes de concreto. ¿Quién podría ser? ¿Un abogado? ¿Alguien de la iglesia?
Se me encogió el estómago cuando entré en la pequeña sala de visitas y la vi sentada allí. EraSarah.
Tenía los ojos hinchados y la cara pálida. El sufrimiento de su expresión me pesaba más que cualquier sentencia que un juez me pudiera imponer. Finalmente, ella rompió el silencio.
“No entiendo nada”, dijo, con los ojos en lágrimas al mirar fijamente los míos. Me preparé para lo que merecía (rabia, una despedida), pero nunca llegó.
En cambio, me susurró: “Te perdoné en cuanto saliste por la puerta. Hablaba en serio cuando dijimos nuestros votos ante Dios. Prometí amarte en las buenas y las malas. Bueno, estas son solo las malas. Las superaremos juntos”.
Encerrado y avergonzado, miré a mi esposa sin poder comprender su decisión de seguir conmigo. Al otro lado del plástico transparente, Dios me mostraba un increíble regalo de gracia. No merecía el amor que Sarah me brindaba ni el del Señor.
La restauración comenzó ese día, no porque todo se arreglara de repente, sino porque la gracia descendió. La decisión de Sarah de quedarse conmigo fue una chispa de esperanza en la oscuridad, que iluminó nuestro camino.
Pagué mi fianza y me fui a casa a esperar la sentencia. Los siguientes nueve meses fueron una extraña mezcla de libertad y miedo, bajo la sombra de una condena inevitable mientras nos aferrábamos a la esperanza. Ambos sabíamos que el camino que teníamos por delante sería largo y difícil, pero ya sentíamos que Dios hacía algo nuevo en nuestros corazones y nuestro matrimonio.
Recibí una condena de ocho años de prisión por mis elecciones. Cada día tras las rejas me recordaba el caos que había causado y la gracia que no merecía. La dura realidad de la vida en prisión fortaleció mi fe mientras me apoyaba en Jesús para recibir Su ayuda y guía.
En el caso de Sarah, la experiencia parecía diferente pero igual de feroz. Se enfrentaba a los murmullos y juicios de personas a las que una vez llamamos amigos. La comunidad de la iglesia no estaba por ninguna parte. Nuestras deudas crecían así como nuestros ingresos se esfumaban. Y también estaba el tema de si había perdido para siempre la oportunidad de ser madre.
A diario, Sarah tenía que entregarle su dolor a Dios para permitirle llevar el peso aplastante de sus cargas. Se aferraba con fuerza a las promesas del Señor mientras luchaba por cumplir con su compromiso conmigo. Al igual que yo, confiaba en que de alguna manera Dios podría sacar belleza de nuestras cenizas (Isaías 61:3). Perdonarme por destrozar su mundo no fue fácil, pero Dios le dio la gracia para hacerlo.
Antes de empezar a cumplir mi condena, Dios nos guio hasta una nueva familia de iglesia que nos recibió con los brazos abiertos. Ellos nos ayudaron a transitar este accidentado terreno.
Reconstruir nuestro matrimonio fue un proceso lento y trabajoso. Los muros de la prisión nos separaban, así que nuestra única forma de comunicarnos era a través de cartas, llamadas telefónicas y visitas. Utilizábamos esos débiles contactos para mantenernos unidos, tal como lo habíamos hecho años antes cuando serví en Irak, en Tormenta del Desierto.
Solo que en esta tormenta, nuestras conversaciones eran sobre nuestra fe en Jesucristo. Nuestro vínculo en Él nos hacía más fuertes y resistentes. Él era el ancla que nos mantenía firmes(Hebreos 6:19).
Tres años después de empezar mi condena, Dios comenzó a revelar Su propósito para nuestras vidas. Lo comprendí durante un servicio en la capilla de la prisión, mientras escuchaba a un voluntario compartir su testimonio. También había sido encarcelado, pero ahora formaba parte de un ministerio externo.
Yo me preguntaba qué tipo de loco querría volver después de estar en prisión. Pero tras escuchar su testimonio, me sentí inspirado. “Señor”, oré, “¿podrías hacer por mí lo que has hecho por él?”.
Para mi gran sorpresa, Dios respondió: “Sí, pero tienes que darme tu futuro”.
Entonces me dio este versículo para confirmar Sus palabras: “Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí?”. (Jeremías 32:27 NVI). Ese pasaje se convirtió en un salvavidas para mí.
Dejarle al Señor los detalles y entregarle mi futuro fue la clave para descifrar Sus planes y propósitos para mi vida. También marcó el inicio de mi llamado al ministerio con encarcelados.
Sabía que no debía esperar a salir libre para empezar a servir a los privados de libertad. Iba a comenzar de inmediato, estando en la cárcel. Así que, con ayuda de Dios, empecé a dirigir estudios bíblicos, a trabajar en la capilla y ayudar a los menos afortunados.
Mientras tanto, en la calle, Dios llamó a Sarah también al ministerio como voluntaria en una prisión federal para mujeres, donde servía a embarazadas. También inició un estudio bíblico en el exterior para esposas de hombres encarcelados.
Sarah conoció personalmente el dolor del encarcelamiento y las consecuencias de las decisiones. Solo Dios había podido consolar su corazón roto y devolverle la vida. Solo Él le había dado fuerzas para soportar el sufrimiento que mis acciones le habían causado. Deseaba llevar la esperanza y consuelo de Jesús a los demás (2 Corintios 1:3–4).
Cuando me liberaron, Sarah y yo nos enfrentamos a nuevos retos como la reinserción, la libertad condicional, la búsqueda de un trabajo estable y la vida bajo el peso de mi pasado. Los desafíos intentaron frenar nuestro progreso, pero Dios nos mantuvo firmes. Su gracia era suficiente. Nos hizo fuertes en nuestras debilidades (2 Corintios 12:9).
Cada día confiábamos en el Señor para reconstruir nuestras vidas. Mientras nos centrábamos en obedecerle y avanzar con fe, Dios fue fiel. Nada era imposible para Él.
No solo satisfacía nuestras necesidades, sino que nos dio lo que anhelaban nuestros corazones: dos hermosos niños. Nuestros hijos nos recuerdan cada día que el Señor no solo restaura lo que parece perdido (Joel 2:25), sino también recompensa a quienes le buscan (Hebreos 11:6).
Hoy, Sarah y yo dirigimos juntos un próspero ministerio de prisiones, que sirve a personas que se sienten olvidadas y sin esperanzas. Volvemos a los mismos lugares que una vez me mantuvieron cautivo, llevando la esperanza y la libertad que solo se encuentran en Jesucristo.
Nuestra misión es sencilla: ofrecer la confianza en que ninguna vida está más allá de la redención y que ningún fracaso es demasiado grande para la gracia de Dios. Donde abunda el pecado, la gracia abunda más (Romanos 5:20).
Cuando golpearon a mi puerta aquella noche, pensé que mi vida se había acabado. En realidad, solo fue el principio, porque ese llamado de las fuerzas del orden me llevó a responder al queDios hacía en mi corazón.
En Apocalipsis 3:20 NVI, Jesús dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo”.
Jesús sigue tocando a la puerta de corazones, incluyendo el suyo, querido lector. La pregunta essi responderá.
Amigo, la misma gracia que Dios me concedió le espera a usted al otro lado de la puerta de su corazón. Solo tiene que abrirlo y recibir el amor incondicional e inmerecido del Señor. No necesita limpiar su vida antes. No necesita tener todas las respuestas. Solo tiene que dejar entrara Dios.
Su llamado puede cambiarlo todo.
Pregúntese esto: ¿Ha caído en la rutina con Dios? ¿Qué efecto podría tener una relación con el Señor en su vida? ¿Hay alguien a quien deba perdonar o pedir perdón para poder comenzar su restauración? ¿Qué llamado podría estar usando Dios en su vida en este momento para acercarle más hacia Él?
DAN EVANS es el director del ministerio de prisiones Harvest of Life. Con gusto, Dan y Sarah sirven a los demás, viven con alegría y muestran a los demás la libertad que solo se encuentra en Cristo. Para tener más información, visite: www.harvestoflife.org.