Cuando Dios tiene un plan para nuestra vida (y lo deseamos), nada puede detenerlo, ni nuestra falta de experiencia o contactos ni nuestras fallas de educación ni nuestras finanzas ni el juicio de los demás.
Como excampeón del Super Bowl, me gusta decir esto: si estamos dispuestos a entrar en el juego con Dios, Él se mete con nosotros y siempre nos lleva a la zona de anotación.
Pero aunque cueste creerlo, hubo un tiempo en que yo no quería meterme en el juego.
Fue en mi año de novato con los Green Bay Packers. A mi familia y a mí nos emocionó que me seleccionaron en la séptima ronda. Pero una vez que me uní al equipo y vi el talento y la intensidad del grupo, tuve miedo. Esto ya no era fútbol universitario. Allí yo había destacado; aquí me sentía fuera de lugar.
Fue un alivio no entrar en la alineación del primer juego. Estar afuera se sentía seguro. No tenía que preocuparme por recibir golpes, cometer errores o hacer el ridículo en televisión nacional. De hecho, casi me sentía cómodo. Podía entrenar con el equipo, ayudarle a prepararse para el partido y de todas maneras recibir mi paga. No estaba nada mal. Podía hacerlo para siempre.
Cuando mis padres me preguntaron por qué no jugaba, culpé al entrenador. Pero la verdad es que había perdido la confianza.
Estaba rodeado de leyendas y ninguno de mis logros universitarios parecía importar ya. Mi entrenador reforzó mis dudas y sus palabras se repetían sin parar en mi mente: No encajas aquí.
Unos partidos después iniciada la temporada, el entrenador me dijo que quizá jugaría ese día. Sentí pánico. No estaba listo, ni siquiera me había hidratado. Había varios delante de mí en la alineación, así que conservé la calma. Pero uno a uno, tres jugadores se lesionaron y de repente ya me tocaba a mí. No era cualquier partido, sino un juego en horario estelar contra los Minnesota Vikings, liderados por Brett Favre.
En vez de agradecer a Dios, le pregunté: ¿Por qué me haces esto? Pero el Señor no me dio tanto talento para mantenerme en la banca.
Ojalá pudiera decir que me lucí en el campo. Pero no, fallé jugadas, me caí y terminé desplomado en el césped. Fue terrible, especialmente cuando vi la repetición de mis errores en la pantalla grande.
El entrenador gritaba desde el lateral. Su voz era un recordatorio de lo que ya sabía: mi lugar no estaba en ese campo.
Pero entonces, uno de mis compañeros corrió a la banda y dijo: “Entrenador, deje de gritarle. Déjelo jugar”. Luego, ese jugador volvió al campo, me miró a los ojos y dijo: “CJ, tú puedes”.Su fe en mí despertó emociones que no sentía desde hacía tiempo: confianza en mí mismo y esperanza.
Me tomé un momento para orar: “Dios, me permitiste llegar a la universidad y me pusiste aquí en la NFL. Ahora necesito que me ayudes a estar a la altura. Si no, se acabó todo para mí”.Estaba a un paso de que me echaran.
Pedirle a Dios que guiara mi vida dentro y fuera del campo había sido algo habitual en la universidad. La fe era fundamental en mi vida. Pero en la NFL, de algún modo había olvidado confiar en Dios y buscar Su ayuda, y había pasado a ocuparme más de mis dudas e inseguridades que de la fidelidad y fortaleza del Dios que estaba de mi parte (Romanos 8:31).
Al volver a la formación, recuperé la confianza. ¡Yo puedo! Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13).
En la jugada siguiente, atravesé la línea de defensa, derribé a Brett Favre y forcé una intercepción que nos dio un touchdown y la victoria. Esa noche, fui el líder del equipo en tacleadas.
Ese momento cambió el rumbo del juego (y de mi vida). Reavivó mi fe, confianza y pasión por el deporte y despertó en mí un nuevo e intenso deseo de ser lo mejor posible. Desde esa noche, hice lo que fuera necesario para perfeccionar mi oficio. Quería ser recordado como un jugador íntegro y entusiasta.
Al final de esa temporada era titular en el Super Bowl y me gané un anillo de campeón. Pero lo más importante es que aprendí que la vida es mejor cuando estás en el juego.
Agradezco mucho que Dios me sacara de mi zona de confort y me metiera en el campo, aunque no me sintiera preparado ni merecedor. También me alegra haber escuchado las palabras de aliento de mi compañero y haber hallado el valor para volver a la formación y jugar.
Si me hubiera quedado en la banca, me habría perdido siete años increíbles en la NFL y muchas experiencias que cambiaron mi vida, incluyendo la de conocer a mi esposa. El miedo me habría alejado de mucho más que el fútbol.
¿Usted se siente tentado a quedarse en las bandas de la vida? El miedo, la vergüenza, la inseguridad, la culpa… muchas cosas pueden mantenernos allí. Pero quedarnos al margen nos impide realizar los planes que tiene Dios para la victoria en nuestras vidas (Jeremías 29:11) y perjudica a otros que necesitan lo que el Señor ha puesto en nosotros.
Dios a veces nos deja en las bandas durante una temporada para darnos instrucciones o tiempo para descansar, sanar o prepararnos. Pero esconderse ahí por miedo es diferente. Satanás es el autor del temor, no Dios (2 Timoteo 1:7 NTV). él quiere apartarnos para que nos perdamos la historia de la redención de Dios (Juan 10:10). No lo permitamos.
Dígales a las voces del miedo, la duda y la inseguridad que guarden silencio, y sustituya esos pensamientos negativos por la verdad de Dios sobre usted (2 Corintios 10:5). Usted sí encaja en el mundo. Se lo merece. Y aún hay esperanza. Aquí le va otra idea: sus seres queridos lo necesitan en el campo; los triunfos de ellos también dependen de eso. Dios nos creó a todos con habilidades y nos permite vivir distintas experiencias para que nos ayudemos entre nosotros a levantarnos y perseverar hacia la victoria. Nos necesitamos el uno al otro.
Quizá sus errores lo hagan sentir indigno. Déjeme decirle algo: nadie tiene juegos perfectos, ni siquiera los grandes. El fracaso no es el problema; lo que hacemos luego sí. ¿Usted aprende de sus derrotas y lo intenta de nuevo, o se rinde y renuncia al plan que tiene Dios para usted?
Podríamos pensar que Dios no quiere que estemos en Su equipo porque hemos desperdiciado nuestras vidas y Sus bendiciones. Solo hay que leer la historia del hijo pródigo en Lucas 15:11–32 para ver que nunca es así. Sé por experiencia que Dios nos redime del fracaso.
Malgasté tantas oportunidades que me dio el Señor en secundaria que mi bajo rendimiento académico casi me impide llegar al fútbol universitario. No tenía dificultades de aprendizaje; simplemente me interesaba más hacer bromas y perder el tiempo que prestar atención y estudiar. No tenía las calificaciones para entrar en ninguna universidad.
Sentía mucha vergüenza, y sabiendo que no podía quedarme en casa, me preparé para alistarme en el ejército. Pero la noche antes de hacerlo, le pedí a Dios que me perdonara por malgastar Sus bendiciones. Y entonces, le hice una sencilla petición: “Dios, si aún quieres que esté en el campo, por favor, ábreme el paso”.
Un reclutador de la Universidad de East Carolina (ECU) llamó al día siguiente para decir que me querían en su equipo y que me ayudarían a mejorar mis notas con tutores. No solo eso, me ofreció una beca completa. Solo Dios podía lograr eso.
Él es el Dios de las segundas oportunidades, incluso cuando no las merecemos. Se interesa más en quiénes podemos llegar a ser que en lo que hemos hecho; y eso lo incluye a usted. Solo tiene que confesar sus pecados y pedirle perdón (1 Juan 1:9), aprender de sus errores y avanzar hacia la victoria con Él (Filipenses 3:12–14).
Quizás usted crea que está demasiado perdido, que la reparación que necesita es demasiado para que Dios o alguien más lo quiera. Incluso piense que no tiene sentido seguir jugando. Lo único que puedo decirle es que nada de eso es cierto.
He estado en partidos en los que íbamos perdiendo por tanto que nuestros seguidores se iban del estadio antes del medio tiempo. ¡Eso sí que es humillante!
Frustrados y desanimados, los jugadores pateaban las hieleras y gritaban: “¡Este iba a ser nuestro año!”. No solo sentían que habían perdido el juego, sino su esperanza de un título de campeonatoen el futuro.
Pero nuestro entrenador nos animó: “¡Chicos, esto no se ha acabado! Todavía hay tiempo. ¡Creanen ustedes mismos! ¡Pueden ganar!”. Y con frecuencia, tenía razón.
Quizá mi remontada favorita sea una vez en que la Universidad de Carolina del Este jugaba contra Southern Mississippi. En el último minuto del partido. Southern Miss anotó un touchdowny estaba a punto de asegurar la victoria con el punto extra. Pero entonces ocurrió algo increíble.
Bloqueé la patada, recuperé el balón y corrí para anotar dos puntos. Esa victoria hizo que la ECU se convirtiera en el campeón de la conferencia.
Dios también ha escrito una historia de recuperación para usted. No importa cuántos errores haya cometido o cuánto de su vida haya desperdiciado, o qué tan rezagado o en desventaja numérica se encuentre. El Máximo Entrenador siempre tiene una jugada bajo la manga que podrá cambiar por completo su vida.
Entonces, ¿qué espera usted? Dios está llamando su número; es hora de jugar.
Pregúntese esto: ¿Qué lo mantiene en los laterales? ¿Qué oportunidades y talentos ha desperdiciado? ¿Qué se siente saber que nunca es demasiado tarde para que Dios llame su número? ¿Tiene usted una historia de recuperación impulsada por Dios que lo anime en momentos difíciles?
CJ WILSON se retiró en 2017 tras una exitosa carrera de siete años en la NFL. Hoy, cuando no está con su esposa y sus tres hijos, es entrenador de fútbol en secundarias y mentor de sus sobrinos en el deporte. También transmite en prisiones lo que le ha enseñado el fútbol americano y su fe junto al equipo de Victorious Living.