Nací con espina bífida. Los médicos les dijeron a mis padres que no sobreviviría, y que si por casualidad lo hacía, nunca caminaría ni me desarrollaría con normalidad. Con el corazón roto, mis padres me llevaron a casa y esperaron a que muriera.

A los seis meses, me sometieron a una operación en la que los médicos pudieron extirpar la mayor parte del tumor que rodeaba mi médula espinal y sobresalía en mi piel. También volvieron a meterme la médula espinal hacia el interior del cuerpo. Pero aun así esperaban poco con respecto a mí.

Sin embargo, Dios tenía otro plan (Salmo 139; Jeremías 29:11; Efesios 2:10). No solo sobreviví, sino que milagrosamente me convertí en una niña llena de energía que caminaba antes del año y leía el periódico antes de los tres.

Pero a medida que fui creciendo, presenté complicaciones neurológicas en las piernas. A los 12 años, ya había perdido toda sensibilidad en ambos pies. A los 18, me salieron úlceras por presión en la planta del pie izquierdo.

Me sometí a 12 cirugías en esa zona a lo largo de 10 años y luego apareció la gangrena. Un día me desperté en urgencias, envuelta en hielo del cuello hacia abajo mientras los médicos intentaban bajarme una fiebre muy alta. Me amputaron la pierna izquierda por debajo de la rodilla a la mañana siguiente.

Durante los años siguientes, luché contra el alcohol y las drogas así como contra la falta de confianza en mí misma. En medio de todo esto, me vi atrapada en un matrimonio tóxico mientras hacía todo lo posible por ser una buena madre con mi único hijo, Tyler.

En el fondo, sabía que necesitaba a Dios en mi vida, pero no tenía idea de cómo encontrarlo. También ignoraba qué hacer con todos mis problemas, así que hui. Tomé a mi querido hijo y me mudé al otro lado del país para empezar una nueva vida en Tennessee.

Encontré una iglesia allí y me bauticé con la esperanza de que al salir del agua fuera una nueva persona. Pero nada cambió, porque hacía algo sin significado personal. No le había entregado el corazón a Dios ni me había comprometido a seguir a Jesús.

Todavía me consideraba víctima de la vida y sus crueles circunstancias. No me consideraba unapecadora que necesitara un Salvador.

Asistí a la iglesia durante más o menos un mes. Después de cada servicio, me quedaba en el estacionamiento cargando a Tyler, esperando que alguien nos invitara a comer. Con desesperación, deseaba ser parte de una comunidad y no tenía idea de cómo vivir para Dios. Pero cada domingo, la gente pasaba frente a nosotros, se subía a sus autos, sonreía y saludaba mientras se marchaba. Me sentía muy rechazada y sola.

Sin embargo, en vez de buscar hacer contacto, me encerré en mí misma y finalmente dejé de ir. La autocompasión se apoderó de mí y me convencí de que a esa gente de la iglesia no leimportaba yo para nada. La verdad es que no le había dado la oportunidad de conocerme.

Aislada, volví a buscar sustancias para aliviar mi dolor. Empecé a juntarme con otro grupo en el que pronto me sentí aceptada. Poco después, me quedé atrapada en un círculo vicioso de autodestrucción que ya conocía bien.

Un par de años después, el padre de Tyler nos encontró. Tuvimos un difícil divorcio y una batalla por la custodia de mi hijo. Aterrorizada ante la idea de perder a la persona más valiosa de mi vida, hui a México.

Cuando llegué allí, me di cuenta de que no tenía un siguiente paso para mi genial plan, así que me devolví a Estados Unidos para aclarar las cosas con las autoridades. Resulta que me estaban esperando, y en cuanto crucé la frontera, me detuvieron.

Metieron a Tyler en una patrulla y a mí en otra. Mientras íbamos por la Interestatal 5, me dejaron escuchar su vocecita por la radio. ¡Hola, mami!, exclamó con su vocecita. ¡Te quiero!. Sentí que me arrancaban el corazón.

Estuve en la cárcel tres semanas, acusada de un delito menor por llevarme a mi hijo sin permiso. Luego de liberarme, me impusieron una orden de alejamiento de seis meses para no contactar a Tyler o mi exmarido. El día que me levantaron la restricción, corrí a llamarlos, pero el número de teléfono no me servía. Mi ex se había llevado a Tyler y desaparecido.

Saber que mi hijo no estaba me devastó. Pero antes de poder digerir esa pérdida, me dijeron que mi padre tenía cáncer de pulmón.

Los médicos predijeron que estaría bien y programaron una cirugía para extirparle la parte inferior del pulmón derecho. Pero cuando lo abrieron, vieron que la enfermedad se había extendido a las capas que rodean el corazón. No salió vivo del hospital.

En ese momento, me rendí. Ya me daba igual vivir o morir. No tenía a mi hijo, mi padre estaba muerto. ¿Qué me quedaba? Hice la maleta y me fui a México con un solo objetivo: mantenerme ebria para no tener que enfrentar la realidad. No sabía cómo sobrellevar el sufrimiento si no era con sustancias.

Estuve así los dos años siguientes, sin parar de tomar alcohol y drogas en las playas de Ensenada, con la esperanza de morirme. No sentía más que desesperación, a pesar de los hermosos atardeceres sobre el océano que me envolvían. Y entonces entré en contacto con un grupo que producía y vendía metanfetaminas.

1 Corintios 15:33 dice: No se dejen engañar: Las malas compañías corrompen las buenas costumbres. Sé que eso es verdad.

Al principio, estaba consciente de que no debía relacionarme con esas personas. La policía las vigilaba todo el tiempo. Pero cuando no tienes razones para vivir, ya no piensas con lógica. Al poco tiempo los federales mexicanos allanaron mi casa. Esos hombres no se andaban con bromas; iban todos vestidos de negro, con el rostro cubierto y armados con ametralladoras.

Una mañana, mientras iba a la licorería para gastar el resto de mi cambio en una cerveza de 40 onzas, escuché una voz dentro de mí que decía: Julie, la forma en que vives te va a llevar al infierno.

Me quedé en shock. Nunca me había puesto a pensar en el cielo, así que sabía que eso no era una idea a. De todos modos, sabía que el infierno era lo que me merecía.

Esa tarde, tenía una cita médica por complicaciones en el pie que me quedaba. Mi mal, la osteomielitis, había hecho que se me saliera una úlcera del tamaño de un balón de fútbol. El doctor me dijo que si no me amputaba la pierna derecha, moriría.

Esa noticia fue la gota que colmó mi vaso. Ya había perdido una pierna, sin mencionar a mi hijo y mi padre, ¿y ahora tenían que cortarme la pierna restante? La angustia de mi corazón me abrumaba. Por dentro, sabía que podía seguir corriendo hacia la muerte o buscar a Dios.

Volví a casa y me deshice en sollozos en el suelo de la sala de estar. De repente sentí como lo que ahora sé que es el Espíritu Santo de Dios llenaba la habitación. Él me quitó las vendas de los ojos y me ayudó a ver mi necesidad de un Salvador.

Al darme cuenta con dolor de la persona en la que me había convertido, grité: ¡Dios, necesito que seas el centro de mi vida o me perderé para siempre! Ayúdame. No sé orar. No puedo dejar de beber ni drogarme. Lo intento, pero no puedo evitarlo. Ni siquiera puedo dar un paso hacia Ti. Haz lo que sea necesario para liberarme”.

Me desperté a la mañana siguiente, pero no sentía nada. Con la idea de que Dios no me había escuchado o no iba a responder a mi oración, decidí que no tenía nada que perder y seguí adelante con un plan para contrabandear metanfetaminas hacia Estados Unidos. Me sentía entumecida mientras caminaba hacia el paso peatonal de la frontera México/San Ysidro en San Diego con cuatro libras de cristal sujetas con cinta alrededor de mi cintura.

Me arrestaron antes de llegar al otro lado.

Durante mi primera semana de encarcelamiento, un pequeño grupo de voluntarias vino la prisión. Una señora con una manicura perfecta se sentó en mi litera, sonrió y dijo: ¿Sabes que Jesús te quiere mucho?.

Las lágrimas corrían por mi rostro mientras ella me contaba sobre el corazón lleno de perdón del Todopoderoso. Era un Dios que deseaba con desesperación no solo salvarme, sino también cambiar mi vida. (Vea Ezequiel 18:23; Juan 3:17; 1 Timoteo 2:3–4; 2 Pedro 3:9 y 3 Juan 1:2).

Me arrodillé frente a mi fría litera de metal y entregué mi vida a Jesucristo. Mi corazón dejó de llevar un peso de plomo. Estaba en prisión enfrentando una posible condena de 17 años a cadena perpetua. Corría el riesgo de perder mi única pierna y, aun así, por primera vez, me sentí libre y llena de esperanza.

Todavía en lucha con la infección, pedí ver a un médico, que miró mi pie y me dijo que, sin duda, perdería la pierna, y pronto. Pero no podía estar de acuerdo con él. Acababa de leer Isaías 53:5 que dice: Gracias a sus heridas fuimos sanados, y creía que Jesús no solo había muerto para salvarme de mi pecado, sino para sanar mi enfermedad y heridas internas.

No, le dije al médico. No voy a perder esta pierna. ¡Jesús me va a sanar!.

Se rio, pero Dios se rio de último. Después de eso, todos los días, un pequeño grupo de mujeres llenas de fe y yo oramos juntas para pedir sanación para mi cuerpo. A los dos meses, la úlcera había desaparecido y empezaba a crecerle piel nueva al agujero de mi pie. El médico no podía creerlo. Lo declaró un milagro y decía con insistencia: ¡Jesús tuvo que hacer esto!.

Increíblemente, solo pagué 22 meses en una prisión federal, de los cuales los últimos los cumplí en el centro FMC Carswell en Fort Worth, Texas. Allí completé un programa residencial de rehabilitación por el abuso de drogas (RDAP) de 500 horas. Solicité participar aunque no era obligatorio. Necesitaba aprender habilidades prácticas para llevar una vida sin adicciones al salir libre.

Mi madre me apoyó mucho, a pesar de todo el dolor que le había causado a ella y a mi padre. Notó el cambio en mí y le emocionó que viviera con ella al salir. Me envió fotos de la ropa que me había comprado. Estaba colgada en el armario del que iba ser mi cuarto.

Pero seis meses antes de mi liberación, el capellán me llamó a su despacho y me dijo que mi madre acababa de morir mientras dormía. Me sentí destrozada.

Mi querida madre, que solo me había visto estropear mi vida, nunca iba a saber el cambio que Jesús había hecho en mí. Las lágrimas me corrían por el rostro mientras preguntaba: Dios, ¿qué voy a hacer ahora?.

De repente, con toda claridad, el Señor respondió: Julie, llegó el momento de que te apoyes en Mí”.

En realidad no tenía opción. Toda mi vida había dependido de mis padres para salir de mis problemas legales y económicos. No me quedaban familiares que creyeran en mí.

Salí de prisión el 20 de noviembre de 2002. Tuve que viajar de Dallas a San Diego para presentarme ante mi oficial de libertad condicional, ya que allí cometí mi delito. Caminé por el aeropuerto aferrada a mi Biblia, repitiendo en voz alta 2 Corintios 5:17 NVI: Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!. Ese versículo me llevó hasta mi destino.

Seguí confiando en Dios, que con fidelidad cubrió todas mis necesidades. Puso a personas maravillosas en mi camino para darme apoyo. Me brindó un lugar seguro donde vivir y me abrió el camino para estudiar en la universidad. Me gradué con honores y recibí el Chancellor’s Award, el mayor reconocimiento que otorgaba la institución a un alumno.

Y luego, en Nochebuena de 2005, el Señor me dio a un poderoso hombre de Dios. Conocí a Mike en una cena en casa de mi pastor. Sin duda era una cita arreglada.

Intenté espantar a Mike contándole de mi antigua adicción y mi tiempo en la cárcel. Hasta le enseñé mi pierna protésica. Él solo sonrió y me dijo: ¡Yo no me voy de aquí!.

Mike, un suboficial mayor de la Marina de Estados Unidos, conoció a Jesús tras perder a la que había sido su esposa por 20 años a causa del cáncer. Como yo, estaba desesperado cuando Dios le rescató. Nos casamos en 2006 y, poco después, Mike se convirtió en capellán de prisiones. (Vea su historia en la página 24).

A menudo Mike me animaba a localizar a Tyler. Orábamos por él a diario. Finalmente lo encontramos en Facebook, pero sentí que el Espíritu Santo me decía que no me acercara a él todavía. Así que esperé, confiando en que el Señor, en Su fidelidad, me reuniera con mi hijo.

Aún estando yo en prisión y mientras oraba por Tyler, Dios me había guiado hasta Isaías 49:18. Dice: Alza tus ojos y mira a tu alrededor; todos se reúnen y vienen hacia ti. Tan cierto como que yo vivo, a todos ellos los usarás como adorno, los lucirás en tu vestido de novia, afirma el Señor(NVI).

Le mostré ese versículo a Mike, y durante los años siguientes oré y ayuné, aferrándome a la promesa de Dios. Y entonces, el 12 de mayo de 2013, ocurrió mi milagro.

Tyler me encontró en Facebook y me contactó. Tres meses después, Mike y yo estábamos en el aeropuerto esperando a mi hijo, que venía de visita. Me paré de puntillas para mirar por el largo pasillo a los pasajeros que caminaban con sus maletas de mano hacia nosotros. Mike lo vio primero y gritó: ¡Ahí está, Julie! ¡Corre!. Y vaya que lo hice.

Cuando Tyler me vio, dejó caer su bolso y corrió a abrazarme con los brazos abiertos. Su visita fue fabulosa y al poco tiempo se mudó con nosotros. Tuvimos nuestras dificultades, pero el Señor nos ayudó a superarlas.

Hoy, Tyler está casado con una cristiana maravillosa. ¿Puede creer que lo acompañé al altar y que Mike los casó? Ahora tienen una hija preciosa, lo que significa que soy abuela. Solo Dios podría escribir una historia de redención así.

En 2023, fundé el ministerio Julie Seals Ministries y publiqué mi libro, All My Hope: A Prisoner No More. Actualmente se distribuye en prisiones y centros de recuperación en Estados Unidos y en el extranjero.

Si usted está leyendo mi historia tras los muros de una prisión, sepa algo: su historia no terminó. Dios lo ve. Conoce su nombre, su dolor, cada error que ha cometido y cada herida que lleva.

Lo ama y tiene un plan especialmente para usted.

Confíe en Él. Caminará a su lado por valles tenebrosos (Salmo 23:4) y lo sacará de ellos reluciente como Su Hijo.

Soy la prueba viviente de que Dios es real y que nada es imposible con Él. Puede convertir su lamento en danza (Salmo 30:11), sus cenizas en belleza (Isaías 61:3) y su caos en un mensaje milagroso.

No se rinda. Siga orando y creyendo, sin importar lo que tenga en contra. Y confíe en que Diossabrá cuándo es buen momento. Ahora usted no puede ver con claridad todo lo que le Señor hace fuera de nuestra vista (1 Corintios 13:12), pero está en acción y el milagro que usted espera se acerca.

Pregúntese esto: ¿De qué dolor huye o ante qué prefiere no ver en vez de enfrentarlo? ¿Qué puede estar pagando por eso? ¿En quién o en qué se ha apoyado en lugar de en Dios? ¿Qué pequeños pasos podría dar para descansar en Él hoy?

JULIE SEALS es una pastora y evangelista que se dedica a dar charlas en iglesias, eventos para mujeres, centros de rehabilitación y prisiones del mundo entero. Además, es la encargada de contenidos de Victorious Living. Su libro, All My Hope: A Prisoner No More, está disponible en Amazon. Para más información, visite julieseals.com.