Caí al suelo y me puse como una bola sin poder parar de llorar. Mi esposa había muerto y ya era demasiado tarde para pedirle disculpas por los 20 años de enojos, infidelidades y borracheras que le había hecho soportar.
Yo era suboficial mayor de la Marina de los Estados Unidos, pero en ese momento solo era un hombre destrozado que había perdido todo lo que le parecía importante. Y entonces sentí descender la presencia de Dios en la habitación.
Sabía que no merecía Su amor. Le había entregado mi vida cuando era adolescente, pero me rebelé y me alejé del Señor. Y sin embargo, ahí estaba Él, consolándome en mi mayor pérdida. Incluso sentí que no estaba enfadado conmigo y que me amaba profundamente al oírle decir: “Esto pronto pasará, hijo mío. Tengo planes para ti”.
Dios vertió Su gracia sobre Saulo, un asesino de cristianos (Hechos 9:1–19), lo transformó y lo puso en un nuevo camino. Asimismo, el Señor dejó caer Su gracia sobre mí cuando menos lo merecía. Ese regalo inconmensurable cambió el rumbo de mi vida.
Hoy trabajo como capellán sénior del Departamento de Correccionales, hablándole a hombres encarcelados sobre Jesús. Pero llegar hasta aquí fue largo y doloroso. Pasé por muchos momentos de oscuridad antes de por fin encontrar la luz.
Crecí en la zona rural del centro de Florida, en un hogar cargado de tensiones. Mi padre era un alcohólico abusivo que le complicaba la vida al resto de la familia. Mi madre nos amaba y hacía lo que podía, pero nuestros días estaban llenos de dificultades. Con el tiempo mi padre entregó su vida a Jesús, alabado sea el Señor, pero eso no borró el dolor que había causado.
Cuando tenía 17 años, yo era un salvaje que bebía en los mismos bares que mi padre. Mi madre, sin poder controlarme más, me envió a vivir con él.
Durante ese tiempo, un nuevo amigo de la escuela me invitó a un evento juvenil en su iglesia. Decidí que quería a Dios en mi existencia y fui al altar para pedirle a Jesucristo que fuera el Señor de mi vida. Pero no entendía lo que eso significaba, y nadie me hizo seguimiento ni me enseñó cómo construir una relación personal con Dios y vivir como cristiano.
Un mes después de esa elección, me alisté en la Marina de los Estados Unidos para empezar una nueva vida. Déjeme decirle algo: la vida de marino no era lo ideal para un nuevo cristiano. Los emocionantes puertos, las mujeres extranjeras y el alcohol a montones captaban toda mi atención y pronto adopté un estilo de vida muy distinto del que Dios deseaba.
Cuatro años después, conocí a Trina, una hermosa filipina. Nos casamos después de salir por unos meses. Pero no estaba preparado para el matrimonio. Y me da vergüenza admitir que no siempre fui un buen marido.
Tenía un grave problema de manejo de ira y me desquitaba de mis frustraciones con ella. Además de eso, tenía dificultades para controlar el juego. Me fui a un casino a jugarme el sueldo de Trina mientras ella estaba en el hospital dando a luz a nuestra hija, Susan.
Amaba a mis seres queridos lo mejor que podía, pero era un hombre desequilibrado que no sabía lo que era una vida familiar sana y funcional.
En 1999, luego de 14 años de matrimonio, a Trina le diagnosticaron cáncer de mama en estadio 3B. Estaba aterrorizado. Solo podía pensar en nuestra hija de 13 años. ¿Cómo podría criar a Susan yo solo?
A medida que la enfermedad de Trina avanzaba, cada vez tomaba más consciencia de que necesitaba a Dios, pero me sentía indigno de pedirle lo que fuera. Aun así, le supliqué: “Dios, por favor, no te lleves a mi esposa. Pero si tienes que llevártela, por favor, no lo hagas hasta que Susan termine la secundaria”.
En su gran misericordia, el Señor respondió a mi oración. Trina se curó. Tras un año de quimioterapia y radioterapia, y una mastectomía, el cáncer desapareció. Estaba agradecido con Dios, pero no le entregué mi vida. Aun así, Él seguía buscándome.
Todos los días compartía auto hasta Camp Pendleton con unos amigos que escuchaban una radio cristiana. Dios usó Su Palabra, que enseñaban en esa estación, para llamar a mi corazón. Yo usaba anteojos de sol para que nadie viera mis lágrimas.
A finales del verano de 2004, oí una voz dentro de mí decir: “Mike, será mejor que lleves a tu familia a la iglesia antes de que sea demasiado tarde”. Sabía que era Dios, pero seguía posponiendo las cosas.
Como a los seis meses, mi hija me llamó al trabajo. “Papá, los ojos de mamá están amarillos”.No le creí, pero insistió. Nos enteramos de que el cáncer había regresado y, unos días después, la que había sido mi esposa por 20 años falleció.
Me sentía completamente devastado, desorientado, herido y desesperado. Y sabía exactamente a dónde tenía que ir.
Había visto un cartel de iglesia cerca de mi casa cuando compartía auto para ir a la base naval. Después del funeral de Trina, fui al servicio.
Me senté en la última fila para llorar como un bebé y decir: “Señor, ¿por qué no fui yo quien murió? ¿Por qué Trina?”. Lo único que ella hizo fue quererme, incluso cuando la herí. Ya era demasiado tarde para pedirle disculpas.
Sabía que Dios me daba una última oportunidad para volver a Él, y entonces pensé en Susan. Mi hija tenía ver que Jesús era una realidad en mi vida. Se merecía un padre de fe.
En ese momento, le entregué mi vida al Señor por completo. Me arrepentí de mi pecado y le pedíque me perdonara y me ayudara a seguir adelante.
Dios no eliminó mi sufrimiento de la noche a la mañana. Más bien, me acompañó en él y me guio fielmente para superarlo, enseñándome que cuando la vida es oscura y las circunstancias son duras, Él siempre me ayudará a sobreponerme (Salmo 23:4; Isaías 43:2).
Con el tiempo, mi sufrimiento empezó a desaparecer al caminar con Dios a diario, leía Su Palabra, compartía con otros creyentes y asistía a la iglesia con regularidad. El Señor cambió mi pesar por su alegría (Salmo 30:11).
Nunca pensé que podría reír de nuevo, pero Dios me hizo ese regalo. También me dio una segunda oportunidad con el matrimonio.
Conocí a Julie en una conferencia de la iglesia. Poco después, el pastor nos invitó a cenar. Julie intentó espantarme hablándome de su pasado. Pero me contó cómo Dios la había liberado del alcohol y las metanfetaminas tras 17 años de adicción, y cómo la había sostenido durante 22 meses en una prisión federal y varios problemas de salud. Y cuando vi la increíble alegría que mostraba, me sentí más atraído por ella. El Señor la había transformado de verdad. (Vea la historia de Julie en la página 18). Nos había rescatado a ambos (Salmo 18:16–19) y nos había unido. A mí no me iba a ahuyentar.
Me enamoré perdidamente de esa mujer amable, inteligente y hermosa. Julie cantaba en el coro de la iglesia, era una alumna destacada en la universidad y era una apasionada de Dios. Salimos durante seis meses antes de que le propusiera matrimonio y ella aceptó.
Después de la boda, empecé a sentir que ser cristiano tenía que significar algo más que ir a la iglesia los domingos. Le conté a Julie lo que estaba pasando y los ojos le brillaron de emoción. Me dijo que le había prometido a Dios que cuando saliera libre, dedicaría el resto de su vida avolver a la prisión para decirles a otros cuánto los amaba Jesús.
Oramos y le pedimos al Señor que nos abriera las puertas. Una semana después, conocimos a una mujer que tenía un ministerio penitenciario. Nos invitó a asistir a un evento de mujeres en régimen de mínima seguridad para compartir nuestros testimonios. Sentí una chispa de emoción totalmente nueva para mí. Dios preparaba algo grande.
Ese primer servicio en la capilla de la prisión cambió mi vida. En cuanto esas mujeres entraron, vestidas con sus descoloridos uniformes naranjas, sus Biblias gastadas y el deseo de escuchar hablar de Jesús, supe que estaba donde debía (Efesios 2:10). Qué imagen ver a 35 mujeres alzando las manos hacia el cielo y adorando a Dios, con lágrimas corriendo por sus rostros.
Compartí mi historia y lloraron aun más. Algunas decidieron poner su fe y confianza en Cristotras escuchar mi testimonio. Inmediatamente recordé las palabras de Jesús en Mateo 25:36:“Estuve en la cárcel y me visitaron”. Ese día supe que mi vocación era con los encarcelados, para aquellos a quienes Jesús llamaba “los más pequeños” (Mateo 25:40).
Hoy en día, soy capellán sénior en una prisión de hombres del Departamento de Correccionales. También dirijo un grupo de discipulado para hombres sobre Jesús. Julie y yo llevamos 20 añosde casados, y Dios ha hecho cosas increíbles en nuestras vidas. Tenemos una relación maravillosa tanto con mi hija como con el hijo de Julie y sus familias.
Cuando murió Trina, pensé que se había acabado mi vida. Me llenaba de remordimientos saber que nunca podría hacer marcha atrás y reparar todo el mal que había causado.
Pero la misericordia y la gracia de Dios son más grandes que mis desastres. No podía volver al pasado, pero sí podía avanzar con el Señor. Y mientras lo hacía, Dios restauró las cosas rotas y perdidas de mi vida.
Él también puede restaurar todas esas cosas en su vida, amigo.
Quizá hoy piense que se acabó su existencia, que ha desperdiciado todas sus oportunidades y que no hay forma de hacer marcha atrás y reparar lo que ha destruido. En términos humanos, quizás usted tenga razón; en la vida hay cosas que no se pueden arreglar. Pero eso no significa que sea el final.
Dios, en Su gran misericordia, puede plantar un nuevo jardín en el suelo de su vida. Puede ayudarle a reconstruir su vida y hacerla algo hermoso, con propósito. Puede brindarle un nuevo comienzo y reescribir su historia, tal como hizo con Julie y conmigo.
La pregunta es si usted se lo permitirá.
Pregúntese esto: Mike sabía que su hija lo observaba.¿Qué personas de su vida necesitan ver una transformación real en usted? ¿Cómo podría su historia de restauración divina convertirse en un estímulo para ellas? ¿Cómo podrían las cosas que más le avergüenzan convertirse en la base de su propósito?
MIKE SEALS es capellán sénior del Departamento de Correccionales en una prisión de hombres. Él y su esposa Julie han ministrado juntos durante 20 años, llevando esperanza y sanación a los encarcelados a través del amor y el poder de Jesucristo.