En nuestra revisión médica anual, mi esposo y yo esperábamos los resultados habituales. Nos sentíamos más cansados de lo normal, pero supusimos que era solo por lo ajetreado de la temporada y seguimos adelante. Sin embargo, los análisis de laboratorio nos revelaron una realidad sorprendente.
Nuestros cuerpos habían acumulado el efecto de las malas decisiones que veníamos tomando por comodidad. Todas las pasadas por el autoservicio de comida rápida, las papas fritas, los dulces y las gaseosas que bebíamos sin pensar, junto con la falta de buen descanso, nos estaban pasando factura. Los resultados de los exámenes lo reflejaban.
“Es totalmente reversible”, nos aseguró el médico. Cambiar nuestra dieta y estilo de vida podía devolvernos la salud. Nos tomamos la noticia muy en serio y asumimos un compromiso firme con un estilo de vida más saludable.
David y yo comenzamos por revisar nuestras rutinas con sinceridad. Necesitábamos hacer un inventario de nuestras vidas y los cambios que debíamos realizar. Teníamos que pasar de solo desear las cosas a vivir con una intención de verdad. David y yo estamos decididos a terminar bien la carrera que Dios nos encomendó en la tierra. (Ver Hechos 20:24; Hebreos 12:1–2.)
Identificamos los hábitos que debíamos eliminar: mis dulces y gaseosas, sus bebidas energéticas, nuestros bocadillos nocturnos y las paradas para comprar comida rápida. Luego armamos un nuevo plan de alimentación, que incluía un menú y una lista de compras. También nos comprometimos a hacer ejercicio con regularidad y sacamos de nuestra agenda las tareas que nos dejaban agotados.
La transición no ha sido fácil, pero poco a poco nos vamos sintiendo más saludables, fuertes y llenos de energía.
Los hábitos espirituales exigen la misma intencionalidad. Para estar saludable en lo espiritual, debo asumir mi relación con Dios con la misma decisión con que encaro mi salud física.
No puedo simplemente vivir mis días a las apuradas, picoteando publicaciones en las redes sociales, levantando migajas de los asuntos ajenos y atragantándome de distracciones que adormecen mi mente, pero matan de hambre a mi alma.
Si no hago nada con esos hábitos, habrá efectos negativos. Perderé la paciencia y la paz interior, y trataré mal a mis seres queridos. ¿Acaso soy la única a la que le pasa esto?
Proverbios 4:23 (NVI) dice: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida”. Pablo se hace eco de esto en Filipenses 4:8, en el que nos insta a pensar solo en todo lo que es verdadero, noble, correcto, puro, amable, admirable, excelente y digno de alabanza.
A menudo intentamos llenar un vacío que solo Dios puede ocupar, pero cualquier cosa que nos distraiga de Él trae consecuencias. Tenemos que saborear el tiempo con Dios y Su palabra. (Ver Salmos 34:8; Jeremías 15:16.)
¿Qué le está dando de comer usted a su alma en este momento? ¿Sus decisiones lo están ayudando a crecer o le están exprimiendo la vida que Dios quiere para usted? (Salmo 115:14).
Si desea una fe más fuerte, una paz más profunda, un propósito más claro y una mayor fortaleza espiritual, debe aprender a deleitarse en las cosas que verdaderamente dan vida. Observe qué calma su corazón y qué lo agobia. Preste atención a lo que lo acerca a Dios y a lo que lo aleja. Y después comience a hacer pequeños cambios.
La buena noticia es que Dios no nos pide que cambiemos solos. Camina con nosotros en el proceso. Y cada pequeña decisión que busque la salud, la plenitud y la obediencia cuenta.
Pregúntese esto: ¿Sus hábitos diarios le están dando salud física y espiritual? ¿Qué conductas espirituales poco saludables puede reemplazar? ¿Qué pasos puede dar esta semana para nutrir su alma y la de otra persona?
CHRISTINA KIMBREL lleva esperanza a quienes están cautivos de sus circunstancias pasadas y presentes compartiendo el mensaje de sanación que halló en Jesús cuando estuvo encarcelada.