Algunas personas necesitan estar cerca de la muerte para empezar a vivir de verdad. Así era yo.
Sobreviví a un disparo, un atropellamiento y una sobredosis de la que me revivieron con descargas eléctricas. Pero nada de eso me hizo cambiar. Solo cuando terminé encerrado en una prisión federal, entendí cuánto necesitaba a Dios.
Ahora que lo pienso, veo que Dios ya obraba en mi vida mucho antes de que yo lo reconociera. Cada susto, cada error y cada escape fueron prueba de que Él no se había dado por vencido conmigo. Mi madre tampoco se rindió.
Ella siempre decía que yo era “el más rebelde de sus hijos”, pero no por eso me amaba menos. Trataba de llevarme a la iglesia, pero yo sentía que todos los sermones eran para mí, así que siempre terminaba escapándome por la puerta de atrás.
A los 14 años ya me habían arrestado y puesto en libertad condicional por robo de casas, falsificación y hurto de autos. Como no fui a la cárcel ni enfrenté consecuencias reales, seguí por el mal camino y sin motivos para cambiar. Pensaba que nunca serviría para nada. ¿Para qué iba a esforzarme?
Empecé con la marihuana, pero pronto pasé a las anfetaminas para mantenerme despierto. Me quedaba sin dormir por días hasta que mi cuerpo colapsaba y perdía el conocimiento. Mi pobre madre me encontró así muchas veces. Una vez, tuvieron que revivirme con descargas eléctricas en el hospital.
Eso debió haberme hecho reaccionar, pero no fue así. Y tampoco sería mi última sobredosis.
Me casé con mi novia de la secundaria justo después de graduarnos y luego tuvimos dos hijos. Pero en lugar de ser el esposo y padre que mi familia merecía, pasaba las noches bebiendo, drogándome, apostando y buscando problemas, que también hallaba con facilidad.
Una vez me dispararon mientras defendía a un primo. En otra ocasión, las balas pasaron rozándome la cabeza después de robarle a quien no debía. Así era mi vida; nunca medía los riesgos.
Estaba decidido a destruirme. Mi esposa, una buena mujer, hizo todo lo posible por apoyarme. Pero yo era un pobre diablo, descuidado, violento y egoísta, que solo sabía hacer daño. Después de 10 años de mis locuras, se acabó nuestro matrimonio.
Perdí la cabeza cuando más adelante me enteré de que tenía un novio. La agredí, y por ese incidente, la policía me prohibió la entrada a nuestro pueblito de Texas por tres años.
Mi madre me compró un boleto de autobús a California para que me fuera a vivir con mi hermano. Todos esperábamos que un nuevo comienzo me salvara, pero mudarme fue como saltar de la sartén al fuego.
Mi hermano me consiguió trabajo en el correo. Se lo agradecí, pero las largas jornadas de trabajo eran difíciles. Para mantenerme despierto, un compañero me dio unas pastillas, que hicieron que las anfetaminas que tomaba en Texas parecieran cosa de niños. Y quería más.
En California, mi hermano me mostró una calle y me advirtió que nunca fuera ahí. ¿Y adónde creen que fue este tonto a buscar una dosis más fuerte?
Ahí conocí a una chica que me inició en el crack. Sin darme cuenta, quedé atrapado en un mundo oscuro y sin esperanzas, donde compartía agujas con desconocidos. Mi cuerpo se fue consumiendo y me convertí en un muerto viviente; pesaba apenas 120 libras con una estatura de 6’4″.
Finalmente, sin adónde más ir ni fuerzas para seguir luchando, clamé al Dios de mi madre por ayuda. En medio del aturdimiento de la droga, apenas pude decir con voz débil: “Dios, ayúdame. Muéstrame qué camino seguir”.
Unos días después, mi hermano me recordó que ya habían pasado los tres años de prohibición de entrada y me sugirió volver a Texas. Yo estaba tan drogado que ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado. Me pareció que Dios usaba las palabras de mi hermano para guiarme.
Al volver a casa, ingresé a un tratamiento y empecé a asistir a reuniones de rehabilitación. Me casé de nuevo y administré un edificio de apartamentos para personas de bajos recursos. Mi vida estaba cambiando. Pero mi recuperación, el matrimonio y el trabajo no llenaban el vacío que sentía por dentro.
Como al año de no consumir, un pastor local llamado Howard me invitó a ayudar a construir una iglesia cerca del complejo de apartamentos que yo administraba. Era un hombre bondadoso, y mientras trabajábamos juntos, me hablaba del amor de Dios. Hasta me dijo que algún día yo sería pastor. Esa idea me pareció una locura.
Empecé a asistir a la iglesia del pastor Howard y los estudios bíblicos. Las buenas noticias del amor de Dios (Juan 3:16) cobraron vida en mí. El Señor comenzó a ablandar mi corazón y atraerme. Invoqué el nombre de Jesús, y en ese momento, el Señor perdonó mi pecado y desde entonces inicié una nueva relación con Él (Romanos 10:13).
En las reuniones había escuchado hablar de un poder superior. Hasta lo había invocado en los peores momentos de mi vida. Pero ahora sabía que ese poder se llamaba Jesús, y que en ese nombre había poder verdadero (Hechos 4:12; Romanos 10:13; Filipenses 2:9–11).
Entregué mi vida a Cristo y me bauticé. Cuando salí del agua, sentí que no había nada que no pudiera hacer por medio de Dios (Filipenses 4:13).
Ojalá pudiera decir que nunca volví a tropezar, pero la historia de Dios en mi vida no tiene que ver con que yo no cometa faltas, sino con la perfección de Jesús y la fidelidad de Dios (Lamentaciones 3:22–23). Mi vida es testimonio de Su gracia y misericordia.
Recaí en 1997, después de varios años de no consumir, cuando me quedé sin empleo y matrimonio. A medida que la presión económica aumentaba, mi vieja mentalidad criminal reaparecía. En lugar de confiar en Dios y buscar Su ayuda, resolví el problema a mi manera.
Solo conocía una forma de conseguir dinero rápido y no perder todo lo que tanto me había costado construir. Empecé a vender crack.
Fue una decisión terrible y yo sabía que estaba mal. Pero ignoré la voz de Dios e igual lo hice. Sentía que el Espíritu Santo me reprendía cada vez que les vendía ese veneno a las mismas personas que antes se sentaban junto a mí en las reuniones de rehabilitación. Sabía que estaba destruyendo vidas.
Una noche, por fin recapacité y caí de rodillas para pedirle a Dios perdón y ayuda. Dos semanas después, agentes federales derribaron la puerta de mi casa.
En ese momento sentí que el juicio de Dios caía sobre mí, pero en realidad era Su misericordia. Su misericordia siempre triunfa sobre el juicio (Santiago 2:13). Dios me amó lo suficiente como para detenerme antes de que destrozara mi existencia y la de otros.
Entré a una prisión federal a los 40 años, asustado y avergonzado, seguro de que había caído demasiado lejos de la gracia de Dios como para ser redimido. Pero Él me esperaba detrás de esos muros, listo para usar para el bien lo que el enemigo había planeado para hacerme daño (Romanos 8:28).
En un lugar que pudo haberme destruido, el Señor me reconstruyó, mostrándome que Él nunca abandona a Sus hijos. Sin importar cuántas veces nos alejemos de Él, Dios nunca se aleja de nosotros. También me mostró que no estaba enojado, solo quería que volviera a Él.
Así que volví al Señor, decidido a no desperdiciar más mi tiempo en prisión.
Un día, mientras leía la Palabra de Dios, el Espíritu Santo iluminó Mateo 7:12 (NTV), que dice: “Haz a los demás todo lo que quieras que te hagan a ti”.
Ese versículo tan sencillo pronto se convirtió en la misión de mi vida.
Por mucho tiempo, puse mis deseos y las drogas por encima de quienes debía amar y proteger. A través de este versículo, Dios me mostró mi responsabilidad de servir a otros, en especial a los hombres privados de libertad que me rodeaban y enfrentaban peligros a diario. Muchos eran víctimas de distintos tipos de abuso. Hacía todo lo posible por servirles y protegerlos.
Salí de prisión en 2002, y de inmediato me dediqué a ayudar a otros donde Dios me lo permitiera. Daba clases en la escuela dominical, dirigía programas de rehabilitación y fundé un banco de alimentos.
Un día fui a un desayuno de hombres y conocí a un capellán de la misma prisión federal donde yo había cumplido mi condena. Me invitó a regresar no como encarcelado, sino como ministro.
Es curioso. Cuando me estaban liberando, un agente de correccional me dijo con aires de superioridad que algún día volvería a prisión. Le respondí que la única forma en que regresaría sería si me invitaban. Y eso fue exactamente lo que pasó, 12 años después.
Fue increíble: los directivos me recibieron y me permitieron volver al mismo lugar donde había pagado mi sentencia.
Hoy, cruzo las puertas de esa prisión con una Biblia en la mano en lugar de un número de encarcelado. Los hombres se alegran mucho al ver a alguien que antes estuvo donde ellos están ahora.
Soy prueba de la misericordia de Dios y una promesa de que Él también puede hacer por ellos lo que hizo por mí.
Sigo yendo a la prisión cada semana como ministro y mentor. Mi meta es preparar a estos hombres para pelear la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12). Les digo que lean la Biblia todos los días, que se arrodillen y oren con frecuencia. Les digo que busquen la compañía de otros creyentes, y que ayunen. Hay poder en el ayuno y la oración (Hechos 13:2–3).
Afuera, continúo sirviendo, haciendo ministerio en la calle y entregando alimentos. Mi deseo es vivir el mandato de Jesús de dar de comer al hambriento, ayudar al que sufre y recordar al olvidado (Mateo 25:35–40). (Ver también Proverbios 19:17, Santiago 1:27 y 1 Juan 3:17.)
Uno de mis mayores privilegios es cuidar a mi madre. Ahora tiene 88 años y sufre de demencia senil. Es increíble cómo Dios ha usado al más rebelde de sus hijos, el que le causó años de dolor, para servirla con amor y gratitud. Cada día tengo el honor de ser Sus manos y pies. Solo Dios podía escribir una historia así.
Como usted ya vio, mi historia no habla de un hombre que por fin hizo las cosas bien. Es la de un Dios que nunca se rindió: ni cuando yo violaba la ley o me inyectaba drogas o recaía en el camino de la prisión. Tampoco se dará por vencido con usted.
Quizás crea que ha llegado demasiado lejos, que ha fallado demasiadas veces o que ha desperdiciado demasiados años. Yo pensaba lo mismo. Pero la misericordia de Dios es más grande que nuestros errores.
No hay nada, hermanos y hermanas míos, que pueda separarnos del amor de Dios (Romanos 8:38–39).
Pregúntese esto: ¿Cree que sus errores son demasiado grandes para que Dios los perdone? ¿Cómo la historia de Raydeen pone en duda esa idea? ¿Cómo responderá usted a otra oportunidad que le regale el Señor? ¿Cómo cambiaría su vida si diera a los demás el trato que quisiera para usted?
RAYDEEN EDWARDS es un vaquero de Texas que sirve a Dios y Su pueblo dondequiera que puede. Cada semana brinda ministerio y da mentoría a hombres encarcelados en FCI Texarkana a través de sus programas de capellanía y mentoría.