Cuando salí de la cárcel, quería poner mi pasado en una caja, enterrarlo y seguir adelante como si nunca hubiera pasado. Pero Dios no me lo permitió.
Todavía puedo escucharle decir: “Gary, no te he llevado por todo lo que has vivido para que te lo guardes”.
Discutí con Dios. Es que, si la gente conociera al hombre que era antes, me vería de otra manera. Si usted ha intentado alguna vez empezar de nuevo tras salir de la cárcel, comprende ese temor.
Pero sabía que Dios tenía razón. Él había hecho una gran obra en mi vida al convertirme de un traficante de metanfetaminas hambriento de dinero en una persona generosa que ama a los demás. Y si Dios pudo cambiarme a mí, puede cambiar a cualquiera.
Crecí en un pequeño pueblo de Virginia. Siempre tuvimos comida en la mesa, pero nada extra para “divertirnos”. Veía a otros niños con lo último y lo mejor, y deseaba lo mismo. Decidí que, cuando fuera grande, tendría suficiente dinero para comprar lo que quisiera.
De adolescente, trabajé en la construcción de casas, pero no creía que fuera algo con lo que pudiera hacerme rico. Así que me metí en el negocio de las drogas, donde el dinero me llegaba rápido. Al principio solo vendía, luego cociné metanfetamina. A veces consumía, pero nunca fui adicto. El dinero me atraía y embriagaba más que cualquier droga.
Para cuando los federales me atraparon, poseía casas, autos, lanchas y una colección de armas de la que estaba orgulloso. Creía que tenía la vida resuelta.
Pero en 1988, viajé a Texas a comprar sustancias químicas para mi laboratorio de metanfetamina y me arrestaron. Recibí una condena de cinco años, la cual era corta considerando todo lo que había hecho. Las autoridades no sabían de mi actividad delictiva en otros estados.
Tuve un buen abogado que logró que el juez me concediera una Regla 22B mientras cumplía sentencia. Esa norma impedía que en el futuro me llevaran a juicio por cualquier acción pasada que no fuera un delito capital.
Su rapidez mental me salvó cuando, tres años después de recibir condena, la policía intentó presentarme cargos por conexiones con actividades de narcotráfico en Virginia. Deberían haber visto la cara del fiscal cuando se dio cuenta de que no podía tocarme. Habría enfrentado una dura condena de no ser por ese beneficio.
Ahora sé que Dios me dejó ir con solo una advertencia. Pero en ese momento, no reconocí para nada Su misericordia. Tuve que sufrir una pérdida que no podía compensar para que por fin levantara la mirada.
Tuve que quedarme sin Jeanette.
Ella y yo habíamos estado juntos durante años. Había sido mi novia de secundaria y, al igual que yo, se había criado con poco. Por eso, cuando finalmente tuvimos dinero, vivimos como si nunca fuera a terminarse; nos subíamos a un auto o un avión sin equipaje ni planes para ir adonde nos provocara.
La cárcel fue dura con ambos, pero especialmente con Jeanette. No importaba que le hubiera dejado suficiente para vivir; el dinero no consuela un corazón roto y solitario. A mitad de mi condena, se quitó la vida. La noticia de su fallecimiento apenas llegó a mis oídos cuando su familia se metió en nuestra casa y se llevó todo.
El capellán principal McCoy me llamó a la capilla de la cárcel para contarme lo de Jeanette. Me habló como un padre: “Gary, sé que estás sufriendo. Puedo decirte cómo aliviar ese dolor”.
Intenté fingir que estaba bien, pero el capellán vio a través de mi fachada. Me visitaba a menudo e incluso les pidió a los muchachos de mi dormitorio que me vigilaran. Estaba preocupado y con motivos. Ya había hecho planes para quitarme la vida. Sabía qué pastillas buscar y cómo lo haría exactamente. Pero antes de que pudiera actuar, Dios intervino y me atrajo hacia Él (Juan 6:44).
Eso ocurrió un par de días después de escuchar la noticia. Salí de la capilla abrumado por el dolor y caí al suelo, llorando, en un rincón oculto entre unos arbustos de olivo ruso. Clamé a Dios, aunque no estaba seguro de que existiera.
Mi oración fue sencilla: “Dios, si eres real, necesito Tu ayuda”. No intentaba ser religioso ni complacer al capellán ni siquiera enmendarme. Solo era un hombre al límite de sus fuerzas. Dios me encontró en esa situación tan humilde.
Poco después, el capellán McCoy me pidió que sirviera como su asistente. Ese rol me dio estructura, propósito, compañerismo y responsabilidades. Mi fe comenzó a crecer.
El capellán me lanzó el reto de leer la Biblia todos los días y luego hablar con él sobre lo que me decía. Aprendí muchísimo y, con el tiempo, la palabra de Dios moldeó mi forma de pensar y comenzó a transformarme en un hombre nuevo (Romanos 12:2).
Supe que Dios me estaba cambiando el día que llamé a las autoridades y les dije dónde encontrar mi equipo para cocinar metanfetamina y mi provisión oculta de aceite base. Sin duda pensaron que estaba loco, pero no confiaba en mí mismo y temía volver a lo que antes había sido seguridad para mí. Tenía que eliminar la tentación y cortar de tajo cualquier cosa que pudiera hacerme tropezar o seducirme de nuevo (Hebreos 12:1).
Continué creciendo en mi conocimiento y amor por Dios. También comencé a prepararme para la vida después de la cárcel obteniendo mi certificado GED y tomando una clase de mecánica óptica, en la que aprendí a hacer lentes.
Mi instructor, Barney, vio que trabajaba bien con las manos y me animó a hacerme técnico óptico una vez que estuviera libre. Él era profesor en el Durham Technical College y me invitó a estudiar allí.
Tan pronto como salí, completé los requisitos previos, me postulé e ingresé al programa, agradecido con las becas Pell que cubrieron mis estudios. Terminé con rendimiento destacado, y aprobé el examen. Siempre le digo a la gente que me volví mucho más inteligente después de conocer a Jesús, y que mis calificaciones lo demuestran.
Pero la junta estatal de Carolina del Norte me dijo que no me daría la licencia por haber sido sentenciado por un delito grave. Fue entonces cuando Dios me enseñó una valiosa verdad: nada es imposible para Él (Mateo 19:26).
Dios usó a muchas personas para hacerme avanzar, incluyendo a Barney y a Jim, un abogado de Durham que venía cada miércoles por la noche a darnos clases sobre la Biblia.
Cuando Jim se enteró de la decisión de la junta de no otorgarme la licencia, le escribió una carta, lo que suspendió la medida. Pero esos funcionarios aún insistían en que ningún consultorio médico me contrataría. También se equivocaron en eso.
Esta vez, Dios usó a un hombre llamado Barry, que también enseñaba en Durham Tech y que me remitió con un médico amigo suyo, al que le dijo: “Tengo a un joven con un pasado destrozado, pero es bueno en lo que hace”. Ese hombre y su esposa me dieron una oportunidad. Trabajé para ellos hasta que vendieron el negocio, y luego me quedé con los nuevos propietarios.
Después, Dios puso a un hombre llamado Russ en mi camino. Se le habían roto los anteojos y necesitaba un arreglo rápido. Lo recibí en la tienda aunque ya habíamos cerrado; sentí que era lo correcto.
Quedó satisfecho con mi trabajo y preguntó cuánto me debía. Le dije que no era nada ya que el arreglo no me había tomado mucho tiempo. Agradecido, dijo: “Usted es una de las pocas personas en este mundo a las que puedo decir que les debo un favor”. Resultó ser un destacado abogado con muchos contactos.
Russ se convirtió en un querido amigo y un valioso mentor. Dios lo usó para enseñarme muchas cosas, especialmente sobre inversiones y administración de dinero.
Cuando los nuevos propietarios de la tienda decidieron enviarme a un nuevo local que estaban abriendo en la costa de Carolina del Norte, Russ me dio un consejo que me cambió la vida: “Cuando llegues allá, compra todo lo que puedas”. Me eché a reír. No tenía ni dos centavos. ¿Cómo iba a comprar algo?
Pero Russ me aseguró que el dinero no sería problema. Pronto supe que estaba en la junta directiva del banco y era uno de sus principales clientes. Consiguió el financiamiento y me vigiló de cerca para cerciorarse de que no hiciera ninguna tontería.
Compré una casa que necesitaba reparaciones y duplicamos el dinero. Usé la ganancia para abrir mi propia óptica, que ofrecía reparación o servicio en el mismo día. El Señor la bendijo desde el principio. También bendijo mis inversiones inmobiliarias y carteras de acciones.
De adolescente, había creído que la riqueza me haría feliz. Pero de adulto, descubrí que cuanto más ganaba y más poseía, más inquieto me sentía. Lo suficiente nunca era suficiente, y el deseo de más nunca desaparecía. Aun así, me encantaba perseguir el dinero. A menudo bromeo diciendo que sostenía mi billetera con tanta fuerza que dejaba mis huellas en el cuero.
Necesitaba que el Señor me ayudara a encontrar una salida a ese ciclo agotador.
Pensaba que mi relación con Dios era excelente. Leía la Biblia, iba a la iglesia dos veces el domingo y también el miércoles por la noche, daba el diezmo y trataba bien a la gente. ¿Qué más podía hacer? Dios estaba a punto de ponerme un reto.
Mis prioridades cambiaron el día que me caí de un techo y casi me muero. De repente me di cuenta de la brevedad de la vida (Salmos 90:12–17) y de que los objetos no nos brindan consuelo. También hallé lo único que verdaderamente importaba: mi relación con Dios y mis seres queridos (Mateo 6:33, 22:37–39).
Tuve mucho tiempo para hablar con Dios mientras pasaba los siguientes nueve meses en una cama con 16 tornillos que me salían de la pierna. Dios me mostró que, aunque ir a la iglesia, dar el diezmo y “ser un buen tipo” era bueno, nunca debía ser la base de nuestra relación. Él quería mi corazón, no solo mis actividades. Me pedía todo, incluso la billetera.
Decidí entregarle todo y dejar de perseguir lo que el mundo ofrecía, para poder buscarlo a Él. Sin embargo, para hacerlo, no podía coquetear con la tentación. Sabía que tenía que dejar de aferrarme a lo que tenía el control de mi corazón (mi tienda, mis propiedades y mis cuentas) y dárselo a Dios. De todos modos, era Suyo.
A cambio, el Señor me dio algo que el dinero nunca podría comprar: el don del contentamiento.
Esa satisfacción profunda que da Dios me liberó de la búsqueda interminable de más al conducirme a un lugar de paz y descanso en Jesucristo. También cambió mis prioridades; hice a un lado el dinero y las cosas para enfocarme en amar a Dios y los demás. Y fue entonces cuando experimenté otro regalo: el gozo.
No sé qué esté buscando usted hoy. Tal vez sea su libertad, una relación, una mejor carrera, nuevas emociones, un juguete más grande, riquezas o fama. Créame, sea lo que sea, nunca lo satisfará. Nunca será suficiente.
El dinero no puede consolarle; el éxito no puede sanarle; y las cosas no pueden satisfacerle. El deseo de más siempre exige más. Es un camino interminable que conduce al agotamiento, la pérdida de libertad, la desilusión y, a veces, incluso la muerte.
En contraste, Jesús es una búsqueda que sí vale la pena. Sin nada más, satisface y llena. Y cuando Él se vuelva suficiente, usted tendrá la libertad de dejar de correr y empezar a vivir.
Pregúntese esto: ¿Qué está usted persiguiendo o a qué se aferra para sentirse seguro o satisfecho? ¿Con qué actividades está sustituyendo su relación con Dios? ¿Qué cambiaría si soltara esas cosas y, en cambio, se acercara a Cristo?
GARY SMITH es un oculista retirado que ahora dedica su tiempo a servir a Dios y los demás a través del ministerio Kairos. Su vida es testimonio del poder de la transformación, y con pasión proclama que, a través de Cristo, cualquiera puede cambiar.