En nuestra edición anterior, comencé una nueva serie llamada “Lo que se necesita para ser un campeón”. Me basé en lo que aprendí durante mis 35 años como esquiadora profesional. Descubrí que las mismas reglas necesarias para triunfar en el deporte nos ayudan a ser campeones en la vida y, sobre todo, para Dios.

Como excampeona mundial, siempre digo que hay que meterse al agua todos los días y gritarle al conductor de la lancha: “¡Arranca!”. Sé que la victoria solo llega cuando salgo de mi comodidad y confío en la fuerza del motor.

Pero como conté en mi artículo anterior, bajarse del muelle pocas veces fue fácil. El dolor, el miedo, la decepción, los pensamientos negativos, las circunstancias difíciles, las voces que te desalientan… Tantas cosas conspiraban en mi contra. Sin embargo, con la ayuda de Dios, encontré la fuerza para lanzarme al agua y avanzar hacia la victoria.

Él me ha ayudado a hacer lo mismo en la vida.

Ahora reflexiono y esto es lo que sé: las mejoras nunca fueron rápidas ni fáciles. Sin importar mi nivel, principiante, aficionada o profesional, nunca me metí al agua e hice algo bien a la primera. Detrás de cada nuevo logro había muchas caídas y fracasos.

A veces fallaba por mis propios errores; otras veces, por los de otros: desperfectos del equipo, el clima, malas decisiones, e incluso por un caimán inesperado que se cruzaba en mi camino.

Sin importar la causa, siempre tuve una opción: rendirme o levantarme, o como digo yo, O te vas o lo intentas una vez más.

Avanzar y ganar no dependen solo de encontrar las fuerzas para seguir levantándote, aunque eso también cuenta. Es aún más importante ponerte de pie con la mentalidad correcta y un plan de crecimiento. Si continúas sin tomarse el tiempo de entender por qué caíste, solo te estás preparando para otra caída.

Entonces, ¿cómo debemos manejar esos momentos difíciles en que nos encontramos “en el agua” tras una caída, para poder seguir avanzando hacia el éxito?

Primero, debemos aprender a calmar la mente y reenfocar los pensamientos luego de la falla. Es natural sentir frustración, decepción, enojo y vergüenza. Es humano. La clave está en no dejar que esas emociones nos consuman. Y eso no es tarea fácil.

Cuando me caía de los esquís, me daba mucha rabia. A veces hasta me golpeaba la cabeza por la frustración. También me decía cosas horribles a mí misma: “¡Eres una decepción! Tonta, ¿por qué no puedes hacer las cosas bien?”.

Pero las emociones negativas y ese diálogo interno solo nublaban mi mente, golpeaban mi corazón y anclaban mi alma a la derrota. Tuve que aprender a tratarme con amabilidad.

También debí aprender a perdonar, no solo a mí misma, sino a otros que me habían derribado en el camino. Tuve que perdonar injusticias, palabras hirientes y decepciones. Culpar a los demás puede parecer justificado en el momento, pero ese juego es peligroso. No cambia nada. Para mí, se convertía en una distracción que me mantenía atrapada en el agua en vez de ayudarme a avanzar hacia la sanidad y la victoria.

No tenía idea de cuánto habían afectado mis fracasos pasados la imagen que tenía de mí misma hasta que un día un pastor me dijo: “Kristi, creo que el Señor me está indicando que necesitas perdonarte por todas las veces que no alcanzaste tus metas”.

En cuanto dijo esas palabras, una presa se rompió dentro de mí. Se me escapaban las lágrimas mientras salían a la superficie años de dolor por fracasos y oportunidades perdidas.

En algún punto del camino, había asociado el caerme de los esquís con mi identidad como persona. Me había fijado un estándar de perfección imposible para mi vida, así que cuando no alcanzaba mis metas, sentía que fracasaba.

Eso no significa que no debamos buscar la excelencia. Mateo 5:48 nos dice que “sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto” (NVI). Ahora bien, tranquilo: aquí la palabra perfecto no habla de no tener defectos, sino de crecimiento y madurez, de parecernos cada vez más a Cristo en todo lo que decimos y hacemos.

Ser perfeccionados es una búsqueda para toda la vida. Es un camino que muchas veces incluye caídas y fracasos, que, sin embargo, pueden convertirse en trampolines hacia la grandeza, si lo permitimos.

Para seguir adelante, tenía que animarme a mí misma cada día. Me recordaba que el crecimiento toma tiempo y pensaba en por qué me había comprometido con el proceso desde el principio. Recordar mi “por qué” me daba fuerzas para levantarme de nuevo. Otra cosa que me ayudaba era encontrar algo bueno que hubiera pasado a pesar de la caída. Celebrar las victorias, sin importar cuán pequeñas fueran, me ayudaba a ver mi progreso.

Asimismo, me alentaban las personas de mi entorno que también buscaban la excelencia y que de verdad querían verme triunfar. Eran mi “tripulación”.

Mi tripulación incluía solo a gente interesada en el alto rendimiento, sin negatividad ni pereza. Mis entrenadores y compañeros de entrenamiento compartían mi compromiso con el crecimiento porque, como dicen las Escrituras, “El hierro se afila con el hierro” (Proverbios 27:17).

Me preparé con los mejores esquiadores del mundo para estar rodeada de grandeza. Ellos no me daban tregua. Me llevaron a límites que no sabía que eran posibles, animándome y recordándome que era una campeona capaz de lograr cosas asombrosas.

A veces, verlos triunfar era todo el ánimo que necesitaba. Si algo no me salía bien, me subía a la lancha, los veía ser un modelo del éxito y salía a intentarlo de nuevo.

Por lo general, para ponerme en pie bien, necesitaba indicaciones, lo cual exigía humildad y paciencia. Mis entrenadores veían lo que yo no podía: pequeños ajustes que cambiaban todo.

Que me corrigieran muchas veces me incomodaba, y no siempre entendía de inmediato. Pero para mejorar, sabía que debía confiar en quienes tenían la sabiduría y la perspectiva para ayudarme a crecer.

Lo mismo ocurre en la vida.

Si usted quiere llegar a ser el campeón que Dios dispuso, debe estar dispuesto a recibir buenos consejos. A veces otros identifican en nosotros comportamientos dañinos, miedos, actitudes o distracciones que nosotros mismos no vemos. El humilde dice: “Ayúdame a ver lo que me falta”.

El rey David entendió esto cuando oró: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón… Fíjate si voy por un camino que te ofende y guíame por el camino eterno” (Salmo 139:23–24, NVI).

David invitó a Dios a revisar cada parte de su vida y a revelarle qué necesitaba sanar, cambiar, fortalecer o entregar.

Por medio de Su Palabra, Su Espíritu y los creyentes sabios que nos rodean, Dios, el Entrenador Maestro, nos conduce con amor en nuestro crecimiento. Nuestra tarea es mantenernos abiertos a aprender, ser humildes y seguir levantándonos.

Muchas veces grababa mis participaciones en competencias para estudiarlas. Pasaba horas viendo esos videos, analizando qué hacía bien y qué hacía mal. Luego me imaginaba haciendo las correcciones y logrando el éxito.

El crecimiento requiere sinceridad. No se mejora si uno se niega a evaluarse a sí mismo. Solo tenga cuidado de no ser demasiado duro consigo mismo. Recuerde: la meta no es la perfección, sino el crecimiento.

Pero reconocer el problema es solo el comienzo. Una vez que sabe qué necesita modificar, debe estar dispuesto a hacer el difícil trabajo de cambiarlo. Eso implica levantarse una y otra vez, y seguir intentándolo, incluso cuando el avance parece lento.

El cambio real toma tiempo. Usted no hará las cosas bien a la primera. De hecho, a veces sentirá que empeora justo antes de que llegue la mejoría. Yo viví eso muchas veces en mi carrera. Hubo temporadas en las que tuve que volver a lo básico y reaprender cosas que ya creía dominar. Era duro para mi orgullo y frustrante, pero necesario.

Amigo, no se rinda. Perdónese a sí mismo. Perdone a los demás. Pídale a Dios que le muestre qué debe cambiar y reciba con apertura los comentarios de quienes Él pone en su vida. Con la ayuda de Dios, haga los ajustes necesarios, confíe en el proceso de aprendizaje y anímese en el camino.

Porque eso es lo que hacen los campeones.

Pregúntese esto: Cuando enfrenta un fracaso o un tropiezo, ¿su respuesta es condenarse usted mismo, culpar a otros o buscar crecer? ¿Necesita perdonarse a sí mismo o a otra persona por un error o una decepción pasada? ¿Quién forma su “tripulación”? ¿Cómo podría su tropiezo actual convertirse en un escalón hacia su próximo avance?

KRISTI OVERTON JOHNSON motiva a las personas y les da herramientas para que logren la victoria mediante sus historias, conferencias y ministerio de prisiones. Para más información, visite kojministries.org.