Antes de cumplir un año, los médicos me diagnosticaron la enfermedad de Werdnig-Hoffmann, conocida como Atrofia Muscular Espinal (AME). En ese momento, nadie con esa condición había vivido más de 12 años, y los médicos dijeron que con suerte llegaría a los cinco.

Mis padres eran personas de una fe profunda que ya habían visto los milagros del Señor. Y desde pequeño aprendí que Dios, no el hombre, tiene la última palabra.

Aunque mi trastorno genético significaba que nunca movería los brazos ni las piernas por mí mismo y que una silla de ruedas siempre sería mi único medio para movilizarme, mis padres se negaron a que un pronóstico definiera mi futuro. Al sacarme del hospital, oraron: “Dios, durante el tiempo que nos des con Howard, lo criaremos en Tu casa, como hicimos con nuestros otros hijos”.

Por eso, crecí creyendo que era como los demás. Una vez, un niño me dijo que sus padres le habían advertido que no se sentara junto a mí porque podía contagiarse.

¿Qué tengo?, me pregunté. Así era yo y ya. Sí, no podía caminar ni mover los brazos o incluso alimentarme, pero tenía una silla espectacular. ¿Cuál era el problema? Ahora que lo pienso, muchos comentarios que me hicieron entonces fueron crueles, pero creía que a todos los niños les pasaba lo mismo.

Me encantaba estar al aire libre, pero como no podía usar las manos ni los pies, me quedaba sentado a un lado mientras los demás jugaban. En esos momentos de soledad, hablaba con Dios. Otros niños tenían amigos imaginarios; yo tenía a Jesús.

Y luego, a los cinco años, de repente la enfermedad dejó de avanzar. Mis padres estaban seguros de que era por la intervención de Dios.

En la adolescencia tuve neumonía, y entraba y salía del hospital con frecuencia. También necesité una cirugía mayor para que me implantaran dos varillas metálicas en la columna. Los médicos dijeron que tenía un 60 por ciento de probabilidades de morir durante la operación, pero era aún más probable que falleciera sin ella.

Mi padre creía que Dios me sanaría sin cirugía. Mi madre estaba convencida de que Dios podía sanarme de todos modos. Me preguntaron qué pensaba. Respondí: “El mismo Dios que puede sanarme sin las varillas puede sanarme con ellas. Debo hacer todo lo que esté a mi alcance”.

El día de la operación, mientras me llevaban al quirófano, el equipo médico me dejó solo por un momento. De pronto, un hombre estaba de pie al pie de la camilla. La tocó y dijo: “Vas a estar bien”. Una paz se apoderó de mí.

Cuando el equipo regresó, me preguntaron con quién estaba hablando. “Había un hombre aquí”, dije. Contestaron que era imposible; estábamos en un quirófano.

Desperté en cuidados intensivos con el pitido de un aparato que no registraba latidos de corazón. Abrí los ojos y vi que estaba junto a un bebé que luchaba por su vida. Más adelante supe que lo habían abandonado. Oré por él y me dormí. Al despertar de nuevo, el mismo hombre del quirófano estaba sentado en una mecedora junto a la cama del bebé. “¿Eres un ángel?”, pregunté.

“No importa quién soy”, respondió. “Lo que importa es a quién pertenezco”.

Le pregunté si el bebé viviría. Dijo: “Todo es posible, si uno cree” (Marcos 9:23).

Oré y creí (Mateo 21:22; Marcos 11:24; 1 Juan 5:14–15), y dos días después, cuando salía de cuidados intensivos, la madre del niño vino a visitarlo. Para entonces, el corazón del pequeño estaba más fuerte. Desde ese momento, nadie pudo convencerme de que Dios no existía.

Como mis pulmones seguían delicados, mi familia se mudó al clima seco de Mesa, Arizona. Ese fue todo un nuevo comienzo para mí, aunque no el esperado por nadie.

Todo empezó de manera inocente. Un muchacho del vecindario me pidió que entregara lo que, según él, era un pastel de su madre a un primo suyo que estaba al otro lado de la ciudad. Colocó un paquete envuelto en papel de aluminio en la mochila de mi silla de ruedas y yo lo entregué como me había pedido. Hice lo mismo varias veces antes de que un amigo de la escuela descubriera lo que había dentro.

“Si esto es pastel”, dijo, “tú vas preso”. Me había convertido en mula de drogas sin saberlo. Cuando le dije a la pandilla que ya no le haría el servicio de reparto, me amenazaron a mí y a mi familia.

Sabiendo que tenía un alto coeficiente intelectual, me obligaron a llevar sus registros de distribución. Me sentía atrapado y aterrorizado. Cada día clamaba: “Dios, si puedes oírme, sácame de este lío”.

Un domingo, mi madre y yo fuimos a la iglesia en Phoenix. Durante el servicio, una mujer se puso de pie y dijo: “Hay alguien aquí que conoce a Dios desde muy pequeño, alguien a quien Dios ha librado de muchas situaciones duras. Sin embargo, el Señor dice que guarda un secreto. Esta noche, Él lo liberará, pero primero debe venir al altar”.

Esperé que alguien más respondiera, pero nadie se movió. Supe que me hablaba a mí. Pasé al frente y el pastor comenzó a orar conmigo. Yo también oré y le juré a Dios que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para ser libre.

Luego de eso estuve enfermo con fuertes dolores de vesícula. Mientras me recuperaba en casa, los miembros de la pandilla dispararon perdigones de hielo a nuestras ventanas. Esos proyectiles estaban hechos para matar sin dejar rastro. Pero Dios nos protegió. En el momento exacto en que uno iba a golpear a mi hermana en la cabeza, ella se agachó para recoger algo. La noche siguiente, arrojaron piedras de jardinería a nuestras ventanas.

Asustado, le confesé todo a mis padres. Casi de inmediato nos mudamos a otra ciudad, y con el tiempo la pandilla se olvidó de mí. Pero Dios no solo quería librarme de una situación peligrosa; quería conducirme a mi propósito.

Como al año, mientras cantaba en el coro de la iglesia, sentí que el Señor me instaba a dar un mensaje. Me resistí, pero el impulso me abrumó hasta que finalmente hablé. De repente, la iglesia estalló en adoración. La gente comenzó a reportar milagros, incluyendo el de una mujer a la que se le desapareció un tumor.

Dios había puesto un llamado en mi vida, pero yo no quería saber nada del ministerio. Había visto los sacrificios que había hecho mi padre como pastor asociado. No quería esa vida.

Pero Dios no me dejó ir.

Al mes, el pastor dijo a todos: “Creo que deberíamos poner a Howard en la radio”. De inmediato la iglesia tomó una ofrenda y dio lo suficiente para mantenerme en el aire durante dos años.

Llamé al programa More Than a Conqueror (Más que vencedor), lo que luego se convirtió en el título de mi primer libro.

Me gradué de la escuela secundaria y del junior college como el mejor de mi clase antes de entrar a la Universidad Estatal de Arizona. Luego de cumplir los 20 años, comencé a hacer ministerio en centros de detención juvenil.

Los jóvenes que veía habían pasado por sufrimientos inimaginables, pero a través de ellos Dios me enseñó algo profundo: a todos nos habían dado sentencias. Las de ellos provenían de jueces con togas negras. La mía, de un médico con bata blanca.

Pero ninguna pena impuesta a una persona tiene la autoridad final. Esa solo la tiene la Palabra de Dios.

A finales de los años 90, viajaba y daba charlas por todo el mundo cristiano. Entonces tuve un encuentro poco agradable en una conferencia cuando un ministro conocido y su séquito chocaron con mi silla de ruedas. El ministro me miró y soltó: “Tienes que ver por dónde vas”.

Sus palabras me llegaron a lo más hondo, y me hicieron sentir de nuevo años de rechazo y humillación que había bloqueado sin notarlo. La amargura que me llenó ahogó mi deseo y disposición de seguir en el ministerio.

Me alejé de lo que Dios me había llamado a hacer y comencé a trabajar en la administración de escuelas chárter con un salario de seis cifras. También jugaba póquer semiprofesional, algo muy distinto de lo que hacía antes.

Por fuera me veía exitoso. Poseía todo lo material que necesitaba en la vida, pero era infeliz. Me sentía indigno de amor e invisible. Entonces, en 2014, Dios me trajo de vuelta al conocimiento de Su bondad.

Un día llegué al trabajo esperando un día común, pero ya a las 11:00 a.m. estaba en cuidados intensivos conectado a soporte vital y en coma. Estando inconsciente, vi a personas que había conocido (había oficiado los funerales de algunas) venir a sentarse a mi lado. Me decían que volverían a verme.

Entonces escuché una voz que preguntaba: “¿Te entregarás?”
Supe que era Dios. Me desperté enojado. “¿Entregarme?”, grité. “¡Qué descaro tienes! No puedo limpiarme la nariz ni ir al baño sin ayuda. ¿Qué quieres decir con que si me entregaré?”.

Al salir del hospital intenté continuar con mi vida anterior, pero adonde fuera seguía escuchando esas mismas palabras: “¿Te entregarás?”.

Qué paciente es Dios con Sus hijos.

Finalmente, el Señor me condujo a Romanos 12:1, en el que los creyentes son llamados a entregarse como sacrificios vivos.

“Howard, muchas personas vienen a Mí porque quieren salvación o escapar. Pero Yo deseo una relación en la me entreguen voluntariamente toda la vida”, escuché al Señor decir. “Quiero usar tu cuerpo”.

Hasta ese momento, casi nadie fuera de mi familia me había visto sin la silla de ruedas, que se había convertido en mi caparazón. En ella me sentía seguro; sin ella, en riesgo. Pero Dios seguía pidiéndome que me entregara. Finalmente, le dije que sí.

Con ese acto, el Señor me mostró cómo podía usar mi cuerpo como ejemplo de lo que significa rendirse a Él. Mi cuidador se convirtió en una imagen viva de lo que es la entrega diaria y la confianza, y juntos mostramos lo importante que son las relaciones humanas.

Este mensaje se difundió rápidamente por todo el país. La primera vez que lo llevé a las prisiones, los guardias dejaron sus puestos y cayeron de rodillas en oración.

Y entonces llegó el COVID, y me encontré en otro momento difícil. Ya no contaba con el mismo apoyo que necesitaba para mis cuidados, y estaba seguro de que terminaría aislado en un centro de atención. Quería darme por vencido.

Aun así, le había prometido a Dios que terminaría de escribir mi libro Yielded. Así que publiqué en mis redes un pedido de ayuda para desarrollar y editar el proyecto. Tuve muchas respuestas y acordé una videollamada con alguien.

Durante nuestra reunión, me hallé con una mujer cuya belleza exterior y unción interior me dejaron sin aliento.

“Esa sí que es una mujer de Dios”, pensé. Enseguida escuché al Señor decir: “Será tu esposa”. Hacía mucho que había renunciado a la idea de tener una compañera, pero acepté la palabra de Dios y confié en que le daría el mismo mensaje a ella.

Poco después, predicaba yo en Phoenix cuando mi cuidador me mostró un mensaje de Facebook. Era de Tiffany, la mujer de aquella reunión.

Escribió: “Hombre de Dios, te diste por completo a la gente esta noche. ¿Alguien te dio un vaso de agua? Asegúrate de descansar y cuidarte”.

Sonreí y pensé: Ese no es el comentario de una amiga. Es el de una esposa.

Dios confirmó de modo sobrenatural Su plan para ambos. Pronto, Tiffany dejó Carolina del Sur con su hija y se mudó a Arizona. (Ver su historia en la página 27).

El día que llegaron, estalló el caos en mi casa. Como mencioné, vivía en un ambiente muy poco saludable. Pero Tiffany caminó a través de la tormenta con una paz y sabiduría fruto de sus años de ministerio.

Nos casamos al poco tiempo. Siempre había querido dejar un legado teniendo hijos. Con Tiffany, Dios no solo me dio una esposa, sino también una hija. El Señor sí nos concede los deseos de nuestros corazones cuando lo seguimos (Salmo 37:4).

Pero la hija de Tiffany era cautelosa, y con razón. “Si aún estás aquí en ocho meses”, me dijo, “quizás confíe en ti”. Eso fue en 2022. Ahora me llama papá.

Ahora reflexiono y el mayor milagro no es que Dios me diera una esposa o una hija, tampoco que sobreviviera a una sentencia de muerte o escapara de una pandilla.

No, es el modo incansable en que Dios fue detrás de mí, Su hijo. Desde mi primer aliento, el Señor me siguió con Su bondad (Salmo 23:6).

Él también va tras usted con Su bondad. ¿Va a entregarse?

Rendirse a Dios no es una decisión que se tome una sola vez y en un momento de crisis. Es una postura diaria de confianza: apoyar el oído en Su pecho y escuchar Sus latidos, despertar cada mañana y decir: “Aquí estoy, Señor. Úsame. Por completo”.

Yo soy la prueba de que, si usted le entrega todo su ser, el Señor lo usará y bendecirá de maneras que nunca imaginó. Sí, igual habrá batallas, incluso las sentencias aterradoras que el mundo impone, pero cada desafío es otra invitación a confiar de manera más profunda en Dios y a verlo obrar a favor de usted.

El Señor ha prometido suplir todas sus necesidades (Filipenses 4:19). Su amor nunca le fallará (1 Corintios 13:8). Así que ¿qué está esperando?

Ponga todo su ser en Sus manos. Déjelo formarlo y moldearlo para que sea la persona que Él dispuso.

Dios tiene un propósito increíble para su vida. Entréguese y lo descubrirá.

Pregúntese esto: ¿Qué sentencia le han impuesto a su vida? ¿Cómo ha afectado la imagen que tiene de sí mismo, su situación y Dios? ¿Qué dice la Biblia sobre usted y su situación? ¿Aún lleva alguna herida sin sanar? ¿Qué daño podría estarle causando? ¿A quién o a qué se entrega usted cada día?

HOWARD BELL dirige Yielded Life Ministries junto a su esposa, Tiffany. Es conferencista y autor del libro Yielded: The Posture of True Love. La obra de Howard está disponible en Amazon y en la mayoría de las bibliotecas de capillas de correccionales de EE. UU.