A los 22 años, me daba igual vivir o morir. El abuso sexual y físico que sufrí durante la infancia y la adolescencia me había carcomido el espíritu.
No tenía idea de qué hacer con tanto dolor, más allá de adormecerlo con drogas y alcohol, pues no sabía cómo entregarle mis cargas a Dios (1 Pedro 5:7). Como resultado, me asfixiaba a diario por el pesado sufrimiento de la adicción.
Mi estilo de vida se volvió una espiral de autodestrucción hasta que, a los 27 años, doblegué mi corazón con fe y le pedí a Jesús que me salvara. Enseguida, el poder sanador de Cristo entró en mi quebrantada existencia y comenzó en mí una obra de sanidad y transformación que sigue realizando el día de hoy.
Únicamente por el poder y la gracia de Dios he podido superar el dolor del abuso sufrido cuando niño. Me gustaría contar lo que me ayudó:
Tuve que comprender mi verdadera identidad en Jesús. Durante años creí que estaba quebrantado y dañado sin remedio. Lo que me había sucedido me dejó hundido en una profunda vergüenza. Descubrir que Dios me amaba, me valoraba y me aceptaba cambió la forma en que me veía a mí mismo y a mi futuro.
Tuve que entender que el dolor no me descalificaba para que Dios me usara ni significaba que Él no me amara. En un relato tras otro, la Biblia nos revela que nuestro sufrimiento puede ser fértil para que crezca la gracia de Dios.
Por ejemplo, a José lo traicionaron sus hermanos, lo vendieron como esclavo y encarcelaron injustamente. Aun así, Dios lo usó para salvar a una nación (ver Génesis 37–50).
Job sufrió una enfermedad física terrible, perdió a sus hijos y casi todo lo que poseía. Sin embargo, debido a su fe en Dios y a sus oraciones por los demás, “el Señor bendijo a Job en la segunda mitad de su vida aún más que al principio” (Job 42:12 NTV).
El rey David sufrió las burlas de sus enemigos (Salmo 13), pero a partir de él, Dios estableció un reino eterno. Incluso Jesús “fue despreciado y rechazado: hombre de dolores, conocedor del dolor más profundo” (Isaías 53:3 NTV).
Estas historias demuestran que el sufrimiento y el desprecio no nos sacan del plan de Dios. El Señor puede usar todo lo que hay en nuestra vida para nuestro bien y para Su gloria (Romanos 8:28).
Reconocer mi dolor ante Dios y los demás fue fundamental para mi sanación. Durante años reprimí mi dolor y me negué a enfrentarlo. No fue sino hasta después de haber sido pastor por más de 15 años que comencé a seguir la guía del Espíritu Santo para compartir mis experiencias.
No fue fácil, pero el Salmo 142:2 me reveló que expresar el dolor era algo que incluso los grandes hombres de Dios tuvieron que hacer. El rey David derramó sus quejas y aflicciones ante Dios. Yo seguí su ejemplo y confesé con sinceridad mi dolor mediante la oración, la escritura personal y el testimonio compartido con otros. Decir lo que sentía me ayudó a procesar todo ese dolor.
Por último, tuve que perdonar a mi ofensor. Durante años, el trauma sin sanar me mantuvo estancado en el rencor hacia la persona que me había perjudicado. Solo cuando perdoné a esa persona, comencé a mejorar. Le ruego usted que entienda esto: el perdón no justificó la falta, pero sí me libró a mí de seguir encadenado a ella.
Jesús fue modelo de perdón estando colgado de la cruz cuando dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34 NTV). Perdonar no es olvidar; es confiar en que Dios se encargará de la justicia.
Es verdad que los traumas del pasado pueden marcar nuestra historia, pero ninguno tiene el poder de definir nuestro futuro.
En Cristo siempre hay esperanza de sanidad, así como un presente y un futuro llenos de propósito. Dios es el restaurador supremo, capaz de transformar nuestra desesperación pasada en una hermosa muestra de esperanza.
Ponga sus traumas en las manos de Dios y deje que comience su historia de redención.
Pregúntese esto: ¿El sufrimiento lo define más que el amor de Dios? ¿Qué parte de su historia necesita llevar ante Dios en lugar de enterrarla? ¿A quién necesita perdonar para poder encontrar la libertad y la sanidad?
MICHAEL DIXON entregó su vida a Dios luego de que un trauma infantil y las adicciones estuvieran a punto de destruirlo. Transformado por Dios, se convirtió en pastor, escritor, especialista certificado en adicciones y director de su organización sin fines de lucro, L.I.F.E. (Living in Freedom Everyday) Ministries. Con su libro y método bilingüe ayuda a otros a encontrar la restauración y la libertad en Cristo Jesús. Se puede adquirir en Amazon. Los encarcelados pueden ver sus videos en Edovo y a través de la plataforma de Victorious Living en Pando.