Si años atrás me hubieran dicho que algún día viviría con libertad, paz y propósito (Salmo 16:11; Salmo 23:3), no lo habría creído. Mi historia comenzó siendo todo lo opuesto.

La violencia y la soledad llenaron de sombras mi niñez. Mis habilidades de supervivencia me salvaron de morir, pero no me enseñaron a vivir de verdad.

Siendo la menor de siete hijos de inmigrantes, mi infancia estuvo marcada por la inestabilidad, el miedo y el dolor. Papá luchaba con el alcoholismo y mamá trabajaba sin pausa para mantenernos. Aprendí a valerme por mí misma desde muy pequeña.

Fui víctima de un abuso físico y sexual que ningún niño debería padecer a manos de gente en quien confía, y recibí una fría indiferencia de parte de quienes anhelaba que me amaran y protegieran. Esas heridas me marcaron en lo más hondo, destruyeron la imagen que tenía de mí misma, deformaron mi idea del amor e influyeron en lo que creía merecer. La vergüenza, la confusión y el miedo me atormentaron por años.

Mis padres se divorciaron, y mamá se mudó conmigo y dos de mis hermanos a otra ciudad, donde después se casó con mi padrastro. “Papa Joe” era un hombre bueno y amable que me mostró una ternura que no conocía. Por primera vez, hubo estabilidad en nuestro hogar.

Pero aunque había cambiado de ambiente, el daño que llevaba por dentro seguía ahí. Me sentía atrapada.

Esas heridas tempranas determinaron el tipo de gente con la que me juntaba, los lugares que frecuentaba y peligros de los que apenas escapé cuando era una niña en un vecindario plagado de pandillas de Long Beach, California.

Hablar de traumas no era algo típico de nuestra cultura, pero yo sabía que había algo roto dentro de mí. Como tantos a quienes han herido y traicionado de pequeños, llené esos vacíos con comida, drogas, alcohol y cualquier otra cosa que me hiciera sentir tranquila, o mejor dicho, adormecida.

Pero incluso en esos años en que estuve lejos de Dios, Él ya me estaba protegiendo. Ahora que lo pienso, veo que Su mano me impidió convertirme en una estadística más.

A diario caminaba por la cuerda floja en un mundo de pandillas, adicciones y violencia que debió haberme tragado por completo. Sin embargo, de alguna manera logré huir. Además de una persecución policial a alta velocidad, me salvé por completo del sistema de justicia penal. Eso fue solo por la gracia de Dios.

Tenía 19 años cuando me casé con mi primer esposo, y como mi “normalidad” era en realidad anormal, no tenía idea de cómo debía ser una relación sana. Mi esposo se volvió cada vez más celoso y controlador; yo acepté su comportamiento como si fuera amor y, sin ver las señales de alerta, me quedé.

Durante esa unión, viví en una prisión sin barrotes, un lugar donde mi voz se hacía cada vez más pequeña y mi mundo cada vez más oscuro. Bajo la superficie, seguía siendo esa misma niña asustada, que aún soñaba con la seguridad e intentaba crear un hogar de la única forma que conocía.

Las desapariciones de mi esposo y sus cambios de humor generaron un patrón de inestabilidad familiar, que reflejaba mi niñez. Muchas noches lloré hasta quedarme dormida, preguntándome con qué versión de él me despertaría al día siguiente. Luego llegó la infidelidad, la traición definitiva.

Lo dejé varias veces. Pero teníamos tres hijos, así que seguía diciéndome a mí misma que tenía que arreglar las cosas. Escuchaba sus incontables promesas de cambiar y volvía a casa, esperando siempre que todo fuera distinto. Pero solo empeoraba.

Mi alma se agotó y supe que si me quedaba más tiempo, me perdería a mí misma por completo. También veía que el caos afectaba a mis hijos. Ellos merecían algo mejor. Yo también.

Por esa época, una amiga me dio un CD sobre el respeto por uno mismo. La mujer que hablaba se refería al valor personal y la identidad. Esas eran ideas totalmente desconocidas para mí. Una frase que dijo, “Tú vales más”, me sacudió.

Algo cambió dentro de mí cuando me pregunté si la vida ofrecía algo más que aquello que poco a poco me destruía.

En un último intento por salvar nuestro matrimonio, fui tras mi esposo a Ohio. No funcionó. Terminamos divorciándonos, él regresó a su ciudad, y los niños y yo nos quedamos. Nuestra separación marcó el comienzo de un proceso doloroso pero necesario de buscarme a mí misma.

Mi corazón estaba exhausto, y mi vida se desmoronaba. Parecía que todo mi pasado se me venía encima. Sentía que ya no me quedaba nada. Pero Dios estaba obrando, listo para mostrarme algo diferente.

Acepté una invitación de mi amigo Matt para visitar su iglesia, y esa decisión cambió el rumbo de mis días. Cuando entré a esa pequeña iglesia, sentí una paz que no conocía y un amor que me hizo sentir segura y verdaderamente tomada en cuenta. No quería perder eso.

Dios me mostró un ejemplo del amor incondicional a través de la bondad y la gentileza de mi amigo. Debo admitir que iniciar una relación era lo último que buscaba, pero Dios tenía otros planes. Eligió a Matt para acercarme a una relación con Su Hijo, Jesús. Y curiosamente, me eligió a mí para reavivar la fe de Matt.

En ese momento no tenía idea de que la fe de Matt estaba flaqueando en silencio ni de que para él servir a Dios como líder de alabanza de su iglesia se había vuelto solo una rutina. Aun así, me llené de hambre de Dios al ver lo que el Señor hacía a través de Matt, y mi nueva pasión por Jesús reanimó la fe de él.

Yo no sabía orar o siquiera por dónde empezar a leer la Biblia. Pero cuando guardaba silencio delante del Señor y Su Palabra, el Espíritu Santo usaba las Escrituras como un bálsamo que sanaba mi corazón herido. Lentamente toda una vida de vergüenza y miedo comenzó a perder su control sobre mí.

Mientras restauraba mi corazón, Jesús también restableció mi esperanza en el amor. Por mucho tiempo creí que nunca volvería a confiar en nadie. Luego aprendí a creer en Matt. Nos enamoramos, nos casamos, y unimos nuestras familias en una sola.

Matt ha sido una parte esencial de mi historia de redención. Él guía nuestro hogar con paz, paciencia y gracia. Ama a mis hijos como propios, y yo amo a los suyos como míos. Juntos hemos experimentado la sanidad que solo Dios puede brindar. Ambos amamos a Dios porque Él nos amó primero (1 Juan 4:19).

El Señor nos sorprendió a los dos cuando llamó a Matt al ministerio pastoral. Hoy servimos a otros en los mismos lugares donde Dios nos sanó.

Nuestro matrimonio es prueba de que Dios no solo tenía un buen plan para nosotros, sino que permitió que nuestros caminos se cruzaran para que pudiéramos amarnos mientras Él reconstruía y restauraba nuestras vidas. Nos ha dado belleza en lugar de cenizas de maneras que nunca hubiéramos imaginado (Isaías 61:3; Efesios 3:20).

Mientras Jesús me sanaba, hacía lo mismo con mis hijos. Ellos habían sufrido su propio caos, miedo e inestabilidad, precisamente lo que yo nunca quise que enfrentaran, y ahora tenían sus propias dificultades. Pero así como la paz se instalaba en mi corazón, también se asentaba en nuestro hogar.

Mis hijos ya no vivían con una madre enojada que solo trataba de sobrevivir. Ahora tenían el regalo de una que prosperaba, una que podía respirar y reír de nuevo.

Gracias a Jesús, los recuerdos de mi pasado ya no me atormentan. La verdad de Dios ha silenciado las mentiras de Satanás. Sus burlas ya no tienen poder sobre mí. Soy digna, soy amada, y estoy sana (Juan 8:31–32).

Cuando recibí el llamado de fundar una organización llamada Steps of H.O.P.E. Inc., Dios me indicó que lo que Él ha hecho y sigue haciendo en mí no debe quedarse ahí. Debía compartirse, porque mi testimonio, combinado con la sangre de Jesús, vence el dominio de Satanás sobre las personas (Apocalipsis 12:11). A través de este ministerio, Dios usa mi historia de redención para despertar esperanza en otros.

Ahora oro para que mi historia haya despertado esperanza en usted. En Cristo, también puede hallar sanidad para sus experiencias pasadas y presentes. Dios puede renovar todas las cosas. Pero eso requiere tiempo y también fe.

Al comienzo de mi andar con Jesús, no veía todo el camino que había por delante. Todavía no lo veo. Nadie lo ve. Pero como seguidora de Jesús, tengo Su Palabra, que es lámpara a mis pies y luz en mi camino (Salmo 119:105). Y mientras sigo la luz de Dios, un pasito a la vez, miro hacia atrás y veo cómo Dios ha estado obrando, iluminando mi camino todo este tiempo.

Y mientras usted ande con Dios cada día, Él también iluminará su camino y lo conducirá a la sanidad. Así que hoy, si se siente atrapado, destruido o sin esperanza, clame a Jesús. Dé ese primer paso hacia Él, sin importar cuán pequeño sea. La Luz del Mundo saldrá a su encuentro y lo guiará.

Y algún día, en algún punto entre la supervivencia y la entrega, usted despertará a la verdad, tal como yo lo hice, de que el Dios que sostiene con cuidado a la flor más frágil lo ha estado sosteniendo a usted todo este tiempo (Lucas 12:27).

Pregúntese esto: ¿Qué heridas del pasado lleva con usted? ¿Ha buscado consuelo, aceptación o identidad en los lugares equivocados? ¿Cuál fue el resultado? Claudia dio un paso hacia Dios cuando no veía todo el camino. ¿Qué paso de fe podría Dios estar pidiéndole a usted dar hoy?

La vida de CLAUDIA STEPHENS es un testimonio del poder sanador de Jesucristo. A través del ministerio Steps of H.O.P.E. Inc., acompaña a mujeres que están saliendo de situaciones de abuso y las ayuda a descubrir una identidad basada en Cristo, la libertad y la esperanza. Para tener más información, visite stepsofhope.help.