“¡Vuelva aquí, señorita!”. Sobresaltada, mi madre intentó no hacer una escena mientras me alejaba de ella tan rápido como mis piernitas lo permitían hasta la parte delantera de la iglesia. Habían hecho el llamado al altar y yo quería pedirle a Jesús que entrara en mi corazón.

Tenía solo cinco años, pero sabía que algo extraordinario había sucedido esa mañana de domingo. Dios me había tomado en Sus brazos y me había dado un gran abrazo. En ese momento, era la niña más feliz del mundo y ni siquiera las nalgadas que me dio mamá por desobedecerla en la iglesia podían cambiar eso.

Pasaba mucho tiempo escuchando hablar de Dios en la iglesia cuando era niña. Pero a medida que crecía, a menudo me preguntaba dónde estaba Él en mi vida. La violencia doméstica y el alcoholismo estaban muy presentes en mi hogar, y el divorcio destrozó a nuestra familia. En medio de esa oscuridad, estaba segura de que Dios me había olvidado.

Sentí que mi padre también se había olvidado de mí al irse de casa. Yo era su consentida; su partida dejó un vacío en mi corazón. Solo podía creer que era mi culpa que se hubiera ido.

Vivir con mamá era aterrador y confuso. Más adelante supe que tenía una enfermedad mental. Pero para una niña como yo, sus acciones eran absurdas y mis días eran duros. Justo después de que papá se fuera, se volvió a casar con un alcohólico violento al que le desagradaban los niños. Constantemente me inspiraba miedo.

Por su lucha con una enfermedad mental, a menudo mamá me dejaba sin supervisión y me hice vulnerable a los predadores. El mal irrumpió en mi inocencia mediante múltiples abusos sexuales antes del tercer grado de primaria. Asustada, no se lo decía a nadie.

Mi existencia mejoró brevemente cuando me mudé a Florida con papá. Pero a su nueva novia no le impresionaba la niña con problemas que se le había metido en la vida. Sus celos por papá terminaban en fuertes palizas que con frecuencia me impedían caminar o sentarme. Y las cosas solo empeoraron cuando se casaron.

Sin embargo, las golpizas no dolían tanto como el maltrato verbal. Las palabras cargadas de odio de mi madrastra eran puñales para mi corazón, especialmente cuando me diagnosticaron problemas de aprendizaje. “¡Vas a ser una loca como tu mamá!”. Sus burlas reforzaban mi creencia de que tal vez yo tenía

alguna maldición o defecto.

En la escuela las cosas no eran más fáciles. Me costaba encajar y hacer amigos, y a menudo me acosaban. En ese entonces, no había muchos recursos para ayudar los niños a lidiar con sus emociones. Por lo que estaba sola en mi lucha y perdiendo la batalla.

En noveno grado, estaba harta de la vida y traté de suicidarme. Cuando sobreviví, me sentí aun más fracasada. Ni siquiera puedes hacer esto bien, me decía a mí misma.

Finalmente, después de años de maltrato, comencé a defenderme. Después de ganar algunos enfrentamientos, me di cuenta de que tenía un superpoder oculto. Sabía pelear, y estaba harta de dejar que los demás salieran victoriosos. No sería yo quien empezara los problemas, pero estaba preparada para ponerles fin. Desde entonces, nunca retrocedí en una riña.

Resistir me hacía sentir bien y me gustaba hacer que la gente se arrepintiera de haberse metido conmigo. Pero un día, me encontré con una situación en la que no podía defenderme. Un profesor decidió no darme una calificación que necesitaba para graduarme hasta que le permitiera abusar de mí. Me invadió una sensación que ya conocía muy bien: sentirme utilizada, inservible y sucia.

Terminé la escuela secundaria y compré un boleto de autobús de ida para regresar donde mi mamá. Las cosas estarán mejores allá, me dije para convencerme.

Solo cinco días después de mi llegada, me quedó claro que la enfermedad mental de mamá y los abusos de mi padrastro solo habían empeorado. Durante una crisis psicótica, mamá me echó de la casa con solo la ropa que llevaba. Acaban de darme un empleo y, por suerte, mi nuevo jefe salió en mi rescate y me salvó de quedarme en la calle. Esa fue mi entrada disfuncional a la adultez.

Mi vida era un desastre tras otro. Me sentía como un imán que atraía gente tóxica, peligros e injusticias. En los años siguientes, me quedé sin casa en más de una ocasión, me violaron varias veces e incluso me incriminó en un robo una persona que fingió ser mi amiga. Perdí mi trabajo por eso. También me vi en una situación de violencia doméstica muy parecida a la que había presenciado de niña.

Enterarme de que estaba embarazada me salvó la vida. No quería criar a mi hija como me habían criado a mí. Así que me armé de valor para romper esa relación y nunca mirar atrás. Asumiría los desafíos de ser madre soltera antes de permitir que mi pequeña estuviera sujeta a agresiones en casa.

Necesitaba estabilidad financiera. Por lo que me uní al Departamento de Correccionales de Florida. No sabía nada de cárceles y prisiones cuando ingresé, pero a los 23 años, me sentí preparada para el reto. Me había endurecido con los años.

Tuve mi primer puesto en un centro para hombres que requerían distintos niveles de custodia. Combiné mi conocimiento de las calles con una firme ética de trabajo y superé los obstáculos de ser una agente novata. Avancé en el escalafón, y en 2004 me convertí en una de las pocas mujeres de mi región con el rango de capitana.

Pero los traumas, abusos y rechazos que había soportado antes de unirme al departamento me convirtieron en una bomba de tiempo en mi trabajo. Tenía el corazón duro y no retrocedía ante nada ni nadie, ya fuera otro agente o un prisionero.

“Ahí viene Lucifer”, era la advertencia que resonaba en el recinto durante mis turnos. Yo era la capitana de mano dura que dirigía un barco ordenado y exigía perfección. Nada ni nadie me conmovía. No me inmutaba ante nada y estaba insensibilizada. No sentía nada excepto ira.

Por años, me esforcé por lograr un equilibrio entre el mundo de la prisión y el de la sociedad como madre. Buscando seguridad, me casé con un hombre 20 años mayor que yo. En lugar de seguridad, entré al caos de sus problemas con el alcohol y la salud mental. No estaba preparada para enfrentar esa situación, y fue un golpe darme cuenta de que sometía a mi hija a lo mismo de lo que había jurado protegerla. Ese matrimonio no duró.

Seguí trabajando duro y manteniéndonos a mi hija y a mí, pero me hacía pedazos a diario. Cuando conocí a mi segundo marido, ya era un desastre.

Era un hombre de fe proveniente de una familia estable con profundas raíces en la comunidad. Era todo lo que alguna vez había le había pedido a Dios. De hecho, al principio, parecía demasiado bueno para ser cierto. Pero él era auténtico, y me alegra mucho que haya visto algo en mí por lo que valiera la pena luchar. Nuestro matrimonio de más de 26 años es un testimonio de la gracia de Dios y la paciencia de mi esposo.

Llevaba muchos años sin sentir alegría, dolor o lo que fuera. Estaba desconectada del mundo y profundamente deprimida. No podía entablar conversaciones significativas con nadie si no eran de trabajo. A diario me lanzaba al vacío, dando lo que pensaba era una buena cara ante la comunidad. Lamentablemente, no era tan buena actriz como creía. La gente pensaba que era una arrogante, pero era solo el cascarón de una persona sin capacidad de sentir.

Los traumas que había sufrido en lo personal y los horrores que había presenciado tras las rejas, así como los estragos que había causado yo en la vida de otros, ahora hacían que mi organismo se descompusiera en lo físico, emocional y mental.

Mi salud se deterioró por la obesidad, la ansiedad, el insomnio y una afección cardíaca que los tratamientos no curaban. Mi médico estaba preocupado. “Melissa, si no haces cambios drásticos, estarás muerta en cinco años”. Me encogí de hombros ante su consejo como si fuera invencible.

Un día, mientras caminaba en mi trabajo, escuché una voz que solo podía ser de Dios. “Si no te vas ahora, lo perderás todo, incluso la vida”. Sabía que ignorar esas palabras sería mi perdición. Mi carrera de 27 años en el Departamento de Correccionales de Florida había terminado; me jubilé en abril de 2017.

Uno creería que eso era bueno, pero no tenía idea de cómo vivir fuera del mundo de las correccionales. No estaba encarcelada, pero me había “institucionalizado”, era incapaz de funcionar más allá de las cercas de la prisión.

Entonces, en medio de mi crisis de identidad, Dios me proporcionó una nueva ocupación: vender seguros. Tenía que hablar con gente en un mundo del que no sabía nada: el exterior. Al borde de un ataque de nervios, me senté en mi auto en el estacionamiento de una tienda de comestibles y lloré. Me sentí sola, abrumada y asustada.

“Muy bien, Señor”, dije. “Aquí estoy. Hice lo que me pediste. Renuncié a mi trabajo. ¿Y ahora qué?”.

Dios respondió abriéndome los ojos al verdadero problema: yo misma. Mi corazón estaba amargado por el orgullo, el complejo de superioridad, la incapacidad de perdonar y la tendencia a juzgar a los demás.

Había pasado décadas protegiendo a la sociedad de quienes yo consideraba lo peor de la humanidad. A la vez, había ignorado la verdad de que Jesús se sacrificó por todas las almas: la de quienes estaban tras las rejas, la de quienes me habían hecho daño, y sí, incluso la mía.

Recordé todas las cosas que había hecho en mi juventud contra la voluntad de Dios, cualquiera de ellas podía haberme enviado a la cárcel si me hubieran atrapado. Yo no era diferente de quienes había despreciado. Esta revelación me puso de rodillas en un doloroso arrepentimiento (Romanos 2:4).

En mi interior ardía el deseo de estar bien. Al igual que el hombre en situación de discapacidad del estanque de Betesda, estaba lista para enrollar mi camilla y caminar hacia una nueva vida con Jesús (Juan 5:6–9). Para hacerlo, tenía que levantarme del banco. Había estado sentada en la iglesia mucho tiempo, pero eso no me había convertido en cristiana.

Mi mente sabía que Jesús había muerto por mis pecados y así lo creía, pero no tenía ninguna relación con Él. Había vivido medio siglo sin ver cuán desesperadamente necesitaba Su misericordia, gracia y perdón.

A los 52 años, me entregué a Cristo y comencé a caminar con Él. Con cada paso, he descubierto la esperanza y la alegría, y mi alma ha encontrado la plenitud. Mi mente, mi voluntad y mis emociones ya no están encadenadas.

Al principio de mi sanación, me encontré con una excompañera de trabajo que conocía a mi antigua yo. Le sorprendió el cambio. Lloramos mientras le contaba mi travesía con el Señor. Le emocionaba escuchar mi deseo de servir y compartir el evangelio. “Iré adonde Dios me guíe”, le dije.

Mi obediencia fue puesta a prueba cuando mi amiga me presentó a una apasionada creyente de Jesús llamada Nicole Dyson. (Se puede leer su historia en el número 2023–3 de VL). Nicole me invitó a una sesión de estudio de la Biblia y allí me encontré cara a cara con una mujer que había cumplido condena durante mis años en el Departamento de Correccionales de Florida. Se puso rígida cuando me vio, esperando que la rechazara o la menospreciara. Resistiéndome al deseo de huir, la abracé. Lloramos, y le pedí perdón.

Dios usó ese momento crucial para mostrarme que mi decaimiento había perjudicado a otro de los hijos de Dios.

Nicole me invitó a ser voluntaria de su organización, The Jesus Infusion, un ministerio del Centro de Recepción de Mujeres de Florida. Contesté su invitación con una sonrisa cortés y le dije que lo incluiría en mis oraciones. Pero mi conversación con Dios fue mucho más intensa. ¿Hablas en serio, Dios? ¡Es imposible que me estés pidiendo esto!

Volver a estar tras las rejas no estaba en mis planes, pero pronto supe que sí estaba en los de Dios. En 2021, tres años después de retirarme de las correccionales, volví a la prisión como voluntaria para hacer ministerio entre los privados de libertad. Mi pasado y mi experiencia de sanación y transformación me ayudaron a interactuar con esas mujeres de muchos modos.

Hace poco, Dios me permitió regresar a un centro para mujeres donde había trabajado por ocho años. La respuesta a mi presencia ha sido variada. Muchas personas recuerdan a “Lucifer”, esa persona fría e inflexible que yo era, y no están seguras de qué hacer con esta nueva creación de Cristo (2 Corintios 5:17).

He recibido miradas de desconcierto y comentarios desagradables, y ha habido muchas situaciones incómodas. Pero está bien. Ver cómo se mueve Dios hace que valga la pena. He sido testigo de cómo el poder de Jesucristo ha transformado vidas radicalmente, y he tenido el privilegio de bautizar a cientos de mujeres. El gozo que experimento al compartir la esperanza de Jesús es mi fuerza (Nehemías 8:10).

Dios me ha mostrado que cada etapa de mi vida (buena, mala o fea) ha sido una preparación para este momento en este campo misionero (Ester 4:14). Y todos los días, estoy lista para dar una explicación por la esperanza que vive dentro de mí (1 Pedro 3:15) y contar cómo Dios me revivió de entre los muertos.

Una vez estuve muerta en mi pecado, y eso hizo que muriera emocional, espiritual y relacionalmente. Entonces Jesús me dio vida (Efesios 2:4–10) para Sí mismo, y me devolvió la vida para la que me creó, una vida que el enemigo, los demás e incluso yo habíamos tratado de destruir (Génesis 50:20). Es una vida de propósito y conexión. Es una vida que vale la pena vivir.

 

MELISSA LOTT es una guerrera de Cristo que combate la fealdad del mundo con el evangelio. Jesús ha restaurado su corazón dándole la capacidad de sentir, perdonar y ver la bondad en las personas. Disfruta de la alegre luz del sol, ser valiente en la oscuridad y ser un gran problema para Satanás.